Respuesta del Reino

El proselitismo busca consumidores de religión; el evangelismo forma discípulos para el Reino de Dios

En un tiempo donde muchas iglesias miden su crecimiento por estadísticas y cantidad de asistentes, surge una pregunta necesaria: ¿estamos formando discípulos de Jesucristo o simplemente aumentando la membresía institucional?

El evangelismo bíblico tiene como centro a Cristo y la obra transformadora del Espíritu Santo. No busca promover una organización ni fortalecer el prestigio de un ministerio, sino conducir a hombres y mujeres a un encuentro personal con Jesucristo que produzca arrepentimiento, conversión y una vida nueva.

Cuando la evangelización pierde ese enfoque y coloca en primer plano la expansión institucional, corre el riesgo de convertirse en proselitismo. En ese escenario, las personas dejan de ser vistas como almas necesitadas de salvación para convertirse en números, simpatizantes o afiliados que fortalecen una estructura religiosa.

La verdadera evangelización no termina cuando alguien levanta la mano o llena un formulario de membresía. Su propósito es iniciar un proceso permanente de discipulado, crecimiento espiritual y transformación integral bajo la dirección del Espíritu Santo.

La conversión auténtica no es una emoción pasajera ni una simple adhesión doctrinal. Es una obra divina que cambia el corazón, rompe las cadenas del pecado y conduce al creyente a vivir para Cristo y servir a su prójimo como expresión del Reino de Dios.

En una época marcada por el protagonismo de figuras religiosas y por la búsqueda de experiencias espectaculares, la Iglesia necesita volver a colocar el Evangelio en el centro. Ningún hombre puede convertir a otro; solamente el Espíritu Santo tiene el poder de transformar vidas.

En definitiva, el proselitismo produce consumidores de religión y afiliados institucionales. El evangelismo bíblico, en cambio, produce discípulos de Jesucristo que viven para la gloria de Dios, sirven con humildad y anuncian el Reino con amor, verdad y fidelidad a las Escrituras.

La propuesta de Dios sigue siendo la misma: no llenar templos únicamente, sino llenar corazones de Cristo para que el mundo conozca el poder transformador del Evangelio.

Por Tomás Gómez Bueno

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