
¿Alguna vez has sentido que te quedaste sin opciones? Esos momentos cuando se acaban las respuestas, los recursos y las fuerzas. Momentos en los que escuchamos, de una forma u otra, aquella devastadora frase: «Hicimos todo lo que pudimos».
Puede ocurrir en una sala de urgencias de un hospital o ante un diagnóstico inesperado, pero también en una relación rota o en la angustia de ver a alguien que amas alejarse de Dios. Esta sensación nos puede invadir ante la pérdida de aquello que nos costó mucho esfuerzo o por un anhelo profundo de algo que parece nunca llegar.
En esos momentos parece que la fe es lo único que nos queda.
Jesús se encontró con muchas personas en situaciones así. En este artículo, consideremos un relato en el Evangelio de Marcos donde dos personas atravesaban esa sensación que a veces enfrentamos nosotros también.
Cuando el dolor nos deja sin respuestas
Marcos 5:21-43 nos presenta dos historias profundamente dolorosas: un padre desesperado porque su hija está muriendo y una mujer que llevaba doce años sufriendo una enfermedad incurable. Dos personas distintas, desde lugares sociales completamente diferentes, pero unidas por algo en común: ambos habían llegado al límite de lo que podían hacer y ambos corrieron hacia Jesús.
Jesús murió y resucitó para, que aun en medio del dolor, podamos acercarnos con confianza, sabiendo que Él nos quiere cerca y que Su vida es nuestro bien
Marcos nos presenta primero a Jairo, un oficial de la sinagoga. Un hombre respetado, con posición, influencia y seguramente acostumbrado a tener cierto control sobre su vida. Pero el dolor tiene una manera de desarmarnos a todos por igual: su hija estaba muriendo.
El texto dice que al ver a Jesús «se postró a Sus pies» y le rogaba con insistencia: «Mi hijita está al borde de la muerte» (Mr 5:22-23). Es imposible leer esas palabras sin sentir el peso de este padre desesperado.
Jesús emprende el camino a la casa de Jario, pero Marcos interrumpe la escena para mostrarnos otra historia de dolor. Una mujer llevaba doce años padeciendo flujo de sangre. Doce años enferma. Doce años aislada. Doce años considerada inmunda según la ley ceremonial judía. Doce años apartada de la vida social y religiosa. Doce años gastando todo lo que tenía buscando alivio sin encontrarlo.
Ni Jairo ni esta mujer tenía respuestas, pero todavía les quedaba algo.
La fe que se aferra a Jesús
Tanto Jairo como la mujer con flujo de sangre tenían fe en Jesús.
Jairo estaba convencido de que si Jesús ponía Sus manos sobre su hija, ella viviría. Y la mujer decía para sí: «Si tan sólo toco Sus ropas, sanaré» (v. 28). Ambos creyeron que Jesús era suficiente para su necesidad. Pero algo que el pasaje también nos muestra es que la fe muchas veces se desarrolla en medio de la espera y la incertidumbre.
¿Te acuerdas que Jesús se detuvo para buscar a la mujer y hablar con ella? Mientras Jesús aún hablaba con ella, llegaron personas de la casa de Jairo con la noticia devastadora: «Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas aún al Maestro?» (v. 35). Humanamente hablando, ya era demasiado tarde.
Y es allí donde Jesús interviene con unas palabras que atraviesan el corazón: «No temas, cree solamente» (v. 36).
Cuando la fe es lo único que nos queda, descubrimos que Jesús es suficiente. Pero también lo es cuando pensamos que lo tenemos todo
Jesús sabe lo fácil que es dejarse dominar por el temor cuando las circunstancias empeoran. Él sabe cómo nuestra mirada tiende a fijarse en lo imposible, en lo irreversible y en aquello que no podemos controlar, en lugar de mirar a Él. Pero la fe bíblica no consiste en negar la realidad ni en fingir que no duele. La fe consiste en aferrarnos a Cristo aun cuando no entendemos lo que Él está haciendo.
Pero nota que esta no es una fe centrada en los resultados, sino en una Persona. El pasaje no nos enseña: «Cree para que obtengas tu milagro». Nos enseña a mirar al Autor del milagro. Aquel que se detiene entre la multitud para buscar a una mujer avergonzada y que camina hacia una casa llena de muerte.
Jesús es suficiente
La escena final del pasaje es impactante. Luego de que sana a la mujer con flujo de sangre, Jesús llega a la casa de Jairo, entra donde está su hija muerta, la toma de la mano y le dice: «Niña, a ti te digo, ¡levántate!» (v. 41). Y al instante ella se levantó.
Pero hay algo profundo ocurriendo aquí. Según la ley ceremonial, tocar a una mujer con flujo de sangre producía impureza. Tocar un cadáver también (ver Nm 19:11). Sin embargo, cuando Jesús es tocado por la mujer inmunda, Él no queda inmundo; ella queda limpia. Y cuando Jesús toca a la niña muerta, la muerte no lo contamina; Su vida vence la muerte.
Eso es el evangelio. Jesús entra en contacto con nuestro dolor, pero también con nuestra inmundicia, nuestro pecado y nuestra muerte para darnos lo que nosotros jamás podríamos producir por nuestra cuenta: vida, limpieza, paz y reconciliación con Dios.
Por eso las palabras que Jesús le dice a la mujer son tan hermosas: «Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz» (v. 34). Nota que la llama hija. Ella pasó de ser una mujer marginada y sin nombre a ser llamada hija por Dios mismo. Eso es exactamente lo que Cristo hace con todos aquellos que vienen a Él en fe.
Cuando la fe es lo único que nos queda, descubrimos que Jesús es suficiente. Pero también lo es cuando pensamos que lo tenemos todo. Jesús no solo tiene poder sobre la enfermedad y la muerte; Él entregó Su propia vida para traer verdadera paz a nuestro corazón. Jesús murió y resucitó para que aun en medio del dolor podamos acercarnos con confianza, sabiendo que Él nos quiere cerca y que Su vida es nuestro bien.



