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La incredulidad convertida en gozo

Solo un escritor como Lucas nos pudo dejar una historia como esta. Una profunda tristeza se había apoderado de los caminantes de Emaús por la muerte prematura de su admirado Maestro, Jesús de Nazaret.

Cuando el ser humano pierde la esperanza, pareciera haberlo perdido todo. Y el asunto es que no es fácil que alguien se recupere de alguna tragedia tan rápidamente, aun teniendo los consoladores que vienen al rescate, como lo tuvo el patriarca Job en la antigüedad.

La actitud de estos caminantes con sus dudas y sus tristezas representan a esa humanidad que camina en la misma condición. Sin embargo, cuando se descubre al Cristo resucitado, y se comienza a andar con él, el corazón pronto arde de gozo (vers. 32).

Estos dos varones comienzan a conversar con un “forastero desconocido” para darse cuenta de que el hombre de quien hablaban con tristeza y desilusión es el mismo que ahora se les aparece para decirle que no está muerto, que ha resucitado de los muertos.

El gozo es el gran mensaje de la resurrección. Dejemos que el Cristo resucitado camina con nosotros para que él disipe las dudas, el temor y la tristeza. El forastero de Emaús es el Cristo que había muerto. Y la noticia de su resurrección

I. LA MUERTE CREA UNA CRISIS EN LA ESPERANZA

1. La etapa del sentimiento de la pérdida (verss. 13-15)
En el caminar de nuestras vidas podemos ser invadidos por ciertos sentimientos de fracaso por una gran pérdida. El no haber visto el feliz cumplimiento de una acción emprendida pudiera traer a la mente aquella sensación de culpa, de frustración y de total desaliento.

La muerte prematura de alguien tan amado, querido, respetado y que había llenado la vida de esperanza, produce un sentimiento de dolor y de una terrible pérdida. Aquellos dos caminantes, quienes por seguro habían estado con el Señor, vienen hablando de una historia pasada.

El hecho mismo que se alejen de Jerusalén en el momento más crítico muestra ya que no tenían más esperanza de volver a ver a Jesús. Es por eso por lo que buscan consolarse evocando el recuerdo de quien fue aquel ilustre personaje.

Seguramente ellos habían descubierto en aquel joven galileo las cualidades y características del Mesías prometido. La muerte de por sí trae una crisis por el sentido de dependencia que se tiene con el ser amado.

La conversación que más abunda es del pasado, de todo lo que la persona significó para ellos. Ninguna pena fue mayor que perder a Jesucristo.

2. La etapa de la confusión (vers. 16)
La confusión de estos hombres fue mayor cuando leemos en el texto que fueron cegados intencionalmente para que no le fuera revelado todo por el forastero desconocido. La confusión de aquellos tristes caminantes giraba en lo bueno que fue Jesús, sus obras, su poder, e incluso, la aprobación que de él tuvo Dios.

Habían puesto en el hombre que desafío el sistema establecido la esperanza de la redención de Israel (vers. 21); sin embargo, esto se había esfumado. Sus esperanzas y sus sueños habían sido destruidos. Una gran desilusión y desconcierto se reflejaban en sus tristes palabras. Para ellos, sencillamente ¡Jesús había fracasado!

Es una pena que mucha gente viva todavía de esta manera. Para muchos, Jesucristo sencillamente fue un gran personaje; a lo mejor un gran “iluminado”, un maestro de reconocida moral; pero alguien que finalmente murió. Sin embargo, para los que piensan de esta forma la resurrección de Jesucristo es la gran nota de la esperanza.

No hay razón para la tristeza si el compañero del camino se llama Jesucristo. Nadie más conoció de tristeza cuando se supo que Cristo resuicitó.

II. LA MUERTE CREA UNA CRISIS EN LA FE

1. Caminar con Jesús sin reconocerlo (vers. 18)
Esta es la parte cumbre de esta historia. Caminar con Jesús sin verlo es tener una crisis de fe. Esto pasa cuando los ojos están cegados, o perturbados por una gran pena, o por una falta de intimidad con él.

A menudo la incredulidad no acepta el testimonio de los que no vieron el cuerpo en la tumba. Se le puede dar crédito a la muerte cruenta del salvador, pero no se acepta el hecho histórico que él haya resucitado para siempre. La incredulidad cierra el corazón.

Estos discípulos revelaban que ellos todavía no habían creído en la resurrección de Jesucristo. Habían oído el testimonio de las mujeres. Dicen que hasta les habían asombrado con la noticia (vers. 22), y que algunos de los que estuvieron con ellos también estaban corroborando lo que las mujeres decían; sin embargo, ellos van en un regreso triste a Emaús.

Nada es más fuerte que el sentimiento de fracaso. La noticia de que él esté nuevamente vivo no cabe en sus perturbados pensamientos. Y muchas veces esta es la misma experiencia por la que pasamos en la vida espiritual.

Hablamos de Cristo y pensamos como si fuera un personaje histórico, y aunque decimos caminar con él, no lo reconocemos porque pareciera que Cristo está muerto.

2. Caminar sin reconocer las Escrituras (verss. 25-26)
Lo primero que vemos en esta historia es a un forastero desconocido, cual más elocuente evangelista, explicando a estos incrédulos discípulos todo lo que Moisés dijo de él y como fue confirmado por los profetas que vinieron después.

No hay ningún libro en el Antiguo Testamento que no hable de Jesús y su sufrimiento. Si no lo es por las profecías, lo es por la simbología. En esta historia, estos incrédulos discípulos finalmente fueron convencidos.

Sin embargo, la incredulidad de ellos levantó el asombro del extraño caminante cuando tuvo que decirles: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!” (vers. 25).

Jesús había dicho que moriría y al tercer día resucitaría. Los profetas lo habían dicho mucho tiempo atrás. A ellos se les había revelado este tiempo, pero los hombres quienes deberían confirmar la noticia no creen las Escrituras.

Al igual que los caminantes de Emaús, nosotros sabemos lo que han dicho las Escrituras acerca del Mesías prometido, pero ignoramos las Escrituras por falta de su lectura y de su aplicación para nuestras vidas.

III. LA RESURRECCIÓN CREA UNA CONFIANZA INQUEBRANTABLE

1. Invitando a Jesús a casa (vers. 29)
Qué emoción irían sintiendo aquellos discípulos en la medida que Jesús se les va revelando. La explicación sólida del Antiguo Testamento, llevándolos sin dudas hasta la profecía de la resurrección, deja ver entre ellos que Jesús está vivo.

Pero todavía sus ojos están cerrados para ese gran descubrimiento. Ellos van a conocer al Jesús resucitado cuando finalmente le invitan a entrar a su casa. ¡Este detalle es importantísimo en este relato! Jesús se revelará por completo en la vida de una persona cuando se le invita a posar en nuestras vidas.

Note que cuando llegaron a la aldea, Jesús siguió de largo; y en esto encontramos una de las grandes cosas de nuestro amado Salvador. Él es el caballero que deja a cada hombre y a cada mujer tomar sus propias decisiones. El texto dice: “y él hizo como que iba más lejos” (vers. 28).

Él no se detiene ni entra en la vida de nadie a menos que sea invitado. Aquellos dos hombres no podían dejar que Jesús siguiera de largo. Ellos sabían que la noche se avecinaba, y ahora que han descubierto al Cristo resucitado no quieren perderse de su sublime presencia.

 

 

2. Comiendo con Jesús en casa (verss. 30-31)
Qué privilegio para esos hombres al invitar al Cristo vivo a permanecer con ellos el mismo día de la resurrección. Si algo desea Jesús, es entrar en cada casa. Él sigue caminando como el Cristo vivo y triunfante, y está esperando que algún corazón le invite a posar.

¿Qué hizo Jesús cuando entró en aquella casa? ¿Qué hace Jesús cuando entra a la vida de una persona? “Y aconteció que, estando sentados con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio” (vers. 29).

El partimiento del pan en la mesa es el más grande símbolo de comunión íntima, la más certeza de su presencia, su más completa provisión para el hogar. No siempre se le permite a Jesús sentarse a nuestra mesa para compartir el pan.

A veces decimos que él es el “huésped invisible y el oyente silencioso”, pero a lo mejor está pasando porque no lo invitamos a la mesa de nuestra vida. Haríamos bien en hacer lo que hicieron aquellos discípulos: obligar a Jesús a quedarse en casa.

Aseguremos siempre que el Cristo resucitado ha entrado en la casa y parte el pan con nosotros. Cuando esto hacemos, algo maravilloso acontece.

IV. LA RESURRECCIÓN CREA UN ESTADO DE GOZO INEFABLE
1. Corazones ardientes ante la noticia (vers. 32)
La compañía de Jesús al lado de aquellos tristes caminantes comienza a surtir un efecto extraordinario. Mientras oían a aquel forastero aplicar lo que Moisés y los profetas dijeron sobre él, sus ojos fueron abiertos y sus corazones comenzaron a arder y lo que hasta entonces era frustración y desánimo ahora se traduce en un cambio de actitud.

El semblante de sus caras seguramente se llenó de gozo y de aquellos rostros enlutados por el impacto que produce la muerte, comienza a irradiar la más alta expresión de alegría. Aquellos discípulos hicieron la pregunta que debiera ser la nota distintiva de la iglesia de hoy. “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría la Escrituras?” (vers. 32).

Amados hermanos, Cristo resucitó para que nuestros corazones ahora ardan por él. Los cristianos del primer siglo fueron impactados por la noticia del Cristo resucitado, y eso hizo de ellos hombres y mujeres que vivieron con el mayor de los gozos, tanto así que el morir por Cristo también fue su mayor placer.

La resurrección de Cristo es la gran noticia del gozo del corazón.

2. Corazones ardientes para dar a conocer la noticia (vers. 33)
El impacto de la resurrección hizo regresar esa misma noche aquellos desanimados y cansados caminantes. Cómo podían ellos dormir cuando tenían una noticia tan grande que dar. Había unos 11 kilómetros entre Emaús y Jerusalén, y a ellos no les importó la distancia que terminaban de recorrer para regresar a Jerusalén.

No hay cansancio si la noticia para dar es la de la resurrección. Emaús representaba el ocaso del día, Jerusalén representaba el amanecer de un nuevo día, y eso es la resurrección. De esta manera, el Cristo resucitado produce un ardiente deseo por dar a conocer la noticia.

Tenemos que decir que esto es una auténtica señal de un cristiano, y es el efecto de la resurrección. Nadie pudo quedarse callado cuando supieron que Cristo había resucitado. Observe que a quienes primero convencen son a los incrédulos discípulos (vers. 33).

Los discípulos no sólo habían perdido la esperanza, sino que estaban encerrados por un terrible miedo. A veces necesitamos de predicadores que nos convenzan de que ha resucitado el Señor. La noticia de la resurrección no podemos callarla, porque es la noticia que ha transformó el mundo hasta hoy. Seamos como aquellos dos discípulos de Emaús.

CONCLUSIÓN:
Ninguna noticia llega a ser tan grande que aquella donde se declara a alguien técnicamente muerto, o desaparecido, y luego es hallado vivo. Mi padre siempre me contó de otro hermano quien vivió por lo menos hasta que fueron jóvenes.

Un día ambos se separaron y lo único que mi padre supo fue que su hermano de infancia había muerto. Con esa idea vivió por unos 50 años, y mi nombre de Julio Rafael mi padre me lo puso en memoria de su hermano muerto.

Pero un buen día recibimos una carta escrita por el mismo hermano “muerto” se le decía a papá que su hermano estaba vivo y con una familia cristiana. Hice los arreglos para aquel increíble encuentro. Jamás olvidaré la tarde cuando esos dos viejos, después de más de 50 años, tuvieron ese encuentro.

Todos lloramos de profundo gozo; mi tío estaba vivo. Amados hermanos, la noticia que Cristo vive debe transformar todos nuestros corazones y cuales caminantes de Emaús convertir la tristeza en esperanza, la incredulidad en fe, y no dejar que siga de largo sino invitarlo a “quedarse en casa”, teniendo una pasión por él de modo de levantarnos y dar esa gran noticia.

Amén.

Fuente:
Julio Ruiz | Iglesia Ambiente de Gracia, Fairfax, VA

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