
Vivimos tiempos en los que hemos comenzado a llamar entretenimiento a lo que antes nos avergonzaba, y éxito a lo que muchas veces carece de valores. Las redes sociales y los nuevos escenarios de la fama han convertido a determinados personajes en referentes de una sociedad que, con sorprendente facilidad, los aplaude, los imita y hasta los convierte en modelos.
Lo preocupante no es solamente que existan estos nuevos protagonistas del espectáculo, sino que nosotros les hemos entregado la tribuna. Hemos permitido que el ruido, la vulgaridad y el escándalo ocupen espacios que antes estaban reservados para la cultura, la educación, la familia y los valores.
Poco a poco hemos ido perdiendo el sentido del pudor, del respeto y de la dignidad. Lo que antes provocaba rechazo hoy produce aplausos; lo que antes se consideraba inapropiado ahora se presenta como libertad; y quienes levantan su voz para cuestionarlo son señalados como anticuados o intolerantes.
Pero una sociedad que renuncia a sus valores termina perdiendo también su identidad.
La fe, la familia, la cultura y la educación no pueden quedar relegadas mientras una cultura del espectáculo ocupa cada espacio de nuestra vida. Necesitamos recuperar la capacidad de discernir, de decir “esto no está bien”, y de enseñar a las nuevas generaciones que no todo lo que se hace viral merece ser admirado.
¿Dónde están los atalayas que advierten del peligro? ¿Dónde están las voces capaces de defender la dignidad, el respeto y los valores que durante generaciones sostuvieron nuestra sociedad?.
No podemos permitir que el escándalo sea nuestra nueva cultura.
Todavía estamos a tiempo de recuperar la voz, la dignidad y los valores que no debimos entregar jamás.



