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La Gloria de Dios lo cambia todo

La Iglesia necesita volver su mirada al Rey de Reyes y Señor de Señores. Necesitamos adorar más, detenernos más delante de Su presencia y aprender nuevamente a estar delante de Él sin tantas distracciones.

¿Por qué no dedicar, por lo menos una vez al mes, un tiempo exclusivamente para adorar? Sin anuncios, sin agenda, sin estar pendientes de lo que sigue. Simplemente adorar y alabar en espíritu y en verdad, hasta que nuestro corazón se encuentre con el corazón del Cordero de Dios.

Durante todo el año 2025 escribí una y otra vez sobre una inquietud que había en mi corazón: “Adoremos a Dios. Adoremos y adoremos”. Lo escribí porque era algo que ardía dentro de mí. Quizás muchos no lo entendieron, quizás nadie me hizo caso en aquel momento, pero hoy puedo mirar hacia atrás y decir: Dios tenía Su tiempo y Su propósito.

Y me siento feliz, no porque alguien haya escuchado mis palabras, sino porque estoy viendo la mano de Dios obrando. La gloria no es mía; la gloria es de Dios.

Yo vivo para adorar a mi Dios.

Mientras se acerca el final de este año, en medio de tantos acontecimientos, preocupaciones y situaciones que pueden producir temor en muchas personas, puedo decir algo desde mi experiencia: he permanecido en Su presencia. No he vivido dominada por el temor, ni por el caos, ni por la angustia de lo que ocurre alrededor.

Porque cuando permanecemos conectados con Dios, no solamente un domingo, no solamente un fin de semana, sino cada día de nuestra vida, Su presencia se convierte en nuestro refugio.

No estoy diciendo que no existan dificultades. Estoy diciendo que hay una Presencia mayor que cualquier dificultad.

La adoración nos vuelve a colocar en nuestro lugar: Él es Dios y nosotros somos Su pueblo. Cuando adoramos, dejamos de mirar tanto lo que sucede alrededor y comenzamos a contemplar quién está sentado en el trono.

Que la Iglesia vuelva al altar.
Que vuelva a doblar sus rodillas.
Que vuelva a cantar sin prisa.
Que vuelva a llorar en Su presencia.
Que vuelva a adorar sin buscar protagonismo.

Porque cuando la gloria de Dios se manifiesta, todo cambia.

No necesitamos solamente reuniones llenas de actividades; necesitamos momentos llenos de Su presencia. Necesitamos aprender a permanecer delante del Rey hasta que nuestro corazón vuelva a arder por Él.

La Gloria de Dios lo cambia todo.

Y si me preguntan qué quiero seguir haciendo, mi respuesta será sencilla:

Adorar.
Adorar.
Y seguir adorando.

Porque para eso vivo: para adorar a mi Dios.

Fuente: TPD

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