
En la actualidad se habla con frecuencia de la enorme crisis económica que azota a grandes sectores de la población. Se dice que hay una considerable reducción de nuestros recursos y se citan múltiples factores como responsables de esta situación; sin embargo, la principal y más acuciante crisis por la que atraviesa nuestra sociedad es una monstruosa crisis de credibilidad.
El hombre de hoy ha llegado a la penosa conclusión de que la verdad no existe. Vivimos en el imperio del relativismo, que entiende que todo es cambiable y que no existen valores fijos, valores absolutos. Todas las doctrinas e ideologías están siendo cuestionadas. El énfasis del momento está puesto sobre los resultados prácticos que puedan derivarse de las acciones del hombre, independientemente de su valor moral.
La vida del siglo XXI oscila entre la realidad y la fantasía, entre el sueño y la locura, entre una verdad manipulable y una mentira que pueda cumplir fines prácticos e interesados. Pero la verdad no existe para el hombre de hoy.
Hace unos años, los hombres se entregaban con romántico empeño a defender sus ideales políticos. Existía la mística, el pleno convencimiento de que, al amparo de determinadas doctrinas políticas, era posible lograr un cambio favorable para la sociedad. Hoy día, todos somos conscientes de que no es así. Por el contrario, los militantes políticos se entregan a sus actividades en busca de que sus esfuerzos sean compensados con un cargo público o cualquier otra prebenda.
Los líderes políticos tienen que utilizar todos los recursos de la ciencia para intentar convencer a las masas de su desprendimiento, de su afán por el bien colectivo. No obstante, el abuso de estos medios termina convenciendo a las masas de que todo el empeño de los políticos está dirigido a conquistar beneficios personales.
En otros tiempos, los centros educativos eran lugares donde se hacía honor a una enseñanza que tenía como meta hacer del educando un ciudadano útil, forjado al calor de los más sanos y valiosos principios que deben regir la vida humana. Hoy, esta afirmación sería muy discutible, si no totalmente descartable.
En este sentido, Roger Garaudy, destacado intelectual francés y militante de casi medio siglo en las filas del comunismo, ha dicho que:
“Nuestra sociedad está en trance de desintegración y es necesario en ella una transformación fundamental, la cual no puede llevarse a cabo según los métodos tradicionales. Es tal la amplitud de la crisis, que su resolución exige algo más que una revolución: un cambio radical no solamente del sistema de propiedad y de las estructuras de poder, sino de la cultura y de la escuela, de la religión y de la fe, de la vida y de su sentido. Es necesario cambiar el mundo y cambiar la vida. La única hipótesis rechazable es la que recomendase continuar por los caminos actuales”.
Esto lo ha dicho Garaudy de la sociedad universal, pero de este pequeño terruño se pueden decir muchas cosas que coinciden con esta dramática afirmación. Nuestro país necesita una revolución espiritual, una revolución que toque sus cimientos, que hable en términos efectivos a cada corazón dominicano.
Tenemos una población sumamente joven, pero esta población, sobre la cual en pocos años irán cayendo las máximas responsabilidades cívicas de la nación, es una generación que tiene sus miradas perdidas en un espejismo foráneo, en un embeleso materialista que tiene como modelo la sociedad norteamericana, con su facilismo y sus vicios.
Este estilo de vida es incentivado por los medios de comunicación, que venden una vida plácida de ron, mujeres, cigarrillos y playas. No es de extrañar, entonces, que cada día nuestra sociedad se torne más intolerante y violenta, que cada día verifiquemos un aumento de la corrupción en todos los órdenes. No es de extrañar, entonces, que nuestra moral sexual esté tocando sus niveles más bajos y que, como consecuencia de esto, la familia esté experimentando un progresivo y amenazante deterioro.
Es que estamos ante una drástica crisis de valores. Entonces, frente a esta situación, ¿quién podrá defendernos?
En el marco de la sociedad dominicana estamos los evangélicos, está la Iglesia de Jesucristo, sobre la cual dijo su fundador que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Los creyentes en Jesucristo debemos estar conscientes de que este conjunto de falsos valores que está corroyendo de manera agresiva el seno de nuestra sociedad solo puede ser combatido efectivamente por la predicación constante del mensaje regenerador de la Palabra de Dios.
Pero primero tenemos que estar conscientes de que, en el momento actual, la ofensiva que el enemigo de la justicia está ejerciendo sobre la Iglesia —esto lo digo sin espíritu derrotista— sobrepuja el trabajo que está haciendo la Iglesia y está reduciendo su influencia y su radio de acción en medio de la sociedad.
Urge en la actualidad un despertar del pueblo de Dios. Urge una entrega, un clamor conjunto para que el Espíritu Santo nos conceda la dirección en esta etapa final de la lucha contra las potestades de las tinieblas.
Propicia es la ocasión para decirles a los amigos que deambulan por la diversidad de senderos que no conducen a ningún lugar seguro, que Cristo es el camino, que Cristo es la verdad y es la vida, y que Él se ofreció en sacrificio para que usted fuese salvo.
En medio de este mar que se bate tempestuoso y soberbio, en medio de las densas tinieblas de la noche, se vislumbra en el horizonte la luz que anuncia una esperanza, que indica la proximidad de un puerto seguro, el arribo a una tierra firme que garantiza una nueva y gloriosa vida.
El hombre de hoy huye de la verdad porque la verdad lo desenmascara, y también condena su absurda forma de vivir, pero no hay que temer. Cristo, un hombre justo, santo y verdadero, asumió toda su culpa, se responsabilizó con su propia vida de todos sus errores y ahora le ofrece lo que usted no puede tener por usted mismo: la salvación, la vida eterna, la experiencia de ser una nueva criatura y, ahora, la comunión con el Dios creador de todas las cosas.
Ver menos.
Fuente: Tomas Gómez Bueno



