
“Siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo.”
Efesios 4:15
En estos tiempos de desafíos y pruebas, no podemos dejarnos gobernar por el temor ni permitir que la dureza de nuestro corazón nos lleve a condenar al que ha fallado.
La Iglesia está llamada a amar al pecador sin aprobar el pecado, extendiendo misericordia y señalando con verdad el camino del arrepentimiento, la restauración y la vida nueva en Cristo.
La verdad debe ser proclamada, pero nunca desde el orgullo, la humillación o la condenación. Debemos hablar la verdad con amor, porque cuando la verdad está en las manos de Cristo, no destruye para siempre: confronta para restaurar, corrige para sanar y llama al perdido a regresar al Padre.
Hay verdades que pueden doler, pero también hay verdades que pueden salvar una vida. Por eso, compartimos con amor y con la autoridad que proviene de Dios la sabiduría de las Escrituras, aun cuando el mensaje no sea fácil de recibir.
Este sigue siendo el propósito de la Iglesia: proclamar a Jesucristo, anunciar las buenas nuevas de salvación y conducir al ser humano al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios.
Que nunca confundamos amor con permisividad, ni verdad con dureza.
La verdad sin amor puede herir; el amor sin verdad puede extraviar. Pero la verdad expresada en el amor de Cristo puede transformar vidas.
Señor, enséñanos a hablar con verdad, amar con misericordia y corregir con sabiduría, para que en todo nuestro testimonio glorifique a Jesucristo. Amén.