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Crisis y Comunión. Navegando a Través de la División en la Iglesia de Corinto

Cuando pensamos en los primeros cristianos del primer siglo, nos imaginamos a una comunidad modelo sin los problemas de las iglesias de nuestro tiempo, pero al estudiar la primera carta a los Corintios descubrimos a hombres y mujeres con las mismas pasiones y debilidades como las nuestras. El creer en Cristo no elimina el peso de las debilidades humanas. La iglesia de los corintios era una mezcla de vida espiritual y sus muchas pasiones desordenadas.

Desde el punto geográfico, Corinto poseía una particular fisonomía entre las ciudades del Mediterráneo. Por estar muy bien ubicada, separada por dos golfos, la hacía una ciudad privilegiada por ser un puerto marítimo del comercio de esos días. Era una ciudad preferida por los viajeros debido a sus muchas diversiones. El término “corintizar” definía a la ciudad como llena de todos los placeres, dándole al “dios de la carne” su más grande gratificación.

La promoción de esos deseos se debía a que en la ciudad estaba un santuario consagrado a Afrodita, la “diosa del amor”. Según los griegos alrededor de la ciudad había arenes de prostitutas “sagradas”, contándose por miles para los hombres que amaban la lujuria y la vida licenciosa a la que Pablo enfrentó en muchos capítulos de su carta.

Otro aspecto muy notorio de la ciudad de Corinto eran sus juegos ístmicos cada dos años, muy parecidos a los juegos olímpicos actuales. De esta manera no será raro que Pablo haga alusión a ellos como metáforas para mostrar grandes verdades de la vida cristiana. Además de esos juegos, el dinero y la esclavitud formaban parte de la vida social en la vieja “ciudad del pecado”.

La paternidad literaria de la carta tiene como su autor a Pablo, quien fundó a la iglesia en su segundo viaje misionero (cf. Hechos 18:1-18) a comienzos de la década de los 50. La carta fue escrita desde Éfeso donde Pablo, por razón de su trabajo apostólico, fue retenido, y su contenido no es sino las respuestas a la solicitud de un grupo de hermanos, porque en la iglesia se estaban dando asuntos escandalosos que distaban mucho de la iglesia fundada por Pablo al principio.

Pablo permaneció allí solamente año y medio de acuerdo con Hechos 18:11, de modo que solo pudo poner los fundamentos de la fe cristiana (cf. 1 Corintios 3:6,10). Esto planteó la necesidad de enviar nuevos maestros para ayudar en su consolidación, entre los que se menciona particularmente a Apolos, de acuerdo con la información dada en 1 Corintios 1:12.

LA IGLESIA DE LOS CORINTIOS
La iglesia estaba compuesta por convertidos judíos y paganos, provenientes del culto a la diosa Diana; esto hacía a la iglesia una comunidad mezclada de vicios y costumbres, confrontados por Pablo, sobre todo cuando abordó temas tales como: el celibato y el matrimonio; los problemas de coexistencia con los no creyentes; el orden de las reuniones de la Iglesia; los dones espirituales; y la resurrección de los muertos, entre otros.

Primera de Corintios es, pues, una carta que nos merece un estudio detenido y minucioso, porque los problemas de aquellos hermanos son los mismos de hoy, y nos hará mucho bien saber cómo Pablo lidió con ellos, y que sirven como ejemplo para no repetirlos otra vez.

Bienvenidos sean todos a esta nueva aventura bíblica. Que el Señor nos ayude a viajar a través de esta carta, estudiando su contenido, aprendiendo de la inspirada pluma de Pablo un estudio que tratará muchos temas éticos y doctrinales, tan necesario para la iglesia de hoy.

LLAMADOS A SER SANTOS
“Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:1-3).

La primera observación vista en los escritos de Pablo es su patrón cuando se redactaba una carta, comparándola con las escritas de ahora. Nosotros escribimos primero al destinatario de la carta, y la finalizamos poniendo la firma de quién la escribe. En los tiempos de Pablo se escribía al contrario, de allí el encabezado “Pablo, llamado a ser apóstol…”.

La segunda observación es la autoridad apostólica al momento de escribir las cartas. Pablo había sido llamado para ser “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios”. Pablo no fue un falso apóstol de acuerdo con la defensa hecha en su segunda carta (2 Corintios 11 y 12). Él era un apóstol por la voluntad de Dios, no de los hombres.

Por otro lado, cuando Pablo escribía sus cartas mencionaba a sus acompañantes; esta vez lo hace con “el hermano Sóstenes”. Este Sóstenes parece ser aquel quien fue golpeado por los oficiales romanos en una reacción antisemítica contra los judíos en la persecución hecha contra Pablo. En Hechos 18:17 aparece un tal Sóstenes con Pablo, y ahora lo presenta como su hermano en la fe. Algunos piensan que Sóstenes pudo ser el redactor de la carta.

“La iglesia de Dios”. Con frecuencia la gente asocia la palabra iglesia con un edificio donde los cristianos se reúnen. La palabra griega para iglesia es ekklesia y su significado era el de una asamblea ciudadana de los griegos; pero aplicándolo a los judíos, era una comunidad de creyentes en Jesús. Esa palabra, usada en la Septuaginta, (versión de los setentas) era una referencia a Israel cuando se reunían en sus solemnes asambleas bajo la autoridad del Señor.

Los destinatarios de la carta fueron los hermanos de la “iglesia de Dios que está en Corinto”. Esto habla del pueblo de Dios ahora reunido como iglesia en ese lugar, y por ser de Dios, Pablo los llama “santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos”. Esta doble manera de llamarlos denota el carácter de todos aquellos que hemos conocido a Cristo. La iglesia del Señor no es cualquier cosa, se trata de una comunidad de personas apartadas por Dios.

En Cristo somos santificados y llamados a ser santos. No se nos pide menos que esto.

UN SALUDO PARA LOS QUE INVOCAN EL NOMBRE DEL SEÑOR
“…con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Corintios 1:2-3).

Comentamos todavía el saludo de esta carta, porque tiene elementos únicos de las cartas del Nuevo Testamento. Normalmente el saludo consistía en tres divisiones. En primer lugar, se identificaba al autor, después a los destinatarios y, por último, se terminaba la sección introductoria con un saludo personal. En el caso de la carta a los Corintos, Pablo nos presenta un saludo que va más allá de ellos, enfatizando el nombre de Dios y del Señor Jesucristo.

Como misionero a los gentiles, Pablo sabía de otros cristianos “que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”. De esta manera, este saludo nos abarca a todos aquellos que en algún momento hemos invocado el nombre del Señor, por lo tanto, nos unimos a los hermanos de Corintios a quienes Pablo los llamó “santificados” y “santos”. Con este saludo, Pablo pone en perspectiva la naturaleza de los que componemos el cuerpo de Cristo.

Por otra parte, Pablo nos deja claro que la pertenencia a la “iglesia de Dios”, de cual comienza hablando, necesariamente debe pasar por una invocación (confesión) del nombre del Señor Jesucristo. La palabra “Señor” aparece unas 700 veces en el Nuevo Testamento, y de ellas Pablo va a usar un porcentaje altísimo, porque al nombrar a Jesús “Señor”, era estar bajo su señorío, más allá del sometimiento de esos pueblos pagamos al César, el señor y dueño de ellos.

“Señor de ellos y nuestro”. Con estas palabras Pabló estaba echando el fundamento para atacar un serio problema de la iglesia a los corintios: su falta de unidad. Si bien vemos en este saludo una serie de términos con la que Pablo destaca gentilmente a la iglesia, él sabe de sus enormes problemas, entre ellos una gran división, y solo la invocación de Jesucristo como Señor traería esa unidad. Y para nuestro entendimiento, Pablo menciona acá el nombre “Señor” tres veces.

“Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo”. He aquí el saludo típico de las cartas paulinas. Estas palabras eran su sello de identificación. Pero la palabra “gracia” no existía en griego, pues fue introducida por el cristianismo debido a propia naturaleza, y razón de ser, porque es la única religión donde la salvación se da por gracia.

Todas estas palabras puestas en esta introducción y saludo no estaban aisladas de la realidad de la iglesia a los corintios y la razón por la cual Pablo escribe esta carta. Ellos vivían un estilo de vida cuya expresión externa carecían de la gracia y la paz de Dios y del Señor Jesucristo. El hecho de imitar la forma de vivir, y las prácticas de sus conciudadanos, no daban evidencia de vidas transformadas por el poder de Jesucristo y su gracia redentora.

Cuando se vive en la auténtica gracia de Dios, la paz llega a ser lo que sostiene nuestra unidad.

LA IGLESIA ENRIQUECIDA EN TODO
“Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús; porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él, en toda palabra y en toda ciencia; así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros, de tal manera que nada os falta en ningún don…” (1 Corintios 1:4-7).

Cuando uno lee estos versículos y sigue analizando el resto del capítulo, queda sorprendido. No tenemos una iglesia que haya sido enriquecida con tantas bendiciones celestiales como la iglesia a los Corintios. Bien pudo ser ella mejor que la de Filadelfia o Esmirna, o incluso a la iglesia a los Filipenses, pero esta fue iglesia del mayor dolor de cabeza para Pablo. Fue enriquecida con todo, pero llegó a ser la iglesia más pobre, carnal y mundana de todas.

“Gracias doy a mi Dios… por la gracia de Dios que os fue dada…”. Pablo va a dedicar el resto de la carta corrigiendo y disciplinando faltas muy graves de esta iglesia, pero aquí lo vemos agradeciéndole a Dios por ellos, porque a pesar de su estado espiritual, ellos eran poseedores de la gracia divina. Esto es lo que Pablo destaca al dar gracias a Dios por sus vidas, antes de hablar de sus reproches. Qué lección tan grande. Los pecados se corrigen con amor y con misericordia.

“Porque en todas las cosas fuisteis enriquecidos en él”. Si usted estuviera buscando una iglesia para congregarse, con tantas cualidades espirituales, le aseguro que no dudaría en escoger la iglesia a los Corintios. Observe este versículo. Pablo no habla de haber sido enriquecidos en algunas cosas, sino en todas las cosas a través de Cristo. Y la iglesia a los Corintios no poseía esas riquezas por sus propios logros, sino porque había sido derramada del cielo por Jesucristo.

“En toda palabra y en toda ciencia”. Estos fueron las dos primeras riquezas que Pablo vio en la iglesia. Esto habla de gente preparada y dotada con un gran conocimiento en las cosas del Señor. Al parecer no había “analfabetismo bíblico” en Corintios. Bien podía uno imaginarse a ellos en una escuela dominical discutiendo temas teológicos de altura debido a su alta preparación.

Pero además de lo arriba expuesto, aquellos hermanos habían conocido “el testimonio acerca de Cristo”. ¿Qué significa esto? Que ellos eran cristianos alcanzados por la gracia de Dios. Ellos tenían un testimonio público bien conocido. La palabra de Cristo se había confirmado por medio de ellos. Seguramente aquella iglesia estaba activa en la evangelización personal.

“De tal manera que nada os falta en ningún don…”. Con este texto Pablo ve a una iglesia “enriquecida en todo”. Los problemas para corregir en esta iglesia no eran por la falta de dones, sino más bien por las actitudes al momento de ejercerlos. Esta iglesia poseía todos los dones espirituales de acuerdo con 1 Corintios 12 al 14. Pero al final, como dice Spurgeon, los dones no son nada si no están respaldados por vidas consagradas por entera al Señor, dador de esos dones.

El haber sido enriquecidos con la gracia de Dios no nos hace automáticamente espirituales.

CORINTIOS: EN PREPARACIÓN PARA SU VENIDA
“El cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1 Corintios 1:8-9).

Esta es la parte final del saludo de esta carta. Pablo se aseguró en decirles a sus destinatarios quiénes eras ellos en su nueva naturaleza: santificados y santos. Se aseguró en recordarles que su salvación fue el resultado de la gracia divina, y juntamente con esto, les recordó a Jesucristo como su Señor en un lugar donde el Cesar era el señor. Y finalmente les recordó la inminente segunda venida de Cristo como el más grande llamado para vivir apartados para ese gran día.

“El cual os confirmará hasta el final…”. Estas palabras requieren de un comentario aparte. El término “confirmar” ya había sido mencionado en el v. 6, refiriéndose a la obra consumada de Cristo en sus vidas. Pero esta iglesia necesitaba ser estabilizada y constante; y prueba de eso son los próximos temas tratados por Pablo. La confirmación pudiera ser uno de los propósitos de esta carta. Ya habían sido confirmados en Cristo, ahora necesitan ser confirmados “hasta el final”.

“Para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo”. Esto fue el propósito de ser confirmados. La segunda venida de Cristo demanda de sus seguidores una preparación adecuada. Apóstoles como Pedro también nos convocan a una preparación responsable frente a ese único evento por venir (2 Pedro 3). “Irreprensibles” tiene la idea de estar sin manchas, alejados del pecado, santos, apartados para él. Así ha de ser nuestra preparación.

“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados…”. ¿Cómo podía Pablo estar tan seguro de esta fidelidad? No lo estaba por la iglesia, porque el testimonio de ellos estaba lejos de ser irreprensibles, sin embargo, su confianza descansaba en la fidelidad de Dios, quien los había llamado previamente. El tema inmediato que Pablo tratará será la división entre ellos, y por eso, en esta parte final del saludo, les recuerda el llamado para andar en la comunión de Jesucristo.

Hay un llamado constante en la Palabra para vivir irreprensibles hasta la venida del Señor.

CORINTIOS: UNA IGLESIA DOTADA CON TODO, PERO DIVIDIDA
“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis toda una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo” (1 Corintios 1:10-12).

Después de todos los elogios y reconocimientos presentados en el saludo, con los que nos parecía estar en presencia de una iglesia modelo para imitar, Pablo nos presenta un problema muy grave en seno. Al parecer no fue suficiente ni la gracia del Señor ni el conocimiento con el que fueron dotados para evitar una profunda división entre ellos. No eran meros rumores, había una franca división en la iglesia compuesta por cuatro bandos.

Pablo ya sabía del estado espiritual de la iglesia, y él pudo apelar a ellos con su autoridad apostólica, pero en lugar de eso, lo hace con un ruego pastoral, lleno de amor, en “el nombre de nuestro Señor Jesucristo” al cual ellos pertenecen, para que entre ellos hablaran “una misma cosa”. He aquí una de las más conmovedoras maneras de llamar a la unidad de una iglesia cuyos hermanos había perdió el propósito original de su llamado a ser santos.

Sobre este particular, Calvino escribió: “Ahora después de preparar las mentes para el regaño, actuando como un buen cirujano experimentado, quien toca la herida con cuidado cuando un remedio doloroso debe ser usado, Pablo comienza a manejarlos más severamente.”

“Que no haya entre vosotros divisiones”. La palabra griega para divisiones es “schismata”, de donde nos viene el término en español “cisma”. El significado más cercano al planteamiento hecho por Pablo es “romper o rasgar.” De esta manera, el ruego de Pablo era para detener la división, algo así como “dejar de rasgarse entre ellos”, porque se estaba rompiendo la unidad del cuerpo de Cristo.

“Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé…”. Cloé era una mujer cristiana, una especie de “matrona” convertida seguramente con toda su familia. De su casa llegó un reporte a Pablo de la situación en la iglesia. Es probable que aquella familia tuvo un gran peso de liderazgo en la iglesia, y se dieron cuenta de la condición espiritual de ella, y ahora le están reportando a Pablo lo sucedido.

Mis hermanos la rebelión y las luchas han sido el signo de cada generación. Lo que hubo en el pasado nos persigue hasta hoy. La lucha por los derechos de cada uno lleva a la gente a entrar en pleitos, litigios y el resultado se ve en grandes divisiones sociales, familiares y religiosas. Y si bien esto puede verse como normal en el mundo, es un escándalo ver las divisiones en la iglesia del Señor. Resulta vergonzoso que los llamados a vivir en amor y armonía vivan divididos.

“Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo”. El informe de los de Cloé daba cuenta de cuatro grupos dentro de la iglesia. La división era grave, visible, y con los nombres a quienes esos divisionistas estaban siguiendo. Pablo identifica esas divisiones como una franca “contienda”. La iglesia estaba siguiendo a tres hombres, de mucho peso en su autoridad espiritual, y esto trajo un resquebrajamiento en la unidad del cuerpo de Cristo.

Nada le hace más daño a la armonía de una iglesia que el fijar los ojos en el liderazgo humano, en lugar de poner los ojos en Cristo.

Una iglesia dividida le manda el peor mensaje al mundo sin Cristo, mientras que una iglesia unida es como un imán que atrae a todos. Sigamos la unidad en el amor.

LA IGLESIA DE CRISTO ES UN SOLO CUERPO

“¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo? Doy gracias a Dios de que a ninguno de vosotros he bautizado, sino a Crispo y a Gayo, para que ninguno diga que fuisteis bautizados en mi nombre. También bauticé a la familia de Estéfanas; de los demás, no sé si he bautizado a algún otro. Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” (1 Corintios 1:13-17).

Pablo entró de lleno en su carta abordando el primer asunto del que fue informado por los de Cloé. La división dada en la iglesia tenía proporciones alarmantes. Había cuatro partidos identificados plenamente, porque unos seguían a Pablo, otros a Apolos, algunos otros seguían a Cefas (Pedro), y había un grupo siguiendo a Cristo. ¿Se puede imaginar los cultos de esa iglesia? ¿Cómo sería la asamblea? He aquí una iglesia que no nos sirve de modelo a la hora de imitarla.

“¿Acaso está dividido Cristo?”. Pablo pone su toque de autoridad diciendo que Jesús no pertenece a ningún “grupo.” Los bandos vistos en la iglesia estaban ignorando su unidad, la esencia misma de su naturaleza, representada por estos nombres con sus valores y por su vida espiritual. Con esta pregunta Pablo condena el elitismo espiritual sin importar en nombre de quien lo practique. La división en una iglesia es abominable.

“¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?”. Las presentes preguntas deben suscitar una contundente respuesta negativa de parte de los lectores. Para el caso de aquellos que se habían amotinado bajo la figura de Pablo, él les recuerda quien murió por sus pecados y en nombre de quién fueron bautizados. De acuerdo con el informe de Pablo, muy pocos de ellos fueron bautizados por él para que ninguno se gloriara.

“Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio”. El grupo divisionista cobijados bajo el nombre de Pablo les estaba echando en cara al resto el haber sido bautizados por Pablo, pero el apóstol se adelanta para hablarles de los pocos bautizados por él, porque su ministerio no era de bautizar, sino de “predicar el evangelio”. Con esta declaración, Pablo rechaza las pretensiones de ese grupo, dejando claro que él representaba a Cristo, no a un grupo en particular.

Además del argumento anterior, Pablo les dice a los “pablinistas” que su misión entre ellos fue la proclamación de un evangelio puro, lleno de la gracia del cielo y con la sabiduría de Dios. Pablo no estaba promocionando su nombre para tener seguidores, porque si esto hiciera, estaría haciendo “vana la cruz de Cristo”, la esencia misma de todo su mensaje.

Con esta postura, Pablo dejó claro que cada uno de los líderes mencionados representan a Jesucristo y no a sí mismo. Si bien todos esos líderes habían hecho mucho por evangelio, la iglesia era de Cristo y sobre esa base se había fundado, no sobre Pablo, Pedro o Apolos. La iglesia descansa en su fundamento, los demás solo somos parte de ese gran edificio. Así pues, la lucha por mantener su unidad debe ser el mayor interés de quienes tenemos la responsabilidad de dirigirla.

No es en Pablo, Pedro, o Apolo en quien debemos poner nuestra mirada, sino en Cristo, porque fue él quien murió por su iglesia, y tiene el derecho de ser su fundador.

LA CRUZ, LA LOCURA DE LA SALVACIÓN
“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios. Pues está escrito: destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos” (1 Corintios 1:18-19).

Pablo era misionero y apóstol, pero, sobre todo, él era un hombre profundamente amante de las Escrituras por su oficio como fariseo, y ahora por la revelación recibida de Dios. A partir de allí le veremos usando la misma palabra de Dios para refutar las muy visibles desviaciones de la iglesia a quien le escribe esta carta. Sigámoslo en sus válidas exhortaciones dirigidas a ella.

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden”. Pablo introdujo por su propia experiencia está célebre declaración, tan usada al momento de revelar lo que hace la predicación cuando es oída por primera vez. Predicar la salvación a los perdidos, explicando los sufrimientos y la muerte del Hijo de Dios, y haciendo una aplicación fielmente, se constituye en locura para los que van por el camino de la destrucción de sus vidas. No pueden creer todo eso.

Hoy día llevar una cruz guindando es para algunos un símbolo religioso y hasta de “protección”. Pero para cuando Pablo escribió, decir hablar de la cruz era casi una sentencia de muerte, porque al pensar en “la locura de la cruz” era recordar un instrumento donde se daba una muerte cruel, humillante, e implacable. Por todo lo despreciable la cruz, ella era una locura para los que se pierden. Tanto los judíos como los griegos no podian verla de otra manera.

La palabra “locura” solo se usa cuando algo no es normal. De hecho, calificar a alguien como loco es verlo con una mente y razón que ha perdido su coherencia. Por lo tanto, hablar de la cruz como medio de salvación, era una locura para las mentes griegas, acostumbradas al razonamiento lógico de las cosas. Pablo supo eso cuando confronta al gobernante pagano llamado Felix, quien, al oírle hablar, dijo: “Pablo, las muchas letras te tienen loco”.

Sin embargo, si bien es cierto que esta palabra es una locura para los perdidos, para los “que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”. Entonces, ¡bendita sea la locura de la cruz! Pero la cruz deja ser una locura cuando un corazón se quebranta y se arrepiente, recibiendo el mensaje de salvación. Es allí donde se pasa de la “locura” al poder de Dios. Dios no tiene otra manera para salvarnos, sino por la misma cruz escogida, sinónimo de maldición y vergüenza.

Y para ver la diferencia entre la “locura de la cruz” y el “poder de Dios”, Pablo trae una palabra del AT con la que condena la sabiduría humana al decir: “destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos” (Isaías 29:14).

Es una sabiduría centrada en el hombre, y, por lo tanto, hay una sentencia contra ella: será destruida y desechada.

La sabiduría de los hombres con las que rechazan al poder de Dios que se manifestó a través de “la locura de cruz”, finalmente será desechada. Porque nuestro Cristo crucificado es el fundamento de todas nuestras esperanzas y el gozo por el cual vivimos.

LA LOCURA DE LA PREDICACIÓN
“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.” (1 Corintios 1:20-21).

Pablo nos habló anteriormente de “la locura de la cruz” con la que contrastó la sabiduría de los hombres y la sabiduría de Dios. Ahora nos presenta “la locura de la predicación” con la que seguirá mostrando a los sabios de este mundo lo vano de su conocimiento, sin poder ninguno para salvar, comparado con el poder transformador del evangelio.

“¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo?”. Pablo, después de haber mencionado la profecía en Isaías 29:14, con la que se condena la sabiduría humana por oponerse a la divina, hace estas preguntas, cuyas respuestas serían: en ninguna parte. Al preguntar por el sabio, el escriba, el disputador, Pablo hablaba a los judíos y a los griegos, cuna de hombres ilustres, pero al final, esa sabiduría palidece frente a la de Dios.

“¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?”. Como Dios es el que ve el corazón del hombre, al usar su sabiduría para rechazar Su oferta redentora, Pablo declara tajantemente que ha sido por medio de ese poder de Dios, manifestado en la cruz, que ha convertido en necedad la falsa sabiduría de los hombres sin Dios. Porque nunca podrá la sabiduría de los hombres disputar con la divina, cuyo fin será mostrarle a ese mismo hombre cuán perdido está sin ella.

“Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios…”. Ahora nos encontramos en el v. 21 con una doble antítesis. La primera está contrastada entre la sabiduría de Dios y la humana, mientras que la otra se presenta entre la sabiduría y la necedad. Con ambas antítesis, Pablo declara a la sabiduría de Dios (revelada en la cruz), impidiendo que él sea conocido por medio de la sabiduría humana, sino solo por la obediencia a la revelación divina de la cruz.

“Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.”. Pablo sigue mostrando sus más encumbrados conocimientos a sus lectores, para decirles que el evangelio en sí no era una forma sublime de sabiduría, como los griegos lo concebían, sino una manifestación del poder de Dios, a quien le plació en cumplir nuestra salvación de la manera más inesperada. Cuando Dios hizo esto, se agradó, porque fue a través de la “locura de la predicación”, la más grande ofensa a aquellos pensadores, la que demostró lo vano de la sabiduría de los griegos y judíos.

Bendita sea la locura del evangelio, porque a través de su mensaje hemos conocido la salvación, pero también hemos descubierto la riqueza de la sabiduría de Dios.

CRISTO PODER DE DIOS, Y SABIDURÍA DE DIOS

“Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres” (1 Corintios 1:22-25).

Pablo prosigue su tema de las dos locuras: la de la cruz y la del evangelio. Para ambos grupos, los cultos griegos y los piadosos judíos, la manera cómo fue presentado el evangelio, simplemente era absurdo, y hasta una ofensa a sus expectativas proféticas a cerca de un mesías sufriente, y para los griegos, aquello era pura necedad, y simplemente no cabía en sus mentes.

“Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría”. Pablo conocía muy bien a su gente y ellos querían ver más señales y hechos sorprendentes. En la esperanza de la época Dorada, respecto a la llegada del mesías, los judíos esperaban a un hombre con grandes señales. Y para los griegos, todo debería pasar por el filtro de la filosofía. Por lo tanto, para ambos, la cruz no encajaba en medio de sus creencias.

“Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado”. Con esto Pablo pareciera decir: “No nos importa si para ustedes la cruz es una locura, nosotros la predicamos como el medio dejado por Dios para la salvación”. En efecto, la cruz para los judíos era tropezadero, algo así como un escándalo, debido a sus expectativas proféticas, mientras que, para los griegos, la cruz era locura, porque un dios muriendo en una cruz era el colmo de lo absurdo.

“Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo es poder de Dios, y sabiduría de Dios”. No importaba finalmente la opinión de los judíos o los griegos en torno a Cristo como Mesías, porque para Dios, Cristo era la más completa demostración de su poder. La manera cómo demostró su sabiduría en su vivir, y el poder de Dios en su vida, hizo que Jesús sobrepasara el legalismo judío y la filosofía griega.

¿Por qué Dios lo hizo? “Porqué lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”. No hay manera de que el hombre compita con Dios. Si bien para los judíos y griegos, Dios estaba en Su mayor “locura” al mostrar a un Cristo crucificado, El terminó siendo más sabio y fuerte frente a todo lo que el hombre pueda hacer. La cruz ha sido la decisión más sabia y poderosa para salvar a la humanidad.

Los que hemos sido salvos por los méritos de la cruz, no nos avergonzamos de predicarla, porque lo que fue insensato y locura para algunos, ha venido a ser poder de Dios para la salvación.

DIOS ESCOGIÓ A LOS DÉBILES PARA AVERGONZAR A LOS FUERTES
“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia” (1 Corintios 1:26-29).

Pablo presenta en este texto una especie de radiografía de la iglesia a los corintios. Al ver el trasfondo social entre ellos, percibió a una comunidad compuesta por gente no tan nobles, poderosos e intelectuales. Su vocación no era de la “alta clase”. Y va a ser en medio de esa contrastada condición que Pablo les dice a quiénes Dios escogió para avergonzar a aquellos sabios e intelectuales, para quienes el evangelio seguía siendo una locura.

“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios… poderosos… nobles”. Con este planteamiento Pablo pareciera invitarles a mirarse a sí mismos y reconocer de acuerdo con “vuestra vocación”, que ellos no eran una gran oferta ante los demás como se estaban exhibiéndose. Por supuesto que Pablo no está menospreciando la preparación académica; su arremetida es contra el orgullo intelectual de los hombres que se oponen al mensaje del evangelio.

“Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios…”. Los hombres intelectuales y orgullosos ven a los demás como inferiores a ellos mismos, pero la visión de Dios es muy distinta. A través de un gran contraste Pablo nos revela a Dios escogiendo lo necio para callar la boca de los sabios, y a los sin fuerzas “para avergonzar a lo fuerte”. La sabiduría humana y la fuerza del hombre no son los “dones” que Dios escoge para usarlas en su reino.

Pareciera una ironía que sea lo necio y lo débil de este mundo lo usado por Dios, cuando los hombres usan su sabiduría y su fuerza para a menospreciar al evangelio. Entre los corintios no había muchos sabios, poderosos y nobles, pero Dios se complació en usarlos con esa pobreza intelectual y económica, para cumplir en medio de aquella sociedad hostil, orgullo y prepotente, su propósito. Dios llama a lo menos pensado para el avance de su evangelio.

“Y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios…”. Pablo no está avalando con esta escogencia divina (incluyendo ahora a lo vil y menospreciado) que es mejor ser necio o ignorante; de hecho, nadie tenía tanto conocimiento como el mismo Pablo. Su planteamiento es que la sabiduría del mundo y educación no nos lleva a la salvación en Jesucristo. Semejante elección de parte de Dios es lo que hace que el mundo vea al evangelio y la cruz como una locura.

¿Cuál es el propósito de este planteamiento apostólico? “a fin de que nadie se jacte en su presencia”. Así es, para que nadie se tome el crédito de lo hecho. En todo este texto, la nota distintiva es la palabra “escogió”, refiriéndose a Dios y no al hombre. Al reconocer que es Dios y solo Dios quien hace todo, al final no habrá cabida para la jactancia propia. A él sea, pues, la gloria.

Lo que Dios escoge para sus propósitos pareciera una locura frente a los sabios de este mundo.

CORINTIOS: DOTADOS EN CRISTO CON SABIDURÍA, JUSTIFICACIÓN, SANTIFICACIÓN Y REDENCIÓN

“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Corintios 1:30-31).

Un resumen de lo dicho por Pablo hasta acá nos dirá que Dios no eligió filósofos, oradores, estadistas ni hombres ricos, e interesados en el mundo para llevar adelante su evangelio, sino que por lo menos pensamos fueron escogidos para esta santa misión. Y esto ha sido previamente mencionado para ver lo que ahora somos Cristo, dotamos con tal conocimiento y sabiduría del cielo, la más grande riqueza, llegando a ser ahora nobles y poderosos en Él.

“Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús”. Esta oración va a definir la posición que los corintios ahora tienen en Cristo. Si bien es cierto que entre ellos habían contados intelectuales y estudiosos, la posición adquirida a través de Cristo los va a llevar a ser poseedores de la más grande gracia del cielo a través de cuatro hechos que llegaron a sus vidas al momento cuando conocieron a Cristo con el Salvador. Por estar en Cristo ahora están absolutamente completos.

Hechos por Dios sabiduría. La sabiduría humana jamás podrá ser comparada con la encontrada en Jesús. A través de su vida y enseñanza, Dios nos revela su bien para la vida diaria. Con su sabiduría descubrimos que ella nada tiene que ver con “hacerse inteligente” como es la meta de la enseñanza en algún aula de clase. La sabiduría de Dios por medio de Cristo ilumina nuestra vida para saber cómo dirigirnos entre los hombres, la familia y en la casa de Dios.

Hechos por Dios justificación. Esto significa que por nuestro propio esfuerzo nunca podremos alcanzarla; solamente es nuestra cuando nos damos cuenta por medio de Jesucristo de que no es por lo que nosotros podamos hacer por Dios, sino por lo que él ya ha hecho por nosotros. Hemos sido declarados inocentes cuando merecíamos la condenación. Esto es una de la más grande garantía de nuestra salvación. Es la doctrina más defendida por Pablo en su carta.

Hechos por Dios santificación. Si bien la justificación nos declara justos e inocentes, su meta es llevarnos a la santificación. La santificación es el acto mediante el cual nos consagramos totalmente a Cristo, porque él se consagró al Padre por nosotros. Ahora nuestra vida está toda en él y nuestro más grande deseo es caminar con él y vivir solo para él.

Hechos por Dios redención. Esta era la palabra usada para el intercambio de esclavos. Cristo con su muerte fue “al mercado” donde se vendían los esclavos y nos compró; solo que su precio fue su propia sangre derramada. Esa “compra” nos hizo libres para siempre. Nosotros no podemos encontrar libertad a través de enfocarnos en nosotros mismos. Esa es la idea que Pablo ha venido tocando en este texto. No es poco lo que ahora somos en Cristo.

Cuál era el propósito de explicar a los corintios la posición que ahora tenían en Cristo “para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor”. La referencia usada por Pablo acá es la de Jeremías 9:23-24. Dios en Cristo nos hizo con todo lo anterior expuesto, para que Dios y solamente Dios recibiera la gloria. Con esto afirmamos que el camino para la gloria de Dios es Cristo crucificado; la evidencia de la gloria de Dios fue elegirnos siendo malos.

Dios a través de Cristo nos ha dotado con la más completa salvación y añadió a eso su sabiduría con la que ahora somos nobles, ricos y poderosos en él.

JESUCRISTO, Y ÉSTE CRUCIFICADO
“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado.” (1 Corintios 2:1-2).

Cuando uno ve la vida de Pablo antes y después de Cristo, descubre un mundo de diferencia. Pablo fue un fariseo muy estricto en el cumplimiento de la ley, pero también un hombre con una cultura muy arraigada, y al igual que el resto de los judíos, el tema de la cruz y un mesías sufriente era como un choque a su inteligencia. Sin embargo, después de su conversión, su tema favorito para predicar era el de Cristo, pero éste crucificado.

“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios …”. Con estas palabras introductorias Pablo les recuerda a los corintios cómo llegó a ellos. Esto debemos mencionarlo, porque Pablo previamente había estado en Atenas, y allí si usó muchas palabras filosóficas, propias de su léxico como un hombre de letras (Hechos 17:22-34); sin embargo, allí no tuvo muchos frutos. Así que al llegar a los corintios no fue con el mismo palabrerío usado anteriormente.

Observe cómo se presentó ante ellos: “no fui con excelencia de palabras o de sabiduría”. Pablo tocó en el capítulo anterior el tema de la sabiduría humana, contrastada con la sabiduría divina, por eso se presentó ante ellos no como un filósofo y vendedor de nuevas ideas. No lo hizo con palabras adornadas, llenas de la sabiduría humana, porque al final el evangelio debe ser presentado para tocar el corazón más que a la cabeza.

“Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna…”. Pablo admite haber usado su conocimiento y sabiduría humana con los resultados ya sabidos, por lo tanto, decidió no usar más los argumentos de hombres, sino presentar con sencillez el evangelio que consiste en anunciar “a Jesucristo, y a éste crucificado”. Para Pablo, este era su tema, su sermón y razón de ser como apóstol de Cristo.

“A Jesucristo, y a éste crucificado”. Esta declaración merece un comentario más. Jesucristo fue crucificado en el pasado, pero sigue crucificado en el presente. En el cielo tenemos a un Cristo resucitado, pero con marcas en sus manos, sus pies y su costado. La predicación que no muestra a Cristo de esta manera es vana. La cruz revela el “de tal manera amó Dios al mundo”, y a su vez que “siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Si no predicamos esto, todo será vano.

El evangelio de la prosperidad jamás presentará el valor de la cruz, porque es contrario a sus intereses. La cruz fue dejada no para presentar un evangelio barato, sino de poder transformador.

Predicando Con Demostración Del Espíritu Y De Poder
“Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2:3-5).

Pablo prosigue en estos textos explicando la manera cómo se presentó ante los corintios. Decíamos anteriormente que al parecer fue en Atenas donde Pablo no tuvo muchos resultados, porque al estar en medio de aquellos filósofos usó su propio lenguaje, pero ahora cuando fue a los corintios cambió de parecer y al estar entre ellos decidió no depender de su propia sabiduría.

“Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor”. Algunos sostienen que Pablo usa estas tres palabras: debilidad, temor y temblor cuando estuvo con los corintios, se debió a una enfermedad desconocida, pero por su experiencia anterior, más bien debemos verlo como alguien que rechazó la autoconfianza. El conocer sus limitaciones lo hacía débil y temeroso, y a su vez eso mismo lo alejado de la dependencia de sus conocimientos, en lugar de Cristo.

“Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría”. Pablo era un hombre ampliamente conocedor de la cultura judía y griega. Él podía discutir con los mejores filósofos de su tiempo, y ganar sus argumentos. Pero eso fue lo que no hizo en medio de los corintios, por el contrario, las palabras de su predicación no tuvieron el elemento de la persuasión humana, porque Pablo sabía que eso chocaba con la demostración divina.

Entonces, cómo fue su persuasión. La predicación de Pablo entre ellos fue hecha “con demostración del Espíritu y de poder”. Hay una diferencia entre la persuasión y esta demostración. La persuasión del hombre es para convencer a su prójimo. Mientras que la demostración hecha por Espíritu es para la conversión de los hombres. Pablo vio muchos más resultados en Corintios, porque dejó la persuasión humana por la demostración divina.

¿Cuál era el propósito final de aquella predicación demostrada? Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. He aquí el fin de una auténtica predicación. La verdadera fe de un creyente es la que se ha construido sobre la base del poder de Dios. Cuando la fe está basada en la sabiduría de los hombres, al final esa fe no permanece.

El trabajo de un predicador es predicar; y el trabajo del Espíritu Santo es de demostrar. Cuando la predicación está ungida por el Espíritu, la persuasión humana será efectiva. Amén.
La sabiduría de Dios

“Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria” (1 Corintios 2:6-8).

El tema dominante de estos textos ha sido el de la sabiduría. Pablo ha hecho una especie de apologética acerca de la sabiduría humana, la representada por los judíos y los griegos, contrastada con la sabiduría de Dios. Su postura respecto a este tipo de sabiduría no es por estar totalmente en contra de ella, pues Pablo mismo fue un hombre muy sabio, sino porque esa sabiduría sirvió para rechazar la cruz y el evangelio por considerarlos una locura.

“Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez”. La postura de Pablo respecto a la sabiduría pudo parecer al principio como sin importancia e innecesaria, porque su énfasis fue contra una sabiduría insensata. Pero mírelo ahora defendiendo su propia sabiduría, la que puede hablarse en aquellos “que han alcanzado madurez”. Esto puede ser una referencia a aquellos creyentes que dejaron de tomar leche por comer el alimento sólido de la palabra.

¿A cuál sabiduría se refiere Pablo? A aquella que “no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen”. Otra vez, Pablo sabe cuán insensata es la sabiduría del mundo, porque su propósito es la complacencia humana y no el agrado divino. Unos de quienes se decantaron por esa clase de sabiduría eran los “príncipes de este siglo”. Esto podía ser una referencia a los gobernantes, quienes, al no usar la sabiduría con sus gobernados, perece en el intento.

“Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio”. Aunque Pablo conocía mucho de la sabiduría humana, a él le fue revela la “sabiduría de Dios”. Con esto él marcará una diferencia cuando se dirige a los que han alcanzado madurez. La sabiduría de Dios fue un misterio, porque estuvo oculta y reservada (predestinada) para darse a conocer. Y en efecto, se dio a conocer por el evangelio de Jesucristo, el cual predica Pablo ahora. El misterio de Dios para “nuestra gloria”.

“La que ninguno de los príncipes de este siglo conoció”. Así fue, nadie entre los hombres que solo usaban aquella sabiduría para su propia complacencia, la conoció. No podían conocerla porque requería de un corazón humilde y arrepentido como el de Pablo para obtenerla. ¿Qué habría pasado si ellos de antemano hubieran conocido esta sabiduría? Que “nunca habrían crucificado al Señor de gloria”. La muerte de Cristo fue el resultado de una sabiduría insensata.

La sabiduría de Dios que estuvo oculta por los siglos fue totalmente revelada con la llegada de Cristo. A partir de allí los hombres ya no tienen excusas para seguir rechazando el evangelio.

LAS COSAS PREPARADAS PARA LOS QUE LE AMAN
“Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (2 Corintios 2:9-10).

Pablo era un hombre con un gran dominio de las Escrituras dadas a Israel. El uso que hace de ella para respaldar las nuevas verdades afirmadas en sus cartas, y con eso en el Nuevo Testamento, simplemente son notorias y necesarias. Eso es lo que veremos en el presente texto para refutar la ignorancia de los judíos y los griegos, pero a su vez para elevar la esperanza de los que esperamos, por medio del sacrificio de la cruz, un mundo totalmente hermoso y nuevo.

“Antes bien, como está escrito”. Si bien Pablo no especifica la cita de donde toma este pensamiento, si hace una especie de paráfrasis de Isaías 64:4 para recordarnos que la Sabiduría ampliamente tratada, así como el desarrollo del plan de Dios están más allá de lo que podemos nosotros mismos descubrir. Nunca podrá ni competir ni compararse la sabiduría de los hombres cuando tan solo nos imaginamos lo que Dios ha preparado más allá de la vida terral.

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre”. Si bien estas palabras en algún momento las hemos usado al imaginarnos para el futuro la belleza celestial que contemplarán nuestros ojos y oiremos hermosamente, la verdad es que esto ciertamente pertenece al presente, y expresa lo luz, vida, y libertad traída por medio del evangelio a todos por medio de la revelación de Jesucristo al momento de hacer de él nuestro Salvador y Señor.

Estas, sigue diciendo Pablo, “son las que Dios ha preparado para los que le aman”. Esto significa que no todos tienen acceso a ellas. Estos privilegios celestiales para ser vividos ahora son para aquellos con un corazón sincero que buscan a Dios y le aman. Esto no era para los amantes del conocimiento humano en Corinto, los que pensaban solo en averiguar cualquier cosa por medio de la investigación y la lógica. Solo los amantes de Dios disfrutan de tales cosas.

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu”. Pablo estaba consciente que este privilegio no era para todos, sino para aquellos a quienes el Espíritu lo revele. El ministerio del Espíritu se ha encargado de poner a nuestro alcanza la vida de Cristo y el poder del evangelio. Esto no ha sido dado por una mera disposición humana, porque ha quedado claro lo imposible de la sabiduría para revelarlo. Solo el ministerio del Espíritu y su revelación ha podido hacerlo.

¿Y por qué se atribuye esto al Espíritu? “Porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios”. Si bien los gnósticos creían haber descubierto los secretos más recónditos de Dios debido a su intelecto, Pablo refuta esa creencia, hablando de una sabiduría más grande traída por Espíritu Santo, porque su revelación a los hombres proviene de lo que él mismo ha escudriñado en “lo profundo de Dios” y lo ha dado a conocer ahora. ¡Bendita sea esta revelación del Espíritu!
Solo los hombres que han conocido el don de la revelación del Espíritu en sus corazones tendrán acceso a esas cosas que “ojo no vio, ni oído oyó”. Esto lo ha preparado Dios a los que le aman.

EL ESPÍRITU QUE PROVIENE DE DIOS
“Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1 Corintios 2:11-13).

Pablo ha dedicado un largo discurso acerca de la sabiduría humana y la divina. Nos ha mostrado el contraste entre ambas, y nos hizo ver por qué él no tiene reparo en usar a lo necio y débil del mundo para avergonzar a los sabios. Y en ese contexto ahora nos habla de dos espíritus que operan en el hombre. El primero lo recibió al nacer, y es quien le enseña quién es él, mientras que el otro, el Espíritu de Dios, le fue dado cuando creyó, y le revela quién es Dios.

“Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Con esta pregunta es simple Pablo hace una analogía entre el espíritu interior del hombre y el Espíritu de Dios. En esta primera parte vemos que lo profundo del hombre se asienta en los pensamientos y las intenciones de su corazón. Solo el espíritu del hombre sabe de su mundo interno. De allí el dicho popular mexicano: “caras vemos, corazones no sabemos”.

“Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios”. He aquí el otro lado de esta analogía. Quién puede saber lo que hay en lo profundo de Dios, sino su propio Espíritu. Él es el único que puede conocer cabalmente los pensamientos y el ser de Dios. Y en esto hay algo maravilloso, porque se confirma la unidad que existe entre el Espíritu Santo y el Padre. Pero, además, cuando Cristo vino nos dijo que nadie conoce tanto al Padre como al Hijo Cristo.

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios…”. Ahora Pablo nos habla de un tercer espíritu, el del mundo. ¿Cuál es su propósito al mencionar esto? Que hay un abismo de diferencia entre el espíritu del mundo, que incluye los deseos de la carne y la vanagloria de la vida, y el Espíritu dado por Dios. Es por la presencia del Espíritu en nosotros que nos hacemos acreedores de la salvación a través del derramamiento de su gracia.

¿Y cuáles son los resultados de saber que el Espíritu de Dios mora en nosotros? Es estar equipado con todo; pero, además, es el Espíritu Santo quien nos da la sabiduría para hablar, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con “la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (Santiago 3:17). Esta es la sabiduría que nos el Espíritu.

“Acomodando lo espiritual a lo espiritual”. Solo los cristianos pueden combinar las cosas espirituales con palabras espirituales. Su lenguaje, con sus palabras y conceptos, son espirituales; todo enseñado por el Espíritu Santo. Solo un hombre espiritual puede recibir y dar a conocer las cosas espirituales. “Explicando cosas espirituales a personas espirituales.” (Clarke).

Cuando el Espíritu de Dios gobierna nuestro espíritu no habrá lugar para el espíritu del mundo.

Mas Nosotros Tenemos La Mente De Cristo
“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio, el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado por nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.” (1 Corintios 2:14-16).

Si bien Pablo ha venido haciendo una especie de radiografía de la iglesia a los corintios, con esta sesión pareciera entrar a su parte más profunda, para dejarnos uno de los textos más impresionante de su carta, porque al abordar el tema del hombre espiritual en contraste con el natural, nos va a decir que ahora poseemos “la mente de Cristo”. Para alguien quien no haya recibido la gracia salvadora, esto es una locura. Solo el hombre espiritual sabe este significado.

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”. La palabra griega para describir al hombre natural es “psuchikos”. La mejor traducción sería la de alguien totalmente materialista, cuya vida no va más allá de la vida física. La vida del hombre natural es la vida común de todos los animales. Es la vida iniciada por nuestro padre Adán, donde no hay regeneración ni salvación. Este hombre no percibe al Espíritu.

Y ¿por qué no lo percibe? Porque para él son locura, y no las puede entender. Pablo nos ha hablado abundantemente del tema de la locura, especialmente para los que se mueven en el ámbito de la sabiduría humana. Para ese hombre, las cosas espirituales le son locura y sin entendimiento, porque el tal depende solo de sus conocimientos. Este hombre depende de su propio espíritu, por lo tanto, él requiere de un discernimiento mayor.

“En cambio, el espiritual juzga todas las cosas”. Ahora Pablo habla de la diferencia en el hombre espiritual. La posición de Pablo acá no es mostrarnos a cada cristiano estando fuera de toda crítica, porque si algo va a hacer él en su carta es criticar la conducta de los corintios. Su punto es decirnos que el hombre natural no está equipado para juzgar a un hombre espiritual. Y esto Pablo la expuso, diciendo: “pero él no es juzgado de nadie”.

“Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá?”. Una respuesta simple a estas dos preguntas sería: humanamente, nadie la conoció, y por lo tanto nadie la instruirá. La presente cita nos viene de Isaías 40:13, referida por la versión de los LXX. Con esto Pablo nos dice que nadie puede explorar los pensamientos de Dios ni menos corregirlos. Sin embargo, nosotros por tener “la mente de Cristo”, si podemos entender las cosas que corresponden a lo divino.

“Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.”. Pablo concluye este capítulo con una de las declaraciones más profundas que se haya escrito en este tema del hombre natural y el espiritual. Cuando un hombre tiene un encuentro con Cristo, el Espíritu de Dios entra a su vida, y esto lo llena con la vida de Cristo. A partir de ese momento somos poseedores del más grande don del cielo que nos permite discernir los caminos del Señor, y a través de esa mente en nosotros hacer su voluntad.
La mente de Cristo nos hace entender lo que el hombre natural tiene por locura.

LOS NIÑOS EN CRISTO
“De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?” (1 Corintios 3:1-3).

Pablo nos dijo anteriormente la manera cómo se presentó delante de los corintios, sin mucha elocuencia y hasta con “temor y temblor”. Sin embargo, esto no lo eximió de hablarles de acuerdo con la actitud observada en medio de la iglesia. Lo primero que Pablo vio fue una iglesia muy carnal, debido a la división previamente citada. Su carnalidad era manifiesta en su comportamiento contencioso, porque cada uno apoyaba alguno de los cuatro bandos existentes.

“De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales”. En el anterior capitulo Pablo nos dejó toda la doctrina acerca de Cristo y al Espíritu de Dios y su obra en el creyente. Eso le llevó a hablar de la naturaleza del hombre espiritual contrastada con el hombre natural. Pero esto no era la realidad entre los corintios, por eso Pablo no les pudo hablar como a gente madura espiritualmente, “sino como a carnales”. No era este un buen elogio para una iglesia cristiana.

“Como a niños en Cristo”. Cuando Pablo habla de cristianos carnales completó la existencia de tres clases de hombres: los gobernados por el Espíritu, los hombres con una naturaleza rebelde (naturales), y ahora los carnales. Y este último es alguien dominado por una inmadurez espiritual, o sea “niños en Cristo”. Estos “hermanos” obedecían a sus propios deseos más bien que a los de Dios. Eran cristianos, pero eran carnales. Y de estos abundan en las iglesias.

“Os di a beber leche, y no vianda”. Seguramente Pablo tenía una expectativa con los corintios muy alta, pero acá le vemos hasta con un cierto desencanto. Si alguien sabia de alimento sólido para fortalecer al espíritu era Pablo, pero era tal la carnalidad entre los hermanos, que comenzó dándoles lo básico (“compotas espirituales”). Las metáforas de leche y vianda hablan de comenzar un discipulado inicial, en lugar de un discipulado progresivo con ellos.

¿Por qué Pablo escogió la leche en lugar de la vianda? “Porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales”. ¡Qué revelación encontramos en estas palabras con respecto a esta iglesia! Es exactamente la figura de un bebé. Un lactante no es capaz de ingerir una comida sólida. El comportamiento de los corintios impedía avanzar en enseñanzas más profundas. Su carnalidad les impedía optar por la bendición de las grandes doctrinas del evangelio.

“Pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones”. He aquí los tres pecados de los corintios. Ellos pensaban que eran espirituales, pero sus celos, contiendas y divisiones mostraban su carnalidad. He aquí la manera de medir el termómetro espiritual de una iglesia. Pablo tuvo razón al preguntar “¿no sois carnales, y andáis como hombres?”. Corintios no era la mejor iglesia para imitar en la práctica, ni en la doctrina.

Un verdadero creyente no puede vivir solo de la leche espiritual, necesita la comida sólida de la Palabra, para dejar de ser “niños en Cristo”, hasta ir creciendo y llegar a ser un adulto en la fe.

¿QUÉ, PUES, ES PABLO, Y QUÉ ES APOLOS?
“Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor” (1 Corintios 3:4-5).

Pablo siguió describiendo la situación de la iglesia a los corintios, y vuelve al tema de la división entre ellos, el origen de muchos de sus males internos. Pablo había descubierto, por el reporte de los de Cloé, los cuatro bandos que se disputaban el liderazgo de la iglesia. Y va a ser por esta marcada división la razón por la que Pablo los ha llamado carnales.

“Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos”. Estos eran los comentarios más audibles entre ellos. Es interesante que Pablo no haga mención de los “seguidores de Pedro”, sino que se menciona a sí mismo y Apolos. Ciertamente estos dos hombres eran dos “pesos pesados” del evangelio en corintios, por el gran trabajo hecho entre ellos, pero ninguno de los dos murió por sus pecados, sino Cristo.

Es bueno dar acá una palabra sobre el problema del partidismo en la iglesia. La ciudad de Corinto se prestaba para estas divisiones por las distintas escuelas de filosofía, quienes resaltaron la importancia de sus líderes fundadores. Pablo, quien seguramente conocía muy bien esas escuelas, se dio cuenta cómo ese espíritu partidista estaba anclado en esa exaltación de la sabiduría humana, más no en los pensamientos y en la obra de Cristo.

“¿No sois carnales?”. Otra vez, Pablo vuelve al tema recurrente de la carnalidad en los corintios. Él ni podía ver otra cosa sino esto, porque ellos habían cambiado su fidelidad a Cristo para seguir a él y a Apolos. Y si bien Pablo podía ser más amable con su propio “club de fans.”, para ponerlo de alguna manera, en lugar de darles halagos, los llama como lo que son: carnales. Cualquier otro líder se hubiese aprovechado de esa “popularidad” para alimentar más su ego personal.

“¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos?”. Con esta pregunta Pablo sigue rechazando a aquellos que habían puestos sus ojos en él o en Apolos, en lugar de Cristo. De ninguna manera Pablo desea una gloria personal, y tampoco la querría Apolo. ¿Por qué razón? Porque ellos solo son “servidores por medio de los cuales habéis creído”. He aquí el antídoto para evitar ser exaltado por los hombres. Reconocernos solo como siervos nos llevará siempre a dar la gloria a Cristo.

“Y eso según lo que a cada uno concedió el Señor”. Como hemos venido viendo, en estos versículos pareciera que los partidistas tenían una especie de competencia para ver quién de los apóstoles era el mejor. Pero en realidad estaban muy lejos de la verdad. Contrario a alguna rivalidad entre los apóstoles, más bien se reconocen como compañeros y servidores del mismo Señor. Por otro lado, con la presente frase, Pablo les está diciendo que los apóstoles solo cumplían con el llamado y los dones de Dios; no había entre ellos otro propósito.

Cuando los hombres nos vean como auténticos siervos del Señor, decidirán seguirle más a Cristo, porque con nuestro servicio demostramos que la gloria debe ser dada por siempre solo a Él.

NOSOTROS SOMOS COLABORADORES DE DIOS
“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor. Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.” (1 Corintios 3:6-9).

Con este texto Pablo pareciera ponerle fin al tema de la división dada en torno a los que seguían a Pablo y a Apolos en lugar de a Cristo. De una manera muy precisa les dice quiénes han sido ellos para la iglesia durante el tiempo cuando trabajaron en Corinto. La iglesia debería saber que el trabajo de ellos como “plantadores y regadores”, no les daba razones para ver a estos dos líderes de ninguna otra manera, sino como verdaderos siervos de Cristo.

“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios”. Con un solo plumazo Pablo deja claro cuál fue su trabajo y el de Apolos para que no tuvieran otro concepto de ellos creando esos esos particos. Nos imaginamos con esta metáfora sacada de la naturaleza que Pablo fue el “plantador” y después vino Apolos para “regar” lo que había sido sembrado. Y Pablo para evitar que sus seguidores los exaltaran sobremanera, dice que “el crecimiento lo ha dado Dios”.

“Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento”. Pablo evitó a toda costa los aduladores de oficio. No aceptó otro concepto de sí mismo y tampoco Apolos. Si bien ellos como obreros del Señor tuvieron diferentes labores, con diferentes resultados, su conclusión llegó a ser la misma: Dios es quien “da el crecimiento”. Pablo y Apolos eran como los granjeros; ellos prepararon el ambiente a la semilla sembrada y dejaron a Dios su crecimiento.

“Y el que planta y el que riega son una misma cosa”. O sea, no hay ninguna diferencia entre uno y otro. Con esto Pablo combatió el deseo de algunos dentro de la iglesia de querer dividirlos como líderes al recordarles que ambos estaban en el mismo equipo. Algunos pensarían que plantar era lo más importante, y otros que regar, pero al final ambos “son una misma cosa”. Plantadores y regadores son necesarios, ambos trabajan con el mismo fin en “el huerto del Señor”.

“Aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor”. Esto pone claro una verdad que corre en la Biblia, acerca de las recompensas. Es cierto que todos trabajamos para el reino de Dios, pero las recompensas serán individuales. Y con esto también se corrige la idea que las recompensas se darán por los dones, talentos, o éxito alguno, sino de acuerdo con la labor realizada.

“Porque nosotros somos colaboradores de Dios”. Qué manera la de Pablo al reconocer lo que él y Apolos eran respecto al trabajo para con Dios: simplemente colaboradores. Con esto ellos reconocen más bien la maravillosa oportunidad de trabajar con el Señor. Esto significa que no podemos trabajar sin él, y él no trabajará sin nosotros. ¡Dios nos quiere como sus compañeros de trabajo! ¡Qué privilegio y qué bendición ser colaboradores de Dios en su inmensa obra!

“Y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.” Ahora Pablo cambia de la metáfora de la agricultura para hablar de la arquitectura. Esta figura es una referencia a un templo, no tanto físico, sino espiritual. Pablo aplica esta metáfora a la comunidad de creyentes, más que al individuo. En resumen, para Pablo y Apolos, la iglesia eran su “campo”, usando la ilustración del agricultor en su trabajo de plantar y regar, y también era el “edificio”, donde ellos trabajaban como “arquitectos”.

Nuestra preocupación debe ser plantar y regar, y no del crecimiento; es tarea de Dios.

CRISTO, NUESTRO ÚNICO FUNDAMENTO
“Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:10-11).

Pablo ha venido usando dos metáforas para hablar del trabajo hecho en medio de los hermanos de corintios. Una de ella ha sido la del agricultor como el que siembra y riega, y la otra es la arquitectura para referirse al tema de la edificación de ellos como cuerpo de Cristo. En el presente texto la metáfora de la construcción será vital para explicar el fundamento de nuestra común fe.

“Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada”. La gracia de Dios es el tema dominante de Pablo en sus escritos, y más ahora cuando aborda este tema. Nadie más como Pablo para entender que su privilegio, como obrero en el campo de Dios, o en el edificio de Dios, se debía al favor inmerecido de Dios, siendo esto la traducción de la palabra “gracia” de la cual él no se sentía merecedor. Esto ayudó al apóstol a no exaltarse sobre manera porque era un “colaborador de Dios”.

“Yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edificó encima”. Todo edificio consta de dos partes necesarias: el fundamento y el resto de la construcción. Pablo, usando esta figura de la edificación se presenta como el “perito arquitecto” de esta obra espiritual. Cuando él fundó esta iglesia, de acuerdo con Hechos 18, el fundamento puesto fue Jesucristo. Los que vinieron después, como Apolos, edificaron encima de ese fundamento.

“Pero cada uno mire cómo sobreedifica”. Con esta advertencia Pablo pareciera identificar a algunos edificadores con otras intenciones. La vulnerabilidad de la iglesia, por las mismas divisiones, corría el riesgo de que alguien falseara con materiales distintos al edificio del cual Pablo se siente su fundador. Algunos piensan que los seguidores de Pedro pudieran estar atribuyendo a él (como la roca) la fundación de la iglesia.

“Porque nadie puede poner otro fundamento…”. Quien quiera que haya sido la persona aludida, la advertencia de Pablo fue notoria y concluyente: el único fundamento de la iglesia es Cristo. Nada sería más repulsivo para Pablo que otro reclamara para sí ser el fundamento de la iglesia. Y por la firmeza de estas palabras Cristo como el fundamento, es la razón de nuestra fe y práctica. Es sobre este fundamento que se levanta el edificio de todo lo que somos como iglesia del Señor.

Cuando los hombres cambian a Jesucristo como el fundamento, la construcción que se levanta al final se viene abajo. Pero cuando Jesucristo es el único fundamento, nada derrumba esa edificación.

EL FUEGO PRUEBA SI LA OBRA PERMANECE
“Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará” (1 Corintios 3:12-13).

Pablo sigue hablando de la metáfora del edificio cuyo fundamento es Dios y los obreros que lo han venido edificando encima de él. Su pensamiento en esta parte es mostrarnos el tipo de material usado para tal edificación, incluyendo el de muy buena calidad, y el barato. Al final será el fuego quien probará su resistencia y determinará su permanencia.

“Y si sobre este fundamento alguno edificare…”. El resto de esta frase habla del material usado para levantar el edificio. Es un material de dos categorías. El oro, la plata y las piedras preciosas corresponden a un material sólido, estable y a prueba de fuego. Mientras que la madera, el heno y la hojarasca forman parte de un material volátil y fácilmente destruible cuando es alcanzado por el fuego. No será difícil descubrir cuál de estos materiales resistirá el fuego.

¿Qué significa construir con “oro, plata y piedras preciosas”? Lo que se ha dicho al respecto es que estos materiales describen las doctrinas y las prácticas relacionadas con el fundamento, que es Jesucristo y su obra de redención. Los constructores de estos materiales son los que usan la palabra de Dios y su testimonio es de acuerdo con la verdad de que Jesucristo. Quienes así edifican, están siendo fieles al fundamento y no tendrán temor que su obra sea probada.

Por otro lado, no será difícil tampoco saber lo que pasará con los constructores que utilizan la madera, el heno y la hojarasca. ¿Quiénes representan este tipo de construcción? Estos débiles materiales pudieran referirse al hombre que predica la verdad a media. Aquellos hombres que, aun usando la Biblia, le agregan o le quitan a la verdad de Jesucristo. Lamentablemente muchas de nuestras iglesias se construyen de esta manera porque hay carencia de la palabra de verdad.

“La obra de cada uno se hará manifiesta”. Tal y cual Pablo lo escribe. ¿Qué es lo que pondrá a prueba estos materiales? Pablo ahora utiliza la figura del fuego como el “probador” de cada obra. Sabido es que cuando el fuego encuentra elementos como la madera, el heno y las hojas, se alimenta de ellos y los arrasa. Mientras que, si él se topa con el oro, la plata y las piedras preciosas, allí habrá resistencia. De esta manera, cual sea la obra, el fuego la probará.

Si la palabra de Dios es un “fuego probador” no será difícil saber al final cuáles obras quedarán de pie. Debemos asegurarnos de que nuestro material de construcción sea como el oro, plata y las piedras preciosas. Esa construcción evitara la ruina de una edificación de materiales débiles.

LA OBRA QUE RECIBIRÁ RECOMPENSA
“Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:14-15).

Pablo sigue en estos versículos con su metáfora de la edificación. Después de haber abordado el tema de los materiales para esa construcción, ahora va a hablarnos acerca de las recompensas finales, cuando se compruebe la legitimidad de la obra. Con este texto recordamos lo que dice Hebreos 6:10, que Dios no es injusto para olvidar nuestra obra y el trabajo de amor demostrados a los santos a través de nuestro servicio y la entrega a cada uno de ellos.

Fuente:
PASTOR JULIO RUIZ

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