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“Amé a Jacob”: El corazón detrás de la elección

En mi comedor hay una pintura al óleo que representa a un pastor que cuida de sus ovejas a las afueras de una gran ciudad. Me recuerda la misión que el Señor me ha encomendado en la vida. Cualquiera que entre en esa habitación la ve. Hace poco, les pedí a dos personas que la han visto a menudo que describieran la pintura que cuelga detrás de ellos, sin hacer trampa mirando de reojo. Ambos entrecerraron los ojos, con las pupilas moviéndose de un lado a otro, tratando de recordar lo que habían mirado, o al menos visto de pasada, innumerables veces. La familiaridad les había robado la capacidad de mirar lo que habían visto. No podían recordar mucho.

Los ojos de nuestro corazón luchan contra la misma ceguera. La primera vez que vemos las glorias espirituales, nos quedamos asombrados. Pero ¿y ahora? ¿Nos sigue conmoviendo la obra maestra de Dios que es la cruz? ¿Tenemos que entrecerrar los ojos para recordarla? Al comienzo de Malaquías, nuestro Dios no quería que Su corazón fuera olvidado: «Yo los he amado» (Mal 1:2).

Quédate pensando en esto por un momento. Esta declaración es tuya por la fe en el Hijo de Dios. Fíjate bien esta vez.

Acércate, hijo imperfecto, y escucha: Te he amado. Acércate, creyente ocupado, y haz una pausa: Te he amado. Acércate, corazón confundido, cansado y distante, y reflexiona: Te he amado. Él no te quiere por allá; te quiere aquí. No permitas que esto pase desapercibido ni un momento más. Reúne toda tu vida en Cristo ahora mismo bajo este estandarte: «Te he amado».

¿Qué puede decir Dios que nos cause más asombro que esto: ‘Te he amado’?

 

Para aquellos que mediten en esta declaración, ¿qué pregunta no responde? ¿Qué problema, enfermedad o ansiedad no aborda? Aquí está el sol que ilumina todas las tierras y calienta cada flor. ¿Qué sombras pueden resistirse ante él? ¿Qué puede decir Dios que nos cause más asombro que esto: «Te he amado»?

Otra maravilla

Sin embargo, el versículo continúa con otra maravilla que sorprende de una manera diferente. «Pero ustedes dicen», prosigue nuestro Señor a Su pueblo, «¿En qué nos has amado?» (Mal 1:2).

Dios declara: «¡Los he amado!». El pueblo duda: ¿en qué?

Piden que no se cuenten las innumerables formas, que no se enumeren todas las estrellas del cielo. En cambio, se preguntan en voz alta si pueden descubrir alguna forma. ¿Existen realmente constelaciones de Su amor? No podían ver ninguna. Preguntan con recelo, con desconfianza: ¿En qué nos ha amado? Nuestro Dios les cita esta respuesta; es testigo de cómo sus vidas, sus corazones, sus palabras, su desobediencia se yerguen con los brazos cruzados, cuestionando Su amor inquebrantable. «Los he amado», dice el Señor. «¿En qué nos has amado?», pregunta Su pueblo.

¿Te has preguntado esto recientemente?

Por toda la Escritura, en Su bondad cotidiana, en el evangelio de Su gracia, Dios proclama: Los he amado. Sin embargo, tú, que vives en la obra maestra de Sus misericordias, te preguntas: ¿En qué?

¿No es un horror que los corazones redimidos pregunten esto? Detesto cuando lo hago. Una cosa es que el hijo mayor de la parábola se queje del cuidado de su padre, refunfuñando porque ni siquiera le han dado una cabra para celebrar con sus amigos. Pero ¿no es otra cosa que el verdadero creyente —el hermano menor— regrese a casa tras una vida imprudente y se encuentre con un padre que corre a su encuentro, lo abraza y celebra, solo para responder un mes después, cuando ese padre le susurra: «Te amo», con una mirada dubitativa y una pregunta cínica: «En qué me has amado»?

El amor ofendido

¿Cómo esperarías que respondiera Dios? ¿Cómo responderías tú?

Quizás hayas visto esas propuestas de matrimonio durante eventos deportivos. Recuerdo que me sonrojé de vergüenza por un hombre que, en el descanso de un partido de baloncesto profesional, reunió el valor para pedirle a su novia que se casara con él, en la cancha, delante de todo el mundo. Ella lo rechazó.

Los jugadores en la cancha contuvieron la risa. El rechazo fue humillante, pero no injusto. La mujer salió corriendo de la cancha sin que la detuvieran. No es así con Dios. La justicia está en riesgo cuando cuestionamos Su amor. Es un grave delito no atesorarlo, honrarlo, agradecerle, y preguntarse en medio de la cancha, ante un cosmos que observa: «Dices que me amas, ¿de verdad? ¿En qué me has amado?».

Que Dios deposite Su amor en ti, en primer lugar, implica una condescendencia inimaginable. Satanás ciertamente no lo entiende; le repugna. A Dios le costó que Su Hijo cargara con la maldición para lograrlo. Es la ofensa más grave que cuestionemos ese amor, que rechacemos ese amor. Pablo, al contemplar al que rechaza a Dios, pronuncia una maldición: «Si alguien no ama al Señor, que sea anatema» (1 Co 16:22). Tal es la voz de la justicia. Así que, de nuevo, te pregunto: ¿cómo esperas que Dios responda?

El amor recordado

La respuesta de Dios nos deja perplejos: «¿No era Esaú hermano de Jacob?». ¿Qué significa eso? ¿Te suena familiar esta respuesta?

Quizás el resto de la cita te refresque la memoria:

«¿No era Esaú hermano de Jacob?», declara el SEÑOR. «Sin embargo, Yo amé a Jacob, y aborrecí a Esaú, e hice de sus montes desolación, y di su heredad a los chacales del desierto» (Mal 1:2-3).

Hoy en día, hay quienes rechazan la doctrina de la elección porque plantea preguntas sobre el amor de Dios. Sin embargo, en el famoso pasaje citado por Pablo en Romanos 9:13, la elección de Dios responde a las preguntas sobre el amor de Dios.

Te he amado.
¿En qué nos has amado?
Te elegí a ti, Jacob, y rechacé a tu hermano gemelo, Esaú. Su herencia yace esparcida en el desierto entre los chacales, pero la tuya es un pacto con un reino. No te lo merecías, pero te elegí por amor.

Cristiano, el hecho de que Dios te haya elegido no debería hacerte sentir tímido, avergonzado o abatido. Debería responder a esos comentarios rebeldes de tu corazón que olvidan el cuadro al óleo del amor de Dios que cuelga sobre ti. Puede que tu vida esté llena de cosas tristes y desesperantes, pero lee de nuevo lo que se ha escrito sobre ti: «Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro 5:8).

Antes de que hicieras nada, Él te escogió. Después de que pecaste más allá de toda esperanza, Él vino por ti. ¿Por qué? Porque, a través de Su Hijo, Él te amó

 

¿Te llamó Dios para que lo siguieras? ¿Te llenó con Su Espíritu? ¿Te hizo consciente de tu pecado y, con ello, de tu Salvador? ¿No da testimonio Su Espíritu junto con tu espíritu de que eres hijo de Dios? ¿No hay evidencias de Su gracia en tu vida? ¿No amas a los hermanos, tu nueva familia? No te pregunto si eres perfecto —todos sabemos la respuesta—, sino ¿has sido redimido?

Si es así, ¿qué te distingue de tu hermano terrenal? ¿De tu padre? ¿De tus compañeros de clase y de trabajo? ¿Eres más inteligente? ¿Eres mejor? ¿Más merecedor? ¿Cómo llegaste a conocer cómo ser salvo? ¿Por qué lo creíste cuando te llegó? ¿Qué te hace diferente de los millones de personas que han rechazado a Cristo?

La elección de Dios. Jesús sigue diciendo a Sus discípulos: «Ustedes no me escogieron a Mí, sino que Yo los escogí a ustedes» (Jn 15:16).

Él te eligió

Esta es la doctrina de la elección que hoy te reconfortará el corazón y acabará con toda murmuración contra Su amor: «¿No era Esaú hermano de Jacob?». El mismo padre. La misma madre. El mismo día de nacimiento. Sin embargo, antes de que hubieran hecho nada bueno o malo, Dios fijó Su amor en Jacob (Ro 9:10-12). De la misma manera, creyente renacido, antes de que nacieras, Él te eligió. Antes de que hicieras nada, Él te escogió. Después de que pecaste más allá de toda esperanza, Él vino por ti. Por ti. ¿Por qué por ti? Porque, a través de Su Hijo, Él te amó.

No dudes más. Él te conocía antes de colgar el sol en el cielo. Planeó pintar la obra maestra de Su Hijo clavado en una cruz para salvarte. ¿En qué nos ha amado? Nos eligió en Cristo.

Fuente:
Greg Morse

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