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El Peligro de la Sordera Espiritual

Una reflexión y llamado del Pastor José Pepe Mendoza a volver a escuchar la voz de Dios

Hay enfermedades del cuerpo que solo valoramos cuando comienzan a afectarnos. Nadie piensa constantemente en el aire que respira, en los latidos de su corazón o en la capacidad de escuchar… hasta que algo empieza a fallar. Entonces comprendemos cuán importante era aquello que dábamos por seguro.

Así también sucede en la vida espiritual. Muchos creyentes continúan asistiendo a la iglesia, predicando, cantando, sirviendo y hablando de Dios, pero lentamente han dejado de escuchar Su voz. Y cuando el alma pierde sensibilidad para oír al Señor, comienza uno de los peligros más silenciosos y delicados del creyente: la sordera espiritual.

Desde el Antiguo Testamento, Dios ha hecho un llamado constante a Su pueblo:

“Escucha, oh Israel…”  Deuteronomio 6:3

No es casualidad que la palabra “escucha” aparezca tantas veces en las Escrituras. Dios conoce la facilidad que tiene el corazón humano para distraerse, endurecerse y dejar de prestar atención a Su Palabra.

El problema no siempre es falta de capacidad para oír, sino falta de disposición para obedecer. Por eso el escritor de Hebreos expresó con tristeza:

“…ustedes se han hecho tarde para oír.” — Hebreos 5:11

Qué palabra tan fuerte: “se han hecho”.
La sordera espiritual muchas veces no aparece de repente; se desarrolla lentamente cuando dejamos de buscar a Dios con hambre, cuando escuchamos la Palabra sin ponerla en práctica, cuando preferimos hablar antes que callar delante del Señor.

Vivimos en un tiempo donde abundan las voces, las opiniones y las palabras humanas, pero escasean los corazones quietos para escuchar la dirección de Dios. Nos gusta hablar, aconsejar, publicar, opinar y enseñar; sin embargo, el Reino de Dios no se sostiene sobre los que más hablan, sino sobre los que aprenden a escuchar y obedecer.

Jesús mismo advirtió sobre esto en el Sermón del Monte. Habló de personas que decían: “Señor, Señor”, que incluso profetizaban y hacían muchas obras visibles, pero sus vidas no estaban fundamentadas en una verdadera relación de obediencia con Él.

Porque la vida cristiana no consiste solamente en mencionar el nombre de Dios con los labios, sino en guardar Su Palabra en el corazón.

Hay creyentes que conocen muchos mensajes, pero escuchan poco al Espíritu Santo. Hay quienes dominan el lenguaje cristiano, pero han perdido sensibilidad a la voz de Dios. Y eso es peligroso, porque el alma que deja de escuchar correctamente también deja de crecer espiritualmente.

Por eso Jesús mostró el verdadero fundamento de una vida firme:

“Cualquiera, pues, que oye estas palabras Mías y las pone en práctica, será semejante a un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca.”
— Mateo 7:24

El hombre sabio no fue el que más habló, sino el que escuchó y obedeció.

Qué diferencia tan grande existe entre oír superficialmente y escuchar con el corazón dispuesto. María entendió esto cuando se sentó a los pies del Maestro para escuchar Su palabra, mientras Marta estaba afanada en muchas cosas (Lucas 10:39-42). Una aprendió a detenerse para oír; la otra estaba demasiado ocupada.

Hoy también el Señor sigue buscando corazones atentos a Su voz.

La sordera espiritual comienza cuando dejamos de darle prioridad a la presencia de Dios. Cuando ya no meditamos la Palabra con profundidad. Cuando el ruido de este mundo ocupa más espacio que la voz del Espíritu Santo. Cuando sabemos mucho de Dios, hablamos poco con Él.

Necesitamos volver a desarrollar oídos espirituales sensibles, humildes y obedientes. Porque una iglesia que escucha a Dios será una iglesia firme, madura y llena de fruto.

Que nunca llegue el día en que hablemos mucho de Cristo, pero ya no podamos reconocer Su voz.

“El que tiene oídos para oír, que oiga.”  Mateo 13:9.

Una reflexión y llamado del Pastor José Pepe Mendoza a volver a escuchar la voz de Dios

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