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¿Cómo luce un corazón humilde que reconoce su pecado?

El Salmo 51:1-4 dice:
Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a Tu misericordia;
Conforme a lo inmenso de Tu compasión, borra mis transgresiones.
Lávame por completo de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis transgresiones,
Y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra Ti, contra Ti solo he pecado,
Y he hecho lo malo delante de Tus ojos,
De manera que eres justo cuando hablas,
Y sin reproche cuando juzgas.

¿Cuál es nuestra actitud cuando hemos pecado?

Quizás nos justificamos dando razones. Tal vez cuestionamos a Dios por las consecuencias que trajo a nuestras vidas. Puede que culpemos a otros pensando que la razón por la que hicimos lo que hicimos es el otro, y no nuestro propio corazón. O nos dolemos por las consecuencias y no por cómo hemos ofendido a Dios al pecar. Cualquiera de estas rutas terminará alejándonos de la restauración que nuestras almas tanto necesitan frente al pecado.

Una respuesta humilde reconoce que solo el Señor puede proveernos de lo que necesitamos en medio de nuestro pecado, y a Él corremos clamando por Su provisión

El Salmo 51 nos enseña una ruta diferente. David había pecado, cometiendo adulterio con Betsabé y haciendo arreglos para la muerte de Urías, el esposo de esta mujer. Su corazón fue descendiendo poco a poco en una espiral de pecados, hasta que Dios, en Su misericordia, envió al profeta Natán, y David fue confrontado por su pecado.

La respuesta de David ante su pecado no fue de justificación, ni de culpar a Dios o a otros, sino una completamente humilde y quebrantada: «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; / Al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (v. 17).

David nos enseña que, en medio de nuestro pecado, nuestra respuesta delante de Dios debe ser acercarnos a Él en completa humildad y arrepentimiento, y él mismo nos muestra cómo luce un corazón humilde frente al pecado:

El corazón humilde clama por perdón y misericordia

Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a Tu misericordia;
conforme a lo inmenso de Tu compasión… (v. 1).

David sabía que su necesidad más grande era el perdón y la misericordia de Dios. No se acercó con exigencias ni cuestionamientos, porque sabía en la posición en la que estaba. En medio de nuestros pecados, nuestro clamor debe ser por el perdón de Dios, y para que Él nos extienda Su misericordia, sabiendo que no tenemos nada que exigir.

El corazón humilde sabe que su pecado ha sido contra el Señor

Contra Ti, contra Ti solo he pecado,
y he hecho lo malo delante de Tus ojos… (v. 4).

David sabía que su pecado había sido principalmente contra el Señor; a Él le había faltado y lo había ofendido. En nuestro pecado, necesitamos reconocer que es la ley de Dios la que hemos violado y Su carácter al que hemos fallado.

El corazón humilde es consciente de su pecado

Porque yo reconozco mis transgresiones,
y mi pecado está siempre delante de mí (v. 3).

En este momento, David no minimizó ni ignoró su pecado. Era consciente de lo que había hecho y del daño que su pecado había causado. El corazón humillado delante del Señor no trata su pecado de manera trivial.

El corazón humilde sabe que el mismo que lo disciplina es quien puede restaurarlo

Hazme oír gozo y alegría,
haz que se regocijen los huesos que has quebrantado (v. 8).

David sabía que solo el Señor podía darle la restauración de su alma y el gozo de su corazón. Una respuesta humilde reconoce que solo el Señor puede proveernos de lo que necesitamos en medio de nuestro pecado, y a Él corremos clamando por Su provisión. David sabía que Dios no lo despreciaría.

Incluso hoy, tú y yo, aun en medio del pecado más horrendo, si estamos en Cristo, podemos tener la seguridad de que Dios perdona nuestros pecados, nos limpia de toda nuestra maldad y no echa fuera a ninguno que con un corazón humilde se acerque a Él.

En medio de nuestro pecado, corramos a Jesús y no lejos de Él, pues solo Él es nuestra esperanza.

Fuente:
Patricia Namnún

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