
Hay llamados de Dios que no llegan para reprendernos, sino para atraernos nuevamente hacia Su corazón. Este es uno de ellos: “Vuelve, vuelve…”
Dios nos está llamando a regresar a casa, a ese lugar secreto donde nuestra alma vuelve a encontrarse con Él, donde el ruido del mundo se apaga y comienza nuevamente la intimidad profunda entre Cristo y Su novia.
No se trata de una danza común. Es la danza del amor, de la entrega, de la comunión y de la presencia. Es ese encuentro sublime donde el corazón humano aprende a latir nuevamente al compás del Espíritu Santo.
Quizás en el camino hubo heridas, desilusiones, cansancio, enojo, confusión o cargas que fueron enfriando nuestra relación con el Señor. Quizás seguimos caminando, sirviendo y haciendo muchas cosas, pero aquella intimidad de los primeros días ya no es la misma.
Pero el Amado no ha dejado de llamarnos.
“Vuelve, vuelve…”
¡Qué maravilloso es saber que todavía nos llama!
Él quiere restaurar lo que se debilitó, sanar lo que fue herido y encender nuevamente aquello que comenzó a apagarse. Quiere quitarnos los pesos que nos han impedido correr hacia Su presencia y devolvernos el gozo de estar cerca de Él.
Cristo no solamente quiere que trabajemos para Su Reino; Él quiere nuestro corazón. Quiere nuestra adoración, nuestra entrega, nuestras lágrimas, nuestras conversaciones secretas y ese amor que no necesita testigos porque nace en lo profundo del alma.
Hoy el Amado vuelve a extender Su mano.
No te está diciendo: “Aléjate porque fallaste”.
Te está diciendo:
“Vuelve.”
Vuelve al altar.
Vuelve a la oración.
Vuelve a Su Palabra.
Vuelve a la adoración.
Vuelve al primer amor.
Vuelve a la intimidad.
Porque cuando volvemos a Su presencia, descubrimos que Él nunca se había ido.
El Amado todavía espera a Su novia. Y Su llamado sigue resonando: “Vuelve, vuelve…”
¿Responderemos a Su llamado?
Entonces tomemos Su mano y volvamos a entrar en la danza eterna del amor con nuestro Amado.



