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El costo escondido de evitar la teología

La Iglesia primitiva no desarrolló la doctrina porque los cristianos disfrutaban de la abstracción. Lo hizo porque el silencio resultaba costoso.

A medida que la Iglesia primitiva crecía y se extendía, la confesión bautismal de que Jesús es el Señor planteaba preguntas inevitables: ¿Quién es Él? ¿Cómo salva? ¿Qué requiere la fe? Cuando la iglesia dudaba en responder, surgía la confusión. En este contexto, la tarea de la teología no surgió como un ejercicio académico, sino como una respuesta necesaria a la fe vivida.

Pablo deja en claro el peligro de un vacío teológico cuando escribe que, sin madurez en la enseñanza, los cristianos son «llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina» (Ef 4:14). La inestabilidad no es el resultado de un exceso de teología, sino de muy poca. Cuando las iglesias posponen la claridad teológica, no se mantienen neutrales. Transfieren silenciosamente la autoridad de las Escrituras y de la confesión compartida a la intuición, la personalidad y las circunstancias. Por esta razón, la advertencia de Pablo se siente especialmente relevante hoy en día, cuando las iglesias se enfrentan a la presión de minimizar la teología por razones prácticas.

Las declaraciones de fe breves pueden parecer más seguras hoy en día. Puede parecer que facilitan el crecimiento o que hacen más manejable la unidad, pero la historia nos recuerda que esta lógica fracasa. Evitar la tarea de la teología tiene muchos costos escondidos.

Cuando las palabras familiares engañan

A finales del siglo II, las iglesias de todo el Mediterráneo se enfrentaron a maestros que hablaban de Cristo, la salvación, el espíritu y el evangelio. Estos maestros citaban a Juan y a Pablo y reclamaban autoridad apostólica. Su lenguaje sonaba lo suficientemente familiar como para que los creyentes dieran por sentado que un vocabulario compartido significaba una creencia compartida. Pero el parecido era engañoso.

La falsa doctrina se viste con ropas respetables: utiliza las palabras de la iglesia. A los ojos de los inexpertos, puede parecer más convincente que la verdad.

Estos maestros gnósticos utilizaban vocabulario cristiano, pero cambiaban sutilmente su significado. Consideraban el mundo de Dios como un problema del que había que escapar, y no como una creación buena, aunque caída, que había que redimir. Redujeron la humanidad de Cristo a una mera apariencia, negando Su verdadera encarnación, Su sufrimiento y Su muerte. Sustituyeron la fe en el Señor crucificado y resucitado por una especie de iluminación espiritual accesible solo para quienes poseían un conocimiento secreto. El peligro no radicaba en que introdujeran nuevas palabras, sino en que se apropiaran de las antiguas, llenando el lenguaje cristiano familiar con significados ajenos.

Ireneo, obispo de Lyon, escribió Contra los herejes alrededor del año 180 d. C. para responder a esta amenaza. No estaba tratando de ganar un debate académico, sino de proteger a los cristianos comunes de la redefinición del evangelio. Su descripción de cómo opera el error sigue siendo válida:

El error, en efecto, nunca se presenta en su desnuda deformidad, no sea que, al quedar así expuesto, sea detectado de inmediato. Más bien, se adorna astutamente con un ropaje atractivo, de modo que, por su forma exterior, parezca a los inexpertos […] más verdadero que la verdad misma.

La falsa doctrina se viste con ropas respetables: utiliza las propias palabras de la iglesia, cita las propias Escrituras de la iglesia y toma prestada la propia autoridad de la iglesia. A los ojos de los inexpertos, puede parecer más convincente que la propia verdad.

Haciendo explícito lo implícito

La presión forzó a la iglesia a hacer algo que antes no había tenido que hacer, al menos no con la misma urgencia. La iglesia tuvo que articular por escrito lo que durante mucho tiempo había dado por sentado y transmitido oralmente.

Ireneo la llamó la regla de la fe: un solo Dios, Creador del cielo y de la tierra. Jesucristo verdaderamente encarnado, verdaderamente crucificado, verdaderamente resucitado en la carne. El Espíritu Santo habló a través de los profetas. El Dios del Antiguo Testamento es el Padre de Jesucristo. La salvación es una buena noticia pública, no un conocimiento secreto. La esperanza cristiana es la resurrección del cuerpo, no un escape de él.

Ireneo no inventó estas convicciones. Simplemente expresó lo que la iglesia siempre había creído. La regla de la fe era el modelo apostólico transmitido en todas las iglesias. Pero cuando los maestros rivales utilizaban el mismo vocabulario para transmitir significados diferentes, lo que estaba implícito tenía que hacerse explícito para que la iglesia pudiera saber cuándo se había alterado el evangelio.

Esto es lo que Pablo quiere decir en Efesios 4. La madurez doctrinal no es opcional. Al contrario, protege a toda la iglesia. Sin ella, los creyentes permanecen inmaduros, llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina. Pero fíjate en lo que produce la madurez: unidad en la fe (v. 13), crecimiento en Cristo (v. 15) y un cuerpo que se edifica a sí mismo en el amor (v. 16). La claridad teológica no divide. Protege aquello que hace posible la unidad.

El mismo patrón hoy en día

El patrón no ha cambiado. Cuando se pospone la tarea teológica, el error llena el vacío, y a menudo es un error que utiliza las propias palabras de la iglesia.

Si un pastor evita la palabra «pecado» porque suena condenatoria, más tarde descubrirá que su congregación no tiene una categoría para entender por qué fue necesaria la cruz. Si la declaración de fe de una iglesia menciona la muerte y la resurrección de Jesús, pero nunca explica por qué murió Cristo o qué logró la resurrección, los miembros se inventarán sus propias respuestas. Si los estudios bíblicos se enfocan completamente en «qué significa este pasaje para mí» sin establecer primero qué significaba en su contexto histórico, con el tiempo se enseñará a los cristianos a leer las Escrituras como un espejo en lugar de como una Palabra de Dios.

La claridad teológica no es una carga que los pastores imponen a su rebaño, sino un don. Al enseñar la doctrina con claridad, un pastor protege a sus ovejas

Los efectos se acumulan con el tiempo. Una generación que minimiza ciertas doctrinas levanta una generación que ya no conoce esas doctrinas. Las iglesias que evitan la controversia teológica acaban siendo incapaces de reconocer el error teológico. Los pastores que sacrifican la claridad con el propósito de mantener la paz descubren que han renunciado a las mismas herramientas necesarias para proteger a su rebaño.

La claridad como don

Pero hay esperanza. La claridad teológica no es una carga que los pastores imponen a su rebaño, sino un don. Al enseñar la doctrina con claridad, un pastor protege a sus ovejas de los lobos con piel de oveja, de los depredadores que hablan el mismo idioma que las ovejas. La doctrina es una expresión de amor por el cuerpo de Cristo. Al enseñarla, los pastores ayudan a sus congregaciones a saber en qué creen y por qué es importante.

Ireneo no escribió Contra los herejes porque le gustara la polémica. Lo escribió porque amaba a la iglesia. Sabía que, cuando se redefine el evangelio, el silencio no preserva la unidad, sino que entrega la fe a quien hable más fuerte.

Ya sea en los tiempos de Pablo o de Ireneo o en nuestros días, la claridad teológica sigue siendo una necesidad pastoral. Pablo lo dijo de forma sencilla: debemos crecer. Esa madurez no es solo para los intelectualmente curiosos, sino para todo el cuerpo. La doctrina hace posible la estabilidad. Hace posible el crecimiento. Hace posible la unidad. Por estas razones, los pastores deben reconocer que enseñar claramente la fe no es una distracción del ministerio, sino el mismo corazón del ministerio.

Fuente:
Jacob Percy

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