
Hay un reloj que el mundo no puede detener.
Los hombres pueden cambiar sus agendas, adelantar o atrasar sus relojes, hacer planes y pensar que tienen todo bajo control; pero hay un tiempo que solamente Dios conoce y que avanza conforme a Su propósito eterno.
El reloj de Dios está marcando la hora.
Y la pregunta que debemos hacernos no es solamente qué hora marca el reloj del mundo, sino: ¿qué está señalando el reloj de Dios para Su Iglesia?
La Palabra nos advierte: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis… aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15-16).
Estamos viviendo días que demandan discernimiento espiritual. No podemos caminar distraídos, entretenidos solamente con lo pasajero, mientras las señales de nuestro tiempo nos llaman a despertar.
Jesús dijo: “Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora” (Mateo 25:13).
El llamado no es al miedo, sino a la preparación.
No es tiempo para una Iglesia dormida.
No es tiempo para una Iglesia dividida.
No es tiempo para una Iglesia entretenida con lo superficial.
Es tiempo de volver a la oración, a la Palabra, a la santidad, al arrepentimiento y a la unidad.
El reloj de Dios también nos recuerda que cada generación tiene una responsabilidad delante del Señor. Hay una hora para sembrar, una hora para cosechar, una hora para hablar y una hora para guardar silencio. Pero también llegará la hora en que se cumplirá aquello que Dios ha determinado.
Por eso, la Iglesia debe aprender a discernir los tiempos sin caer en especulaciones ni poner fechas a aquello que Dios no ha revelado.
Cristo viene.
Esa esperanza no debe producir temor en el corazón del creyente, sino santidad, perseverancia y urgencia espiritual.
El problema no es que el reloj de Dios esté detenido.
El problema sería que nosotros dejemos de mirar sus manecillas.
Mientras el mundo continúa con sus actividades, la Iglesia debe permanecer despierta. Mientras muchos viven solamente para el presente, nosotros debemos recordar que existe una eternidad.
La parábola de las diez vírgenes nos deja una advertencia solemne: todas tenían lámparas, pero no todas estaban preparadas cuando llegó el esposo.
Por eso hoy resuena nuevamente el clamor:
“¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!” (Mateo 25:6).
Que no se nos apague la lámpara.
Que no se agote nuestro aceite.
Que no perdamos la sensibilidad espiritual.
Que no confundamos actividad religiosa con intimidad con Dios.
Que cuando llegue nuestra hora, nos encuentre trabajando, velando, orando y esperando al Rey.
El reloj de Dios está marcando la hora.
Y quizás la pregunta más importante para nosotros no sea cuánto falta en el reloj del mundo, sino:
¿ESTÁ NUESTRA VIDA PREPARADA PARA LA HORA DE DIOS?



