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El Barro, el Fruto y Nuestro Llamado

Mis queridos amigos, ¡qué gloriosa paradoja navegamos en este camino de fe! Por un lado, la gracia ilimitada e inmerecida de nuestro Dios, una gracia tan vasta que empequeñece cada uno de nuestros esfuerzos por ganar Su favor. Como los exiliados quebrantados de antaño, estamos expuestos, nuestra más orgullosa justicia no es más que «trapos inmundos» ante Su pureza resplandeciente. No somos sino barro, ¿verdad? ¡Completamente dependientes de la mano soberana del Alfarero para moldearnos, redimirnos, e incluso recordarnos! Nuestra salvación, amados, es de principio a fin un acto divino, anclada únicamente en Su carácter pactual, ni una pizca en el nuestro propio. Aquí, que nuestras almas encuentren su más profundo descanso, aferrándose únicamente a Su misericordia.

Sin embargo, no nos engañemos, porque a través de los siglos resuena la voz atronadora de Juan el Bautista, ¡quebrando toda complacencia espiritual! Él confrontó a aquellos que, presumiendo de su linaje, se jactaban: «¡Tenemos a Abraham por padre!» mientras sus vidas no daban testimonio de un arrepentimiento verdadero. ¡Ah, qué peligrosa es una fe que reclama privilegio sin producir práctica! El hacha, advirtió, ya está puesta en la raíz de los árboles. Un simple nombre, una membresía eclesiástica, una herencia espiritual —ninguno de estos nos aislará del llamado a «producir fruto digno de arrepentimiento».

Graben esto bien, amados: el fruto que Juan exigía no es un precio pagado por la gracia, sino la evidencia innegable de que la gracia ha echado raíces verdaderamente en un alma. Una transformación genuina por el Espíritu se manifestará en amor, en justicia, en integridad, en obediencia. Somos el pueblo de Dios no por derecho de nacimiento, sino por Su poder transformador, que inevitablemente evoca una nueva forma de vivir. Por lo tanto, abracemos la humilde dependencia del Alfarero y cultivemos diligentemente el fruto que demuestra que somos verdaderamente Suyos, glorificando en cada rama de nuestras vidas. La vida tocada por la gracia *debe* dar fruto.

(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon)

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