
Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.1 Corintios 12-27
No podemos seguir ignorando lo evidente: cuando la iglesia se divide por intereses humanos, pierde autoridad espiritual.
Es necesario decirlo con claridad: el templo no es propiedad de nadie. No es un trofeo, no es una plataforma de control, no es un símbolo de poder. Es un lugar consagrado para Dios. Y cuando se convierte en motivo de contienda, se ha perdido el enfoque.
La verdadera iglesia no son paredes, es el cuerpo de Cristo. Y un cuerpo dividido no puede avanzar, no puede edificar, no puede reflejar la gloria de Dios.
Cristo no nos llamó a competir, nos llamó a amar.
No nos llamó a imponer, nos llamó a servir.
No nos llamó a dividir, nos llamó a ser uno.
Cuando los intereses personales se levantan por encima del propósito eterno, el resultado siempre será desgaste espiritual. Por eso hoy más que nunca se requiere madurez, humildad y temor de Dios.
No se trata de quién tiene la razón, sino de quién está dispuesto a reflejar a Cristo.
Cierre profético
El Espíritu de Dios está confrontando toda actitud que no edifica su cuerpo. Todo orgullo, toda contienda y todo espíritu de división queda expuesto y sin fuerza en medio del pueblo de Dios.
Se levanta una iglesia que entiende su identidad, que suelta el control, que renuncia a la lucha innecesaria y vuelve al altar con un corazón limpio.
Dios está restaurando la unidad, alineando corazones y afirmando a aquellos que deciden caminar en obediencia y verdad.
Y es firme esta palabra: lo que no se alinea con el diseño de Dios, no permanecerá; pero lo que nace del Espíritu, nadie lo podrá detener.