
«Permanezcamos cada día en Su presencia, porque allí encontramos dirección, protección y el alimento espiritual que fortalece nuestra vida interior.»
Permanecer en la presencia de Dios no es una costumbre religiosa, sino una necesidad del alma. Allí recibimos sabiduría para caminar, refugio en medio de las pruebas y el pan espiritual que sostiene nuestro corazón cuando las fuerzas humanas se agotan.
Alabar a Dios, al que es tres veces Santo, es reconocer que no existe gloria mayor que la Suya. Los aplausos del mundo son pasajeros, pero la presencia del Señor transforma la vida para siempre.
Adorar al Santo, Santo, Santo vale mucho más que brillar ante los hombres. Es mejor ser conocido en el cielo que admirado por el mundo. La verdadera grandeza no está en la fama, el reconocimiento o las riquezas, sino en rendir el corazón delante del Rey de reyes con humildad, reverencia y amor.
Quien permanece en Su presencia aprende a mirar la vida desde la eternidad y comprende que ninguna luz terrenal puede compararse con el resplandor de la gloria de Dios.
Oremos:
Señor, queremos permanecer cada día delante de Ti. Enséñanos a buscar tu rostro por encima de cualquier reconocimiento humano. Que nuestro mayor anhelo sea adorarte con un corazón sincero y vivir para Tu gloria.



