
El 16 de septiembre del año 2025, una querida amiga me envió un mensaje de voz pidiéndome oración por la salud de su esposo. Ella había tenido que ausentarse de sus labores universitarias para cuidar de él en medio de sus quebrantos de salud.
Al mirar su foto de perfil, sentí algo muy profundo y extraño en mi espíritu, pero a la vez muy hermoso. Hubo una sensibilidad especial dentro de mí que no pude ignorar. Entonces le escribí algo sencillo, pero que nació de lo más profundo de mi corazón:
“Nunca quites esa foto de tu perfil.”
En aquel momento no entendía completamente lo que Dios me estaba permitiendo percibir. Solamente guardé aquello en silencio y continuamos orando durante meses por la salud de su esposo.
Pasó el tiempo… hasta que el sábado 9 de mayo del 2026 recibí una llamada anunciándose la partida de su amado esposo y pastor a la presencia del Señor.
Mi corazón se estremeció.
Y entonces comprendí por qué aquella foto había quedado tan grabada en mi espíritu.
Horas antes de recibir la noticia, durante la madrugada, le había enviado unas palabras de fe y fortaleza sin saber humanamente lo que estaba ocurriendo. Cuando hablé con la joven secretaria, sorprendida me preguntó:
“¿Y usted ya lo sabía?”
Y solo pude responder:
“No… yo no lo sabía. Pero el Espíritu sí.”
Aquella foto no era solamente una imagen de perfil. Era un testimonio silencioso de amor genuino.
En ese abrazo pude ver a un hombre temeroso de Dios, pero también a un esposo que abrazaba a su compañera con una ternura profunda, humilde y verdadera. A través de aquella imagen sentí el amor, el respeto y la honra que existían entre ambos.
Ese abrazo hablaba sin palabras.
Era como si en aquel instante él estuviera dejando en silencio todo el amor que había sembrado durante años junto a su esposa.
Hoy entiendo que Dios, en Su infinito amor y misericordia, a veces nos permite discernir pequeñas cosas que todavía no comprendemos completamente. Sus misterios son preciosos y muchas veces se revelan en detalles sencillos que otros podrían pasar por alto.
Y creo firmemente que esa fotografía quedará para siempre en el corazón de ella, no solo como un recuerdo, sino como la evidencia de un amor puro, santo y genuino.
Porque hay abrazos que duran segundos, pero quedan guardados para toda la vida en el alma de quienes aprendieron a amar de verdad. Y el amor verdadero nunca muere, porque las huellas del amor que nace en el alma de quienes los reciben.
Son abrazos que no necesitan muchas palabras, porque transmiten amor, respeto, consuelo y la presencia de Dios en medio de un instante inolvidable.
A veces el cielo permite encuentros tan sencillos, pero tan profundos, que el corazón jamás vuelve a ser el mismo después de ellos.



