Voz del Tabernáculo

Cuando Dios Llama a Orar, la Iglesia No Puede Callar

Depués de reflexionar durante estos últimos días sobre la oración, la santidad y la unidad, mi espíritu continúa siendo inquietado por una misma convicción: este no es tiempo para disminuir el clamor, sino para intensificar.

Vivimos una época en la que las noticias muestran incertidumbre, las familias enfrentan grandes desafíos y las naciones experimentan profundos cambios. Sin embargo, por encima de todo ello, Dios sigue buscando hombres y mujeres que se coloquen en la brecha, levanten manos limpias y clamen delante de Su presencia.

La oración nunca ha sido un recurso de emergencia; ha sido siempre el estilo de vida del pueblo de Dios. Antes de cada gran intervención divina hubo un pueblo que buscó el rostro del Señor con perseverancia. Antes de la lluvia, Elías oró. Antes de Pentecostés, los discípulos perseveraban unánimes en oración. Antes de cada avivamiento verdadero, Dios despertó un espíritu de intercesión en Su pueblo.

Hoy el Espíritu Santo continúa haciendo el mismo llamado. No es una invitación dirigida solamente a pastores o líderes, sino a toda la Iglesia de Jesucristo. Dios está convocando a padres, madres, jóvenes, ancianos y niños a restaurar el altar de la oración en los hogares, en las congregaciones y en la vida personal.

Cuando la Iglesia ora, el temor da paso a la confianza; cuando la Iglesia ora, la esperanza vence al desaliento; cuando la Iglesia ora, el Espíritu Santo fortalece a los débiles, consuela a los afligidos y guía a quienes buscan hacer la voluntad del Señor.

No podemos permitir que el ruido de este mundo silencie vuestra voz delante de Dios. Es tiempo de doblar las rodillas antes de tomar decisiones. Es tiempo de buscar la dirección del cielo antes de confiar en la sabiduría humana. Es tiempo de volver al lugar secreto, donde el Padre recompensa a quienes le buscan con sinceridad.

La oración transforma primero al que ora y, desde allí, Dios comienza a transformar familias, iglesias y naciones. Cada oración hecha con fe asciende delante del Señor como un incienso agradable. Ninguna lágrima derramada en Su presencia es ignorada por Aquel que conoce el corazón de Sus hijos.

Que este sea un tiempo de perseverancia. No dejemos de clamar aunque las respuestas parezcan tardar. El Dios que escuchó a Daniel, que respondió a Ana, que fortaleció a Pablo y Silas en la prisión y que resucitó a Cristo de entre los muertos sigue siendo el mismo. Él continúa obrando en favor de quienes le buscan con un corazón íntegro.

Hoy renuevo esta exhortación a la Iglesia: no dejemos caer el altar de la oración. Mantengamos encendida la llama de la intercesión, porque mientras la Iglesia ora, Dios sigue obrando, sigue llamando al arrepentimiento, sigue levantando obreros y sigue preparando a Su pueblo para la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo.

«Orad sin cesar.» (1 Tesalonicenses 5:17)

«Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias.» (Colosenses 4:2

Margarita García

Margarita García

Directora del Tabernáculo Prensa de Dios

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