
Entonces David se dijo: «Ahora bien, voy a perecer algún día por la mano de Saúl» (1 S 27:1).
¿Qué? Escribí en el margen. Si alguna vez la duda es razonable, supuse que surgiría tras una gran pérdida. Pero aquí, David llega a la certeza de su propia muerte después de que el Señor pusiera a Saúl en sus manos.
David le perdonó la vida a Saúl… otra vez. Saúl se enteró de que David estaba en el desierto; David se enteró de que Saúl estaba en el desierto. Así que David se atrevió a colarse en el campamento de Saúl con solo uno de sus valientes, Abisai. Era una misión suicida, a menos que el Señor estuviera con él y, en efecto, el Señor estaba con él.
Un sueño profundo enviado por el Señor cayó sobre el campamento. Los dos hombres pasaron por encima de los guardias y se detuvieron junto al rey dormido. «Hoy Dios ha entregado a tu enemigo en tu mano», susurró Abisai. «Ahora pues, déjame clavarlo a la tierra de un solo golpe; no tendré que darle por segunda vez» (1 S 26:8).
La muerte de Saúl significaría el fin del largo acoso a David. ¿No te sentirías tentado por ese pedido? David estaba cansado de ser el pájaro perseguido de montaña en montaña, la única pulga contra la que el rey enloquecido enviaba ejércitos para aplastarla. ¿Y qué de sus hombres? ¿De sus familias? ¿Debían acurrucarse en cuevas y esconderse en los bosques el resto de sus vidas? David merecía el mayor amor de Saúl, pero recibió su ira más profunda. ¿Por qué no acabar con todo esto ahora?
David también era el ungido del Señor. Un solo golpe, y podría comenzar una vida mejor.
Pero David se niega… otra vez. No herirá al ungido del Señor. Insiste en que el Señor dispondrá del fin de Saúl. Así que, simplemente toma la lanza y la jarra de agua de Saúl y se marcha, confiando en el Señor.
Si quedaras a merced de tu fuerza y tu sabiduría, podrías caer. Pero ¿acaso no hay un Dios en el cielo? ¿No ha obtenido Su Hijo la victoria en la tierra?
«Bendito seas, David, hijo mío», exclama Saúl cuando vuelve a despertar y descubre la misericordia de David. «Ciertamente harás grandes cosas y prevalecerás» (1 S 26:25). Una vez más, cada uno sigue su camino.
Y entonces, aquí —después de este triunfo (sobre todo sobre sí mismo), después de que Dios volviera a probar Su presencia, después de que Saúl profetizara el éxito de David—, David concluye en su corazón: «voy a perecer algún día por la mano de Saúl».
¿Por qué? Él sabía que Saúl no había cambiado. A David se le estaban acabando los lugares donde esconderse. Se sentía cada vez más acorralado. «Algún día pereceré a manos de Saúl».
Inconstancia interior
¿Cuántas veces me he dirigido así a mi corazón, después de una victoria, precisamente? ¿Cuántas veces lo has hecho tú?
La adrenalina se desvanece. La angustia del desánimo se asienta. Las adversidades dejan un sabor amargo. Has empleado todas tus fuerzas en la batalla; ahora eres vulnerable. Hace un momento te enfrentabas a cientos de profetas, pero ahora te das la vuelta y huyes ante las amenazas de Jezabel. Hace solo unos instantes blandías una espada en el huerto; ahora te derrites ante la sirvienta junto a la hoguera.
A veces, hasta el mejor santo se reduce a ser poco más que una contradicción. ¿Acaso David no acababa de oír hablar de su próspero futuro tanto de Saúl como de Abigail (1 S 25:28-31)? ¿No era él el ungido del Señor, el futuro rey? ¿No acababa de decir que el Señor pondría fin al reinado de Saúl?
«El SEÑOR, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de la mano de este filisteo»; ¿dónde está ese joven? (1 S 17:37). ¿Dónde está aquel que se arriesgaba a una ejecución pública para demostrar que Dios no salva con espada ni con lanza y que la batalla pertenece al Señor? ¿Es este el hombre que escribió: «Tú preparas mesa delante de mí en presencia de mis enemigos; / Has ungido mi cabeza con aceite; / Mi copa está rebosando» (Sal 23:5)? Ahora bien, voy a perecer algún día por la mano de Saúl.
Si este es David, ¿qué hay de nosotros?
Muchas son tus lágrimas, pesada es tu suerte, pero mayor es Su fidelidad
No seamos más duros con el hombre conforme al corazón de Dios de lo que lo somos con nuestras propias dudas. Si las palabras de nuestro corazón quedaran grabadas con tanta claridad como las de David, ¿qué leeríamos? ¿Por cuántas pruebas nos ha hecho pasar, cuántas veces nos ha hecho adentrarnos, por así decirlo, de puntillas en territorio enemigo, solo para que al retirarnos pensáramos: «voy a perecer algún día por la mano de Saúl»?
Después de mil misericordias, basta con un solo retraso, un solo «no», una sola prueba o tribulación o dardo del enemigo para que nuestros corazones levanten las manos y se declaren abandonados.
No consientas la duda
Odio mi incredulidad.
Odio mi incredulidad y anhelo el día en que sea purgada de mí. Este tipo de confesión debe ser clara en nuestros días.
¿Soy solo yo, o casi parecería que desconfiar del Señor está de moda? La duda es natural, tan inevitable como resfriarse en una casa llena de niños. Todo el mundo la tiene. «Ya basta», dicen algunos, «de esos santurrones que fingen como si nunca hubieran dudado».
Algunos incluso dicen que desconfían de cualquiera que afirme que no duda habitualmente. En lugar de confesar la duda, odiarla, avergonzarnos de ella y apartarnos de ella, oímos a profesores, predicadores y escritores describir con naturalidad sus dudas, como si fueran una insignia de autenticidad.
No se trata de que los creyentes no crean a la perfección. La pregunta es: ¿cómo respondemos? Cuando descubrimos que estamos dudando de la bondad o el poder de Dios, ¿lo resistimos? ¿Acariciamos la incredulidad con autocompasión? ¿Es seguro para nosotros dudar del Señor, de Sus promesas y de Su cruz?
¿Acaso no nos manda Dios: «Confía en el SEÑOR con todo tu corazón, / Y no te apoyes en tu propio entendimiento» (Pr 3:5)?
¿Acaso no nos presenta la Escritura a hombres y mujeres cuya fe debemos imitar (He 11:1-39)?
¿No se maravilla Jesús ante la gran fe y reprende la poca fe (Mt 8:10; 14:31)?
¿Acaso no hay que creer en Dios, aunque todos los hombres sean mentirosos (Ro 3:4)?
Frotar el vientre de la incredulidad es rascar el estómago de un oso pardo dormido. Sin embargo, muchos no parecen luchar mucho contra ella. Piensan que los demás son deshonestos si no cuestionan la veracidad y el amor de Dios. Dicen la primera parte con incertidumbre y la segunda aún más: «Creo; ayúdame en mi incredulidad» (Mr 9:24, énfasis añadido).
No condenes al Señor
¿Y tú?
Quizás, como David, has pasado de una prueba a otra y sientes que tus fuerzas te fallan. El escudo comienza a caer. La espada es demasiado pesada. Estás agotado.
Nuestras dudas, como Pilato, condenan al Señor a pesar de Su inocencia
Si quedaras a merced de tu fuerza y tu sabiduría, podrías, en efecto, caer. Pero ¿acaso no hay un Dios en el cielo? ¿No ha obtenido Su Hijo la victoria en la tierra? Caminas por desiertos y pasas por las tinieblas y, sin embargo, ¿no sigue Él contigo? Puede que no sepas adónde vas, pero ¿es necesario que lo sepas, si Él lo sabe?
Toma tus dudas, tus miedos, tus conclusiones fatalistas; deja que te ofrezcan una evidencia de por qué ahora es el momento en que no se puede confiar en el Señor. Él ha ayudado a innumerables santos a atravesar aguas más profundas, ha permanecido a su lado en los fuegos más intensos, los ha sostenido en los momentos más tristes y las torturas más crueles, y ellos viven ahora en el cielo para bendecir Su santo nombre. ¿Qué gigante se ha levantado, qué oscuridad ha descendido, qué adversidad te acecha ahora para que cuestiones Su santo nombre? ¿Por qué no llegarás a la otra orilla, aferrándote a un testimonio bendecido de Su gracia? Muchas son tus lágrimas, pesada es tu suerte, pero mayor es Su fidelidad.
Nuestras dudas, como Pilato, condenan al Señor a pesar de Su inocencia. No las justifiques más. Confía en tu Dios. Él no te entregará finalmente a tu enemigo. Él te ha liberado y te liberará. Recuerda a David. ¿Acaso pereció un día a manos de Saúl? ¿No fue esta, de hecho, la última vez que David vería al rey con vida? ¿No acabó David siendo coronado, tal como el Señor había prometido?
Recuerda al Hijo mayor de David. ¿Te ha fallado Cristo hasta ahora? ¿Ha incumplido alguna de Sus promesas? ¿Te abandonará ahora tu buen Pastor? ¿Qué nos separará del amor de Cristo? Con Pablo, puedes estar «convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (Ro 8:38-39).



