
La humildad es el asiento desde donde mejor se ve a Dios. Quien permanece sentado en ella, crece en gracia, sabiduría y comunión con el Señor.
La humildad no nos hace pequeños; nos coloca en el lugar correcto delante de Dios. Cuando el orgullo ocupa el corazón, la voz de Dios se vuelve difícil de escuchar, porque comenzamos a confiar más en nuestras propias fuerzas que en Su dirección. Sin embargo, cuando reconocemos nuestra dependencia del Señor, Él nos enseña, nos corrige y nos hace crecer.
La verdadera grandeza en el Reino de Dios no se mide por cuánto sabemos, cuánto tenemos o cuánto hemos logrado, sino por cuánto espacio le damos a Dios para obrar en nosotros. Los árboles más fuertes son aquellos cuyas raíces están más profundas; de igual manera, los creyentes más firmes suelen ser los que caminan con mayor humildad.
«Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.» (Santiago 4:10)



