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Una bala perdida

Si fuera reportero de algún medio, evitaría en lo posible usar en mis notas informativas, por imprecisa, ambigua y engañosa, la frase “una bala perdida”. Qué tan perdida puede ser una bala cuando dolorosamente aparece en el corazón, en la cabeza o en el abdomen de un niño, una niña o un ciudadano adulto que caminaba o reposaba en su casa ajeno a todo conflicto.

El proyectil “perdido” penetró el tejido humano y de pronto todos saben dónde se encuentra. La bala que nunca debió ser disparada hizo diana en una vida y borró para siempre la sonrisa de un niño provocando el llanto inconsolable de una madre, de un padre, de un hermano, de un pueblo.

“Bala perdida” es una muletilla mediática, repetitiva y generalizante que, aunque dolorosa y trágica, sugiere lo fortuito y casual. Lo de “perdida” es un enganche ligero y escapista que se va por lo indefinido e inmediato. De entrada, en la conciencia colectiva se esfuman por un momento las culpas y responsabilidades que por sus acciones delictivas y vandálicas debe asumir la mano criminal que apretó el gatillo.

“Bala perdida” es la frase que resulta de un periodismo manido, de esa nota pre redactada que siempre dice lo mismo y solo cambia de nombres, fechas y lugares. Es la manera rutinaria y habitual de manejar la información como para que nos acostumbremos y aceptemos los hechos de manera inevitable y sumisa en medio de una sociedad en la que el crimen y el vandalismo reclaman su aceptación como parte invariable del diario vivir nuestro.

El trágico disparo inició su curso mortal en pleitos de bandas, trifulcas de grupos que se disputan mercancías ilícitas, en enfrentamientos callejeros y en otras graves refriegas de la vida urbanas que son frecuentes en nuestras calles y barrios. Cuando una bala se “pierde” es precisamente entre la carne chamuscada y oliente a sangre de un cuerpo humano. Ante lo irremediable vienen las pruebas balísticas y demás aprestos que van ayudar a conocer la procedencia de una bala que de perdida no tiene nada.

Pasamos así al amargo análisis del hallazgo fatal que ocupa ahora la atención de expertos que miden la trágica distancia que recorrió el proyectil desde el cañón del arma de un malvado que apretó el gatillo, hasta el pecho de un joven o una joven desprevenida que cayó para siempre por su impacto.

No son las “balas perdidas” las que nos están matando, son las conciencias perdidas, es la pérdida de la calidad humana en lo que hacemos y somos, es el desprecio y el irrespeto a la vida lo que se ha perdido y que indiscriminadamente se está llevando vidas en nuestras calles y avenidas.

“bala perdida” no es más que una esquiva frase que deja escurrir su propiedad y sentido por la significación de un lenguaje sinuoso, vago e impreciso que busca escabullir el plomo siniestro y azaroso, que zumba y corta el viento, en una breve y aciaga travesía que termina abriendo una grieta mortal en el pecho de un niño, en la cabeza de un hombre o una mujer que ajenos al tumulto que les rodea están siendo víctimas de los enfrentamientos entre criminales que esparcen el miedo y el desasosiego en medio nuestro.

Las “balas pérdidas” evaden culpas y desechan responsabilidades. La “bala perdida” busca disolver culpas y atenuar sus intenciones criminales, busca desvanecerse en las correrías urbanas, en los puntuales disturbios de calles y callejones. Es lo que posiblemente puede pasar y pasa en estos tumultos de las agitadas calles y avenidas de nuestras ciudades.

Quien la disparó quiere escaparse y perderse de la vista de todos. Es una bala que no quiere juicios ni tribunales, no quiere sentencias ni condenas porque pretende seguir perdida y difusa frente a la persecución que busca encontrar al culpable que es quien está perdido y no la bala.

La bala que mata nunca se pierde, y cuando se pierde es en el vacío de la impunidad y la nada. Lo que realmente se pierde no es la bala, lo que se está perdiendo es una vida, lo que tiende a perderse y se nubla en la confusión del tumulto es la culpa y la responsabilidad de quien disparó, de quien con saña y maldad apretó el gatillo, y aunque no hizo blanco en quien se proponía matar de forma específica y directa, a fin de cuenta mató, y mató a quien menos merecía morir.

Donde está la tragedia, donde hay una persona muerta, una madre derramada en llanto y un pueblo reclamando justicia por los responsables no se ha perdido una bala, se ha perdido una vida.

Fuente:
Tomás Gómez Bueno

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