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Mi Dios es Sanidad

Sáname, oh SEÑOR, y seré sanado; Sálvame y seré salvado, Porque Tú eres mi alabanza. — Jeremías 17:14 Al oír esto, Jesús les dijo: «Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.» — Marcos 2:17

Para sanar, primero debemos reconocer que estamos enfermos y aceptar la ayuda adecuada; tener medicinas sin tomarlas no sirve, como tampoco conviene usarlas indiscriminadamente o rendir culto al cuerpo. Del mismo modo, reconocer nuestro pecado nos lleva a buscar la sanidad del espíritu, más importante que la del cuerpo. Ninguna medicina humana puede darla: el Espíritu Santo obra en nuestra vida, y la presencia de Dios ofrece un gozo que las riquezas no igualan. Sentir tristeza o dolor no es pecado; Jesús también lloró y estuvo triste. En medio del sufrimiento, no luchemos sólo con nuestras fuerzas: busquemos a Dios, que permanece a nuestro lado y nos ofrece sanidad.

El primer paso para poder sanar una enfermedad es reconocerse como un enfermo. Sólo entonces buscaremos a alguien capacitado que nos indique qué hacer. Para ello han sido creados los medicamentos, mas, si no los tomamos, no surtirán ningún efecto. Podemos tener un arsenal de medicamentos, que si no decidimos tomarlos, es como si no tuviéramos nada.

Contrastando con esto, conozco personas que toman una cantidad de medicamentos indiscriminadamente, sin prescripción facultativa, sólo porque leyeron, les dijeron o suponen que son buenos para la salud y cuidan su cuerpo al punto de rendirle culto.

Con la sanidad espiritual sucede lo mismo, si no reconocemos que somos pecadores, no podremos sanar el espíritu; nadie que piense que está espiritualmente sano buscaría sanidad, pero cuando nos damos cuenta que nuestro espíritu desfallece por el pecado, entonces vamos a la consulta del Médico Divino en busca de una solución definitiva a nuestro padecer.

Sanar el espíritu es mucho más importante que sanar el cuerpo. ¿De qué le vale al hombre tener un cuerpo sano cuando su alma está en estado de descomposición?Cuando nuestro espíritu está enfermo, todas las vanidades del mundo no logran menguar la tristeza que sentimos en el corazón, puede tener el hombre el mundo, que si no tiene a Dios, no tiene nada. El gozo que da la convicción de su presencia en nuestra vida, no es comparable a la riqueza material que este mundo pueda ofrecer.

Ninguna medicina creada por el hombre puede sanar nuestro espíritu, nuestra medicina es otra y no podemos asirla con las manos sino con el corazón, nuestro médico es el Espíritu Santo de Dios obrando en nuestra vida.

Entristecerse no es pecado, como algunos quieren hacer ver. Si seguimos la trayectoria de Jesús lo podemos ver llorando ante la tumba de un amigo y en Getsemaní confesando a sus discípulos que su alma estaba triste “Hasta la muerte” (Mat 26.38, Mar 14.34). Tal fue su tristeza, que un ángel tuvo que acudir a consolarlo.¡Claro que sentimos tristeza, no somos masoquistas! No ofendemos a Dios cuando sentimos dolor, lo ofendemos cuando en medio del dolor no somos capaces de buscarle y tratamos de luchar infructuosamente con nuestras propias fuerzas para sanar las heridas ignorando que Él es el único bálsamo que sana y no deja cicatriz.

Cuando el mundo nos ve afligidos, lo primero que se preguntan es ¿dónde está Dios de ellos? No pueden entender que está a nuestro lado siempre pues nos ven distraídos rebuscando en nuestras propias soluciones, incapaces de sentir su presencia, porque nos hemos apartado del camino, mientras Él, inmutable, permanece con sus manos extendidas para, con solo un toque, darnos sanidad.

Lectura sugerida: Sal 107.20

Fuente: Milagros García Klibansky

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