
Vivimos en una generación marcada por la confusión, el relativismo y las heridas del corazón. La Iglesia no está llamada únicamente a hablar, sino también a escuchar con sabiduría para comprender dónde se encuentra cada persona espiritualmente. Jesús nunca proclamó el Reino de manera mecánica; conocía el corazón de quienes tenía delante y respondía a sus verdaderas necesidades.
A partir de allí, puede enfatizar que la voz profética de la Iglesia no consiste sólo en denunciar el pecado, sino también en discernir los tiempos, comprender la realidad de las personas y presentar a Cristo con verdad, gracia y amor. Escuchar no significa comprometer la verdad del Evangelio, sino abrir una puerta para que esa verdad sea recibida.
En estos tiempos finales, el Espíritu Santo nos llama a mirar a las personas con los ojos de Cristo. Antes de responder, escuchemos; antes de juzgar, comprendamos; antes de discutir, oremos. Solo así la voz profética de la Iglesia seguirá anunciando la verdad con autoridad, compasión y poder.



