
Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad.
Eclesiastés 12:8 (RVR1960)
El escritor de Eclesiastés nos invita a mirar la vida con sinceridad. Todo aquello que el ser humano persigue, riqueza, fama, placeres, logros y reconocimientos es pasajero. Lo que hoy parece importante, mañana puede desaparecer como la neblina de la mañana.
Por eso, antes de declarar que todo es vanidad, La Palabra nos exhorta: «Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud» (Eclesiastés 12:1). La verdadera sabiduría no consiste en acumular cosas temporales, sino en vivir una vida centrada en Dios.
El tiempo pasa rápidamente. La fuerza física disminuye, las oportunidades cambian y los años avanzan. Sin embargo, hay algo que permanece para siempre: nuestra relación con el Señor. Lo que hacemos para Dios y en obediencia a Su voluntad tiene valor eterno.
Hoy más que nunca, en un mundo acelerado y lleno de distracciones, el Espíritu Santo nos recuerda que no pongamos nuestro corazón en lo temporal, sino en aquello que tiene peso eterno. Cuando Cristo ocupa el primer lugar en nuestra vida, descubrimos que nuestra existencia tiene propósito, dirección y esperanza.
Todo lo que este mundo ofrece es pasajero, pero la presencia de Dios permanece para siempre. Invertir nuestra vida en conocerle, amarle y servirle es la única inversión que jamás perderá su valor. En el nombre de Jesús.



