
Hubo un tiempo en que mi corazón estaba algo entristecido. Había depositado mi confianza en una persona que se comprometió a apoyar un proyecto importante para la obra de Dios, pero finalmente no cumplió su palabra. Aunque sentí cierta decepción, decidí seguir confiando en el Señor, porque he aprendido que cuando las puertas de los hombres se cierran, Dios siempre tiene una puerta mejor preparada.
Una madrugada fui despertada por una voz firme y apacible que quedó grabada en mi corazón. Escuché claramente estas palabras: «Hay un dinero para ti en agricultura».
No entendía lo que significaban aquellas palabras. Humanamente no tenían sentido. Hacía más de treinta años que había trabajado en la entonces Secretaría de Agricultura, y jamás pensé que pudiera existir algún asunto pendiente relacionado conmigo. Sin embargo, decidí obedecer la dirección recibida y comenzar a investigar.
Después de varias llamadas telefónicas y de conversar con distintas personas, una amable empleada me sugirió comunicarme con la administradora de fondos de pensiones relacionada con esa institución. Aunque me parecía improbable encontrar algo, seguí adelante.
Para mi sorpresa, al revisar mis datos apareció un fondo económico que estaba registrado a mi nombre. Aquello que parecía imposible resultó ser una realidad. Dios había guiado cada paso hasta llevarme exactamente al lugar donde estaba la bendición que Él había preparado.
Lo más hermoso de esta experiencia no fue solamente recibir aquellos recursos. Lo verdaderamente maravilloso fue comprobar una vez más que Dios sigue hablando, guiando y obrando en favor de quienes confían en Él. Además, el dinero tenía un propósito especial: contribuir al desarrollo de proyectos para continuar anunciando las buenas nuevas de salvación.
Durante ese proceso también tuve la oportunidad de compartir mi fe con varias personas. Algunas escucharon el mensaje de Cristo y fueron tocadas por el amor de Dios. Entonces comprendí que el Señor nunca hace una sola obra; Él siempre añade bendiciones que van mucho más allá de lo que imaginamos.
Hoy comparto este testimonio para recordar que Dios jamás abandona a sus hijos. Los hombres pueden fallar, las promesas humanas pueden romperse y nuestras fuerzas pueden agotarse, pero la fidelidad de Dios permanece para siempre.
Cuando Dios tiene algo preparado para nosotros, Él mismo abre el camino, dirige nuestros pasos y nos conduce hasta el cumplimiento de Su propósito.
«Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (1 Juan 2:17).
Creo que este título también le quedaría muy bien:
«La Bendición que Dios Había Guardado por Años» o
«Cuando la Voz de Dios Te Muestra el Camino».



