
Todos necesitamos pedir perdón: a Dios, a las personas, a las naciones y al mundo. Como cristianos, deudores de la gracia de Dios, tenemos el compromiso, la responsabilidad y el deber de clamar al Padre, en el nombre de Jesucristo, para que fortalezca nuestras almas con el poder de Su Espíritu Santo.
Solo por la obra del Espíritu Santo podremos perseverar en la oración y tener la capacidad de perdonar a quienes nos ofenden. El perdón no es una opción para el creyente; es un mandato de Dios y una evidencia de Su amor obrando en nuestras vidas.
Mientras tengamos vida, todavía podemos pedir perdón y también perdonar, permitiendo que el Espíritu Santo llene nuestro corazón con el amor de Dios y nos capacite para vivir en paz con Él y con nuestro prójimo.
«Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.»
Mateo 6:14–15



