
Durante el Mundial, naciones enteras quedan suspendidas entre la euforia y la decepción. Familias que apenas se llaman, se reúnen frente a una pantalla. Vecinos que no saben el nombre del otro de repente comparten algo. El torneo despierta un sentido de identidad, de pertenencia y de esperanza que pocas cosas en el mundo logran despertar al mismo tiempo, en tantos lugares y con tanta intensidad.
Detengámonos un momento para considerar este fenómeno, no para sacralizar, sino para preguntarnos qué podemos ver desde ahí que normalmente se nos escapa. Mientras el mundo fija su atención en un evento temporal, nosotros tenemos la oportunidad de recordar una realidad eterna: Dios está interesado en las naciones.
Dios y las misiones mundiales
Que Dios se interese en las naciones no es una idea que viene del fútbol, viene de las Escrituras. Desde Génesis hasta Apocalipsis vemos Su propósito de redimir para Sí un pueblo de toda tribu, lengua, pueblo y nación. La promesa hecha a Abraham que en él serían benditas todas las familias de la tierra (Gn 12:3) encuentra su cumplimiento en Cristo, quien envió a Sus discípulos a hacer discípulos de todas las naciones (Mt 28:18-20), y culminará en esa multitud que nadie podrá contar, de toda nación, tribu, pueblo, lengua, de pie delante del trono (Ap 7:9).
La Copa del Mundo pasará en unas cuantas semanas. Pero la historia que Dios está escribiendo entre las naciones
Las naciones importan porque le importan a Dios, y ese plan soberano no depende de ningún torneo ni trofeo.
La Copa del Mundo pasará en unas cuantas semanas. El trofeo será entregado. Las celebraciones terminarán. Pero la historia que Dios está escribiendo entre las naciones continuará con o sin nosotros, aunque el Señor quiere que sea con nosotros. El Mundial no nos da esta misión. Solo puede ser una ocasión para recordarnos que existe. Y si vamos a pasar estas semanas mirando banderas de todos los rincones del mundo, bien podemos usarlas para elevar la mirada un poco más alto que el marcador.
Entonces, ¿cómo podemos aprovechar el Mundial, guste el fútbol o no, para discipular a nuestros hijos, fortalecer amistades y cultivar una visión más amplia del corazón de Dios en la comunidad? Aquí van cinco ideas prácticas.
1. Oremos por las naciones
Cada bandera que aparece en la pantalla representa millones de personas creadas a imagen de Dios (Gn 1:27). Detrás de cada selección hay familias, ciudades, pueblos y comunidades que necesitan escuchar las buenas noticias de Jesucristo.
Así que te animo que junto a tu familia, antes de cada partido, escojan un país y oren juntos por él. Oren para que el evangelio avance, para que las iglesias y los líderes locales sean fortalecidos y para que Dios siga llamando obreros a Su mies (Mt 9:38).
Una oración así no es un ritual de apertura, es la expresión de una convicción: que la extensión del evangelio entre las naciones depende de la soberanía de Dios y que Él ha elegido moverse en respuesta a la oración de Su pueblo.
Pablo lo dice con claridad: «¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Ro 10:14). Alguien tiene que ir. Y todo comienza con un cristiano que ora.
2. Conozcamos las naciones
El Mundial nos brinda una oportunidad para aprender sobre países que suelen pasar desapercibidos para nosotros. ¿Dónde están ubicados? ¿Qué idioma hablan? ¿Cómo viven las familias allí? ¿Qué desafíos enfrentan los creyentes? ¿Cuántas personas tienen acceso al evangelio?
Lo que para nosotros es una simple camiseta o una bandera representa almas eternas que necesitan escuchar el evangelio
Algunos de los países participantes se encuentran entre los lugares del mundo con menor acceso al evangelio. Naciones como Irán, Arabia Saudita, Irak, Uzbekistán y Jordania representan millones de personas que pertenecen a grupos considerados «no alcanzados». Preguntas como las siguientes pueden ser parte de nuestras conversaciones durante estas semanas: ¿Qué significa ser cristiano en estos lugares? ¿Cómo se vive el evangelio cuando seguir a Jesús puede traer rechazo, sufrimiento o persecución?
¿Tus hijos están coleccionando el álbum del Mundial? Entonces ya tienes una herramienta maravillosa en tus manos para abrir esta conversación. Cada lámina contiene mucho más que la imagen de un futbolista. Detrás de cada rostro hay una persona real que tiene familia, luchas y necesidades. Y detrás de cada jugador hay millones de personas que comparten su idioma, cultura e historia, muchos de los cuales todavía no han escuchado el nombre de Cristo.
Lo que para nosotros es una simple camiseta o una bandera representa almas eternas que necesitan escuchar el evangelio. El Dios que “hizo todas las naciones del mundo para que habitaran sobre toda la superficie de la tierra” (Hch 17:26) conoce a cada una de esas personas por nombre. Nosotros apenas estamos aprendiendo a verlas.
Puedes aprovechar herramientas como Stratus para investigar y conocer las necesidades físicas y espirituales más urgentes de los países.
3. Aprendamos sobre nuestros hermanos perseguidos
Algunos de los países representados en el Mundial cuentan con pequeñas comunidades cristianas que viven su fe en medio de grandes dificultades.
¿Qué significa congregarse cuando las iglesias son escasas? ¿Cómo comparte su fe un creyente cuando hacerlo implica arriesgar su vida? ¿Qué podemos aprender de hermanos que perseveran en contextos donde seguir a Cristo tiene un costo elevado?
La Escritura nos llama a no mirar hacia otro lado: «Acuérdense de los presos, como si estuvieran presos con ellos, y de los maltratados, puesto que también ustedes están en el cuerpo» (He 13:3). No somos espectadores neutrales de la persecución de nuestros hermanos, somos parte del mismo cuerpo. Cuando ellos sufren, algo en nosotros también debería doler. Conocerlos, nombrarlos y orar por ellos es una de las formas más concretas de tomar en serio esa solidaridad.
Estas conversaciones pueden ayudarnos a abrir los ojos ante las necesidades y realidades de aquellos que sufren por causa del evangelio. Y pueden recordarnos que nuestra libertad religiosa no es la norma, sino la excepción.
4. Abramos las puertas de nuestro hogar
Pocos eventos reúnen personas como el Mundial. Un partido puede convertirse en la excusa perfecta para invitar vecinos, familiares, amigos o compañeros de trabajo a compartir una comida. Es por eso que, desde nuestro hogar, buscamos aprovechar ocasiones como estas para abrir las puertas de casa, poner unas cuantas sillas más alrededor de la mesa y agregarle agua al caldo para compartir y conversar sobre aquello que posiblemente hemos dejado en el olvido.
Compartir lo que tienes no es un gesto social, es un acto de obediencia que crea el espacio donde el evangelio puede ser escuchado
Quizá la conversación más importante de estas semanas no ocurra en un estadio, sino alrededor de una mesa. La hospitalidad no es un don reservado para los extrovertidos ni una virtud opcional para cuando las circunstancias sean cómodas. Es una práctica que la Escritura le encarga a toda la iglesia: “Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones” (1 P 4:9) y “compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad” (Ro 12:13, RV60).
Compartir lo que tienes no es un gesto social, es un acto de obediencia que crea el espacio donde el evangelio puede ser escuchado. No se trata de una casa perfecta ni de una comida elaborada. Se trata de una puerta que se abre y de una mesa donde siempre cabe uno más.
5. Recordemos la historia que Dios está escribiendo
Es fácil quedar fascinados por las multitudes reunidas, los estadios llenos y las banderas ondeando. Pero el Mundial apunta sin saberlo, aunque sea de forma tenue, a una realidad mucho más gloriosa.
Un día, personas de todas las naciones estarán reunidas en un mismo lugar no para ver una final, sino para adorar a una sola voz al Rey de reyes. Juan lo vio así:
Una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos, y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en las manos. Clamaban a gran voz: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Ap 7:9-10).
Mientras las naciones compiten por un trofeo que un día quedará en el pasado, la iglesia debe seguir anunciando un Rey cuyo reino jamás tendrá fin
Esa imagen no es una promesa vaga, es el destino cierto hacia el que camina la historia. No hacia un campeón provisional, sino hacia la adoración unánime del Único que merece el título. Cada partido, cada bandera y cada himno nacional puede recordarnos que Dios está llevando adelante ese plan en todas las naciones con una fidelidad que ninguna derrota puede interrumpir.
Recordemos nuestra misión
Mientras las naciones compiten por un trofeo que un día quedará en el pasado, la iglesia debe seguir anunciando un Rey cuyo reino jamás tendrá fin. Un Rey que no vino a ganar un torneo terrenal, sino a rescatar a pecadores de toda nación mediante Su propia vida entregada “porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne pero vivificado en el espíritu” (1 P 3:18).
Recuerda, cuando el Mundial termine, los estadios se vaciaron y las celebraciones terminarán. Pero la misión de Dios continuará.
Que estas semanas nos ayuden a mirar más allá de los resultados y las estadísticas. Que nos recuerden que Cristo murió y resucitó para rescatar pecadores de toda nación. Y que, mientras observamos a las naciones reunidas alrededor de un balón, nuestros corazones sean movidos a participar con mayor fidelidad en la misión de llevar el evangelio hasta los confines de la tierra.



