
Vivimos tiempos de profundas crisis. Se habla de dificultades económicas y sociales, pero existe una crisis todavía más preocupante: la crisis de credibilidad y de valores.
El hombre de hoy parece haber llegado a la conclusión de que la verdad puede ser relativa, manipulada según las circunstancias y los intereses. Los principios que antes orientaban la vida familiar, educativa y social han sido cuestionados, mientras crece una sociedad marcada por el materialismo, la violencia, la corrupción y el deterioro de la familia.
Nuestra sociedad necesita una transformación que vaya más allá de los cambios externos. Necesita una revolución espiritual que toque el corazón de cada persona.
En medio de esta realidad se encuentra la Iglesia de Jesucristo. Los creyentes no podemos permanecer indiferentes. La respuesta frente a la crisis no está en las ideologías humanas, sino en el poder regenerador de la Palabra de Dios.
Urge un despertar del pueblo de Dios. Urge oración, clamor y unidad para que el Espíritu Santo nos conceda dirección y fortaleza para enfrentar los desafíos de nuestro tiempo.
A quienes caminan buscando respuestas por diferentes senderos, el mensaje del Evangelio continúa siendo claro: Cristo es el camino, la verdad y la vida. Él se ofreció en sacrificio para que pudiéramos alcanzar salvación, vida eterna y una nueva vida en comunión con Dios.
Aunque el panorama parezca oscuro, todavía podemos mirar hacia el horizonte y encontrar una luz que anuncia esperanza.
La Noticia nos muestra la crisis; la Respuesta de Dios nos recuerda que todavía hay esperanza en Jesucristo.
En medio de la crisis, los que hemos puesto nuestra fe en Cristo no estamos sin esperanza. Nuestra esperanza tiene nombre: Jesucristo.

