
De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Mateo 18-3
Dios no busca una perfección exterior que impresione a los demás, sino la pureza del corazón que solo Él puede ver. Cuando Jesús nos invita a ser como niños, no habla de volver a la infancia física, sino de recuperar esa confianza plena, esa dependencia sencilla y esa inocencia que no guarda rencor ni orgullo.
El niño se fía de la mano que lo sostiene, se deja guiar sin cuestionar y perdona con facilidad. Esa es la actitud que el Padre celestial espera de nosotros: rendirnos con humildad, confiar con mansedumbre y descansar bajo Su cuidado.
En un mundo que valora el poder, la autosuficiencia y la apariencia, el Reino de los cielos nos recuerda que la verdadera grandeza no está en la fuerza ni en la sabiduría humana, sino en un corazón humilde y puro. Solo los de limpio corazón podrán ver a Dios (Mateo 5-8).
¿Estoy viviendo mi fe con la sencillez de un niño? ¿O he permitido que el orgullo, las heridas y la autosuficiencia ocupen la pureza de mi corazón?
Señor, enséñame a confiar en Ti como un niño en su padre. Líbrame del orgullo, del rencor y de la dureza de corazón. Hazme sencillo, humilde y dependiente de Tu amor, para que pueda disfrutar el privilegio de Tu presencia y heredar el Reino que has preparado para los de limpio corazón. En el nombre de Jesús.



