
“Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios…”
1 Pedro 4:17
Tenía que ser Dios para usar una piedra.
El llamado al arrepentimiento proclamado este domingo por cinco ministros, pastores y profetas coincide de manera significativa con el llamado que se hizo a la oración por nuestra nación y con el llamado al arrepentimiento que escuchamos desde nuestras autoridades.
Pero hay una pregunta que la Iglesia no puede evadir:
¿Estamos esperando que las naciones se arrepientan, mientras nosotros todavía tenemos asuntos pendientes delante de Dios?
La Palabra es clara: el juicio comienza por la casa de Dios. Esto nos lleva a mirar primero hacia adentro, antes de señalar hacia afuera.
La Iglesia ha sido llamada a ser luz del mundo y sal de la tierra. Pero para alumbrar necesitamos permanecer cerca de la Luz. Para conservar nuestro testimonio necesitamos cuidar nuestra comunión con Dios.
Es fácil hablar de la corrupción de las naciones, de la decadencia de la sociedad y de los errores de quienes gobiernan. Pero el Espíritu Santo también nos pregunta:
¿Cómo está nuestro corazón?
¿Cómo está nuestra relación con Dios?
¿Hemos conservado la santidad?
¿Hemos dejado entrar la mundanalidad donde antes había consagración?
¿Seguimos buscando a Dios con todo nuestro corazón?
El arrepentimiento genuino comienza cuando dejamos de justificar nuestras faltas y permitimos que Dios examine nuestro interior.
También necesitamos arrepentirnos del orgullo, de la falta de amor, de la dureza espiritual y de aquellas actitudes que pueden convertir la defensa de la fe en juicio contra otros. No fuimos llamados solamente a hablar de Cristo; fuimos llamados a reflejar a Cristo.
Por eso, el llamado de hoy no debe producir solamente palabras, sino una respuesta.
Volvamos al altar. Volvamos a la oración. Volvamos a la Palabra. Volvamos a la Santidad, Volvamos al primer Amor.
Una Iglesia arrepentida no es una Iglesia derrotada. Es una Iglesia que vuelve a colocarse en las manos de Dios.
Y cuando la Iglesia se humilla, reconoce su necesidad, abandona aquello que desagrada al Señor y busca Su rostro con sinceridad, puede convertirse nuevamente en instrumento de restauración para las familias, las comunidades y las naciones.
Quizás por eso tenía que ser Dios quien usara una piedra.
Porque cuando Dios quiere llamar nuestra atención, puede hacerlo de maneras que jamás imaginamos.
No esperemos solamente el arrepentimiento de las naciones. Comencemos por nosotros.
Que Dios examine Su Iglesia.
Que nos limpie.
Que nos quebrante donde sea necesario.
Que nos vuelva a encender.
Y que, después de habernos llamado al arrepentimiento, nos encuentre preparados para llevar la luz, la verdad, la paz y la esperanza de Cristo a las naciones.
La transformación que esperamos ver afuera también debe comenzar dentro de la casa de Dios.
Margarita Garcia / Directora General – TPD

