
El lugar santísimo del Tabernáculo era aquel lugar sagrado donde se manifestaba la presencia de Dios. Allí, en medio de su pueblo, Dios revelaba su gloria y mostraba que deseaba habitar en comunión con el hombre.
Hoy, bajo el nuevo pacto, esa verdad adquiere una dimensión aún más profunda: nosotros somos templo y morada del Espíritu Santo. La presencia de Dios ya no está limitada a un lugar físico; Él desea habitar en nuestro interior. Podemos acercarnos a Él, hablar con nuestro Creador y ser escuchados, siempre que conservemos una comunión íntima con Él, fundamentada en la fe, el amor, la obediencia y la reverencia.
El Tabernáculo no fue simplemente una estructura levantada en el desierto. Fue una revelación de la verdad espiritual. Dios mandó a Moisés construirlo con un propósito: enseñarnos, mediante símbolos y figuras, verdades eternas acerca de Él y de su plan de redención.
Cada parte del Tabernáculo apuntaba hacia Cristo. Su estructura, sus utensilios, sus sacrificios y el ministerio de los sacerdotes anunciaban de manera profética la obra redentora que Jesucristo realizaría por nosotros
El Tabernáculo es, en esencia, una historia del Evangelio. Es la revelación de Cristo, de su sacrificio, de su obra redentora y del deseo eterno de Dios de habitar en medio de su pueblo.
Cada elemento del Tabernáculo nos habla de una verdad espiritual. Nos muestra el camino de acercamiento a Dios y nos revela, de manera anticipada, la obra perfecta que Cristo habría de realizar en favor de la humanidad.
Por eso, cuando estudiamos el Tabernáculo, no estamos solamente mirando una estructura del pasado; estamos contemplando una revelación de Cristo y de su propósito redentor.
Y hay algo todavía más profundo: aquel lugar donde se manifestaba la presencia de Dios nos lleva hoy a comprender nuestra propia identidad espiritual. Nosotros somos templo del Espíritu Santo.
¡Qué privilegio y qué responsabilidad! El Dios que manifestaba su presencia en el Lugar Santísimo ha querido hacer morada en nosotros.
Por eso debemos cuidar nuestra comunión con Él. No podemos vivir de cualquier manera cuando somos habitación de Su presencia. Nuestro corazón debe convertirse cada día en un altar de adoración, oración, santidad y comunión con nuestro Creador.
El Tabernáculo nos revela a Cristo, pero también nos recuerda que Dios sigue buscando un lugar donde habitar. Y ese lugar somos nosotros.
“Y allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio…”
Éxodo 25-22
¡Gracias, Señor, porque hoy podemos acercarnos a Tu presencia con libertad y tener comunión íntima contigo!



