
La Iglesia de Jesucristo no fue llamada a vivir guiada por el temor, sino por la fe; no por las circunstancias, sino por la presencia de Dios. Esa presencia se cultiva diariamente en el altar de la oración.
Hoy renovamos nuestro llamado a cada creyente, a cada familia y a cada congregación: no dejemos que se apague el fuego del altar. Perseveremos en la oración, intercedamos por nuestras naciones, por nuestras autoridades, por las familias, por las nuevas generaciones y por la expansión del evangelio de nuestro Señor Jesucristo.
La historia demuestra que cuando el pueblo de Dios ora con humildad y perseverancia, el Señor fortalece a Su Iglesia, abre caminos donde parecen no existir y derrama Su gracia sobre quienes le buscan con un corazón sincero.
Que este sea un tiempo para volver al lugar secreto, levantar manos santas sin ira ni contienda y esperar con confianza la respuesta del Señor, sabiendo que Él permanece fiel a Sus promesas.
«Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.» (Colosenses 4:2)