
Las buenas nuevas del Evangelio no significan que el camino será siempre fácil, cómodo o agradable. Tampoco significa que seguir a Jesucristo no tenga un precio. Predicar el Evangelio implica anunciar la verdad, aun cuando no todos quieran escucharla, y proclamar con fidelidad el mensaje de salvación que nos fue confiado.
Jesucristo vino al mundo, entregó su vida en la cruz por nuestros pecados y resucitó para ofrecernos salvación y vida eterna. Este es el centro de nuestra fe y el mensaje que debemos continuar anunciando a todas las personas.
Como servidores de Dios, no podemos presentar un Evangelio acomodado a las preferencias humanas, sino predicar a Cristo con amor, verdad y fidelidad a su Palabra. Las dificultades no deben apagar nuestra fe, porque nuestra fortaleza proviene de aquel que habita en nosotros.
La Palabra de Dios declara:
«Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo».1 Juan 4:4
Donde Cristo reina, su obra transforma vidas. La bendición que Dios concede a una persona puede convertirse en motivo de gozo, esperanza y fortaleza para muchas otras. Por eso, no estamos llamados a vivir una fe egoísta, sino a compartir las buenas nuevas, servir al prójimo y reflejar el amor de Cristo en nuestras acciones.
Seguir a Jesús requiere compromiso, obediencia y perseverancia. Sin embargo, no caminamos solos: el Señor nos fortalece para continuar cumpliendo la misión que nos ha encomendado.
La cruz nos recuerda el precio del sacrificio de Cristo; la resurrección nos proclama su victoria. Que nunca perdamos de vista el propósito de nuestra misión: anunciar a Jesucristo, predicar su Evangelio de paz y llevar esperanza a un mundo que necesita conocer su amor.
