
¿Alguna vez has tenido la sensación de que tus oraciones simplemente rebotaban contra el techo? ¿O de que la lectura de las Escrituras ha dejado de sentirse tan significativa como antes? ¿Has recordado épocas que se sentían como exuberantes jardines llenos de entusiasmo, pasión y celo por las cosas de Dios, pero que ahora te parecen más bien un desierto, espiritualmente árido, seco y sin vida?
Quizá te sorprenda saber que la doctrina del desierto espiritual fue una enseñanza habitual de la teología protestante durante siglos. El desierto espiritual es el acto de Dios para guiar a Su pueblo a experimentar Su ausencia, con el fin de despertarles a la verdad de cuán pecadores y perdidos están realmente.
¿Por qué haría Dios esto? Dios te lleva a tu debilidad para mostrarte Su poder, te guía hacia tu desesperación para revelar más profundamente Su gracia, y te descubre lo profundo que llega el pecado en tu alma para que puedas saber cuánto has sido perdonado.
Cuando Dios nos lleva al desierto
No existe un lenguaje estándar para hablar de este fenómeno. Algunos han utilizado imágenes de la noche oscura. Otros se centran en el desierto, la muerte o la experiencia de sentirse abandonado. Sin embargo, un término que con el tiempo se ha generalizado es «desierto espiritual».
El desierto espiritual es una obra de Dios para despertar las cosas profundas del corazón y guiar al cristiano hacia una dependencia más profunda del Señor. Esta enseñanza enfatiza la acción de Dios y enfoca nuestra atención en Su obra objetiva, tal como se ve bíblicamente en la vida de Israel, de Pablo y, por supuesto, de Jesús, como el fundamento de lo que experimentamos. El desierto espiritual aborda dos errores que nos acechan constantemente: (1) navegar por la vida al vaivén de las experiencias sensoriales y (2) creer que podemos ignorar las experiencias sensoriales. Ambos son una necedad. Ambos nos llevan a ser zarandeados por las olas de la vida en lugar de comprender nuestras experiencias a la luz de Cristo.
En los momentos de desolación espiritual, Dios está sacando a la luz la falsa creencia de que puedes arreglar tu vida espiritual. No puedes. Cualquier intento de hacerlo supone recurrir a la autoayuda en lugar de conocer el «crecimiento que es de Dios» (Col 2:19). Este es el hecho que la carne encuentra tan ofensivo. Israel fue guiado al desierto para que se le mostrara lo que había en sus corazones (Dt 8:2). En el desierto espiritual, Dios nos lleva a sentirnos abandonados y a sentir el peso de cuánto buscamos vivir en nuestro propio poder, como una forma de llamarnos a Él.
En las temporadas de desierto espiritual, Dios está sacando a la luz la falsa creencia de que puedes arreglar tu vida espiritual. No puedes
El desierto nos empuja a la experiencia del desamparo para revelar las estructuras profundas del vicio, no solo de nuestro carácter en general, sino especialmente en nuestra vida espiritual. Al comentar 2 Crónicas 32:31, Wilhelmus à Brakel, un teólogo espiritual de la tradición reformada holandesa, narra cómo Dios abandonó a Ezequías para ponerlo a prueba, a fin de que pudiera conocer lo que había en su corazón.
Esta es la obra que vemos en las Escrituras y en nuestra propia tradición. Sin embargo, el desierto es una enseñanza que rara vez se aborda hoy en día y, si se menciona (a menudo de forma genérica como una «noche oscura»), tendemos a enfocarnos únicamente en la experiencia de la ausencia en lugar de en la naturaleza positiva de la maduración que Dios nos hace desarrollar.
Brakel, por el contrario, muestra cómo el Señor madura un alma a través de la infancia, pasando por la adolescencia y llegando luego a la edad adulta. El Señor utiliza variadas experiencias para empujarnos a lo largo de este camino de maduración. Estas experiencias se sienten desorientadoras, pero el objetivo es una intimidad, un amor y una santidad más profundos.
La maduración del desarrollo
El desierto espiritual no es un acontecimiento aislado, sino una característica de cómo Dios nos madura por gracia.
Charles Spurgeon, por ejemplo, describe la obra de Dios a lo largo de las distintas etapas del alma, afirmando que «hay muchos que se han regocijado en la presencia de Dios durante un tiempo» y «han disfrutado de la luz del sol que Dios se ha complacido en darles en las primeras etapas de su vida cristiana», pero que de repente descubren que «en lugar de “verdes pastos”, tienen que recorrer el desierto arenoso; en lugar de “aguas de reposo”, encuentran arroyos salobres al paladar y amargos para su espíritu». A Spurgeon le preocupa que, cuando esto ocurra, digan: «Sin duda, si fuera hijo de Dios, esto no sucedería».
Spurgeon exhorta al cristiano a no pensar así, porque todos los santos de Dios son conducidos a través de un «desierto agotador». Quizás, sugiere, el Señor te encontró en tu juventud y fragilidad con Su bondad y ternura, adecuadas a tu madurez, pero ahora tiene algo más para ti. «Eras un niño pequeño», dice Spurgeon, «y por eso te envolvió en pieles y te vistió con el manto más suave. Pero ahora te has vuelto fuerte y el caso es diferente».
Sabemos por las Escrituras que Dios no se relaciona con todos los cristianos de la misma manera, sino que se dirige a los niños, adolescentes y adultos en la fe según su desarrollo (1 Co 3:1-2; 1 Jn 2:13-14). Tanto para Brakel como para Spurgeon, esta maduración del desarrollo es la razón por la que Dios se relaciona con nosotros de manera diferente a medida que maduramos. De formas adecuadas a nuestra etapa de maduración, Dios nos guía hacia Él en nuestro quebrantamiento, dolor y pecado para redimirnos en la verdad.
No nombrar ni abordar estas realidades puede llevar a una gran confusión sobre lo que Dios está haciendo en la vida de alguien. Puede hacer que la fe se desmorone. El desierto espiritual nos recuerda que, a veces, las experiencias difíciles no son prueba de que hayamos sido engañados por falsas promesas; más bien, son una invitación a acercarnos a un Dios de amor que nos llama a ser conformados a Su imagen.
Orientación pastoral para quienes pasan por el desierto
¿Cómo deben los pastores aconsejar a quienes experimentan el desierto espiritual, a quienes sienten que Dios no parece estar presente ni obrando en sus vidas? Los teólogos puritanos tienen sabiduría al respecto.
William Bridge, por ejemplo, aconseja a un cristiano en dificultades que expresa su temor de no haber tenido nunca la gracia de Dios: «Temo no haber tenido nunca la verdad de la gracia, porque no noto que crezca en la gracia. […] No percibo tal crecimiento ni tal aumento, y por eso temo no haber tenido nunca la gracia».
El desierto espiritual no es un hecho aislado, sino una característica de cómo Dios nos hace madurar por gracia
Bridge responde esgrimiendo el evangelio y dirigiendo a este creyente en dificultades hacia Cristo, quien nos encuentra en nuestra fragilidad. «Puesto que estamos continuamente tentados a confiar en nuestras propias gracias en lugar de en Cristo», explica Bridge, Cristo impondrá «la sentencia de muerte sobre nuestras gracias, para que no confiemos ni nos apoyemos en ellas: Cristo y solo Cristo, y eso como quien muere y es crucificado, es el objeto de nuestra fe».
Del mismo modo, los pastores deben aconsejar a quienes se encuentran en el desierto espiritual que no se desanimen.
Cristo es tanto su justicia como su santificación (1 Co 1:30). La verdad de nuestro dolor, nuestro quebrantamiento y nuestro pecado es una invitación al perdón, la misericordia y la gracia de nuestro Señor. El desierto nos recuerda que no dejamos la cruz para graduarnos en nuestra propia bondad; más bien, la abrazamos con más fuerza. Los pastores deberían aplicar el evangelio cada vez más profundamente a quienes se encuentran en el desierto, ayudándoles a aferrarse al Señor por la fe en esta temporada.
Cuando olvidamos esta visión de la aridez espiritual y cómo se inscribe en una espiritualidad evolutiva, podemos ser sacudidos por las olas de la confusión y perder el llamado a acercarnos a Dios en cada etapa.
Debemos aprender a permanecer continuamente en Cristo, sabiendo que nuestro crecimiento proviene de Dios (Col 2:19) y que se manifestará de manera diferente en la infancia, la adolescencia y la edad adulta espirituales. Debemos confiar en que Dios nos está moldeando en épocas de profundo gozo y de tristeza severa, cuando sentimos la presencia cercana de Cristo y cuando solo experimentamos Su ausencia.
Sin una comprensión madura de esta enseñanza sostenida desde hace mucho tiempo pero poco conocida, corremos el riesgo de perdernos en el mar cuando nos golpeen las olas del desamparo.



