
Después de graduarme de la universidad la primavera pasada, tuve cuatro días de descanso antes de lanzarme de cabeza a un puesto a tiempo completo en una empresa.
La gente me felicitaba por haber conseguido un trabajo tan pronto después de la universidad, sobre todo teniendo en cuenta que me había especializado en escritura. Pero después de los aplausos venía la pregunta reveladora: «¿Estás disfrutando de lo que haces en el trabajo?»
Mi respuesta poco entusiasta se hacía eco de la de muchos empleados recién graduados en su primer empleo: «No es el trabajo de mis sueños, ¡pero me pagan!».
Muchos se solidarizaron conmigo y me contaron experiencias similares. Pero algunos me sugirieron que utilizara mi tiempo libre para encontrar algo más adecuado a mis capacidades. ¿Por qué conformarse con el trabajo rutinario?
Para mi generación, las narrativas que rodean las trayectorias profesionales son confusas. Se nos dice que conseguir un trabajo —cualquier trabajo— es lo responsable. Al mismo tiempo, nos cuentan una historia contraria: si no te gusta donde estás, te mereces más. Si tu actual empleador no aprecia tu talento y tu valor, busca en otra parte. Busca siempre un ascenso o un trabajo completamente diferente. Sin embargo, afirmaciones como estas —aunque tengan algo de verdad— perpetúan un espíritu descontento y egoísta.
Es un error menospreciar lo que Dios puede hacer en nosotros y a través de nosotros en el momento presente
Si estás atravesando una etapa desorientadora en la que no ves claro hacia dónde va tu carrera profesional, recuerda esto: los propósitos de Dios siguen siendo dignos de confianza, aunque no se revelen de inmediato.
Prepara un corazón santificado
Es cierto que algunos trabajos pueden ser simplemente puestos temporales o peldaños en el camino hacia algo más grande. No está mal tener aspiraciones profesionales y explorar otras oportunidades mientras trabajamos en un empleo menos ideal. Sin embargo, es un error menospreciar lo que Dios puede hacer en nosotros y a través de nosotros en el momento presente. Cuando percibimos el punto de partida profesional solo como un medio para alcanzar un «siguiente paso» más deseable en nuestra carrera, crece en nuestro interior una insidiosa sensación de insatisfacción crónica.
Colosenses 3:23-24 nos indica: «Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa de la herencia. Es a Cristo el Señor a quien sirven».
Esta instrucción bíblica no cambia ya sea que nuestra ocupación nos resulte atractiva o no. La frase «todo lo que hagan» abarca tanto los puestos deseables como el trabajo pesado; las recompensas celestiales por un trabajo bien hecho no varían en función del deleite que la persona tenga en él.
Estos versículos entran en la categoría de las Escrituras en las que «es más fácil decirlo que hacerlo». Pero si tenemos trabajos difíciles o monótonos, podemos preparar nuestro corazón antes de que comience la jornada laboral.
Si eres como yo y tu traslado al trabajo es largo, aprovecha este tiempo para humillarte ante el Señor a través de la oración, la música de adoración o escuchando un sermón. Me encanta especialmente el himno «Let All Mortal Flesh Keep Silence» [Que toda carne mortal guarde silencio], una antigua liturgia que me llama a «no pensar en nada terrenal».
Si trabajas desde casa, reserva un tiempo exclusivo antes de tu jornada laboral para estar en comunión silenciosa con Dios. Aunque esto pueda requerir cambiar la alarma, nutrir tu alma en los primeros momentos al despertar marca el tono del día y te prepara para cualquier frustración o incertidumbre que haya por delante.
Pablo advierte explícitamente a los creyentes sobre la búsqueda de la riqueza, la influencia y el reconocimiento, aspectos todos ellos enfatizados en el mundo de «ascender en la escala corporativa». Él subraya que «la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento», pero «los que quieren enriquecerse caen en tentación […] en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición» (1 Ti 6:6, 9).
Mantener tu corazón centrado en Dios te ayuda a ser optimista y resiliente ante situaciones laborales adversas, al tiempo que rechazas la codicia por el poder y el reconocimiento.
Cada área es un campo misionero
Los puestos poco satisfactorios pueden hacernos sentir que nuestros esfuerzos académicos, por los que tanto hemos luchado, han sido en vano. Aceptar «trabajos de relleno» puede dar la impresión de que estamos perdiendo de vista nuestro verdadero propósito.
La palabra «trabajo» se utiliza a veces de forma intercambiable con «vocación». Esta última proviene del verbo latino vocare («llamar»). Los cristianos tendremos diferentes trabajos. Pero todos compartimos un llamado en la misión que Dios establece en las Escrituras: «Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado» (Mt 28:19–20).
Los cristianos tendremos diferentes trabajos. Pero todos compartimos un llamado en la misión que Dios establece en las Escrituras
Al menos una parte de la vocación de todo cristiano está clara: difundir el evangelio. Esta tarea puede cumplirse en cualquier lugar de trabajo. Más importante que el cargo que aparece en nuestra firma de correo electrónico es el título que Dios da a todo cristiano: «testigo».
Ser un testigo fiel del evangelio significa aprovechar al máximo cualquier entorno en el que nos encontremos, tratando de alinear nuestros objetivos personales con la misión de Dios. Los trabajos difíciles seguirán siendo insoportables si nos obsesionamos con nuestros sueños incumplidos. Pero si cambiamos nuestro enfoque hacia cómo podemos perseguir en el presente los objetivos de Dios, nos sentiremos mucho más satisfechos.
No desperdicies la espera
No es inherentemente malo tener esperanzas y sueños para tu carrera profesional. La mitad de la emoción de la universidad consiste en esperar con ilusión marcar la diferencia en el campo que te apasiona. Sin embargo, la realidad de los «trabajos de ensueño» es que rara vez se materializan de la noche a la mañana. La mayoría de las carreras incluyen un largo período de adquisición de nuevas habilidades, obtención de experiencia y «cumplir tu condena» en puestos de nivel inicial y medio.
En lugar de desanimarse, los jóvenes cristianos deberían ver esto como una oportunidad para cultivar la tenacidad y la paciencia, virtudes que les servirán más allá de cualquier puesto profesional.
Trabaja duro incluso cuando te resulte aburrido. Sé un compañero de equipo con el que a los demás les guste trabajar, aunque prefieras estar en cualquier otro sitio. Los cristianos están llamados a ser buenos mayordomos de lo que Dios les ha dado en el presente, pues «el que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho» (Lc 16:10). Centrarte en demostrar que eres un empleado responsable te preparará mucho mejor que soñar despierto con un futuro anhelado.
Es fácil dejarse llevar por la competitiva carrera mundana, impulsado por aspiraciones egocéntricas. En cambio, prepárate para la resistencia en la única competición que, en última instancia, importa. Aspira a «correr con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijando la mirada en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba soportó la cruz» (He 12:1–2).
Aquel que completó la tarea más difícil que se pueda imaginar lo hizo con un gozo inconmensurable, con compromiso y con un espíritu dispuesto. ¿Quiénes somos nosotros para conformarnos con menos?



