
En tiempos de confusión espiritual, Dios sigue levantando un pueblo que no negocia su santidad, permanece fiel a Su Palabra y lleva sobre su vida las marcas de una consagración verdadera.
No todo el que dice pertenecer a Cristo forma parte del remanente que permanece firme. El remanente es aquel pueblo que, aun en medio de la oscuridad, decide permanecer de pie; que no se deja arrastrar por las corrientes de este mundo y que conserva encendida la llama de la fe.
Las marcas de ese remanente no son solamente visibles en sus palabras, sino en su manera de vivir. Son marcas de obediencia, reverencia, humildad, fidelidad y santidad delante de Dios.
“Santo, santo, santo” no es solamente una expresión de adoración; es también un llamado a recordar quién es nuestro Dios y quiénes somos nosotros delante de Su presencia.
En un tiempo donde muchas voces intentan acomodar el Evangelio a los intereses humanos, Dios sigue llamando a Su Iglesia a regresar a la cruz, a la Palabra, a la oración y a una vida consagrada.
El remanente no busca reconocimiento; busca agradar a Dios. No corre detrás de las modas espirituales; permanece fundamentado en las Escrituras. No se contamina con aquello que contradice la voluntad del Señor; entiende que la santidad sigue siendo parte esencial del llamado cristiano.
Dios está marcando un pueblo. Un pueblo que permanecerá firme. Un pueblo que adorarán en espíritu y en verdad. Un pueblo que no doblará sus rodillas ante los ídolos de este tiempo.
Que cuando el Señor mire a Su Iglesia encuentre todavía un remanente dispuesto a decir:
¡Santo, Santo, Santo es el Señor!
Y que las marcas de nuestra vida no hablen de nosotros, sino de Aquel que nos llamó, nos redimió y nos apartó para Él.
“Sed santos, porque yo soy santo.” . 1 Pedro 1:16



