Hubo un tiempo en que comunicarse con alguien que vivía lejos tomaba semanas.
Se escribía una carta, se esperaba que llegara, se esperaba la respuesta. Y en ese tiempo de espera había algo que hoy casi no existe: la paciencia de no saber. El mundo de nuestras abuelas funcionaba así. Y ellas lo consideraban normal porque era todo lo que conocían.
Nosotras crecimos en el medio. Vimos llegar el fax, el bíper, el primer teléfono celular del tamaño de un ladrillo. Fuimos testigos de cómo el mundo se fue acelerando. Y aprendimos a adaptarnos, aunque a veces con trabajo, aunque a veces llegando tarde.
Nuestros hijos no llegaron tarde a nada.
Ellos nacieron dentro. Nacieron en un mundo conectado, acelerado y visual que no necesitaron aprender porque simplemente siempre estuvo ahí. Un niño de cuatro años navega una pantalla con una naturalidad que a nosotras nos tomó años desarrollar. No porque sean más inteligentes. Sino porque ese es el único mundo que conocen.
Y eso no es el problema.
El problema llega cuando te sientas con tu hijo a conversar y sientes que hay algo que no termina de conectar. Que él te habla y tú asientes, pero por dentro estás tratando de descifrar palabras que no están en ningún diccionario que hayas consultado. Que ella te cuenta algo de alguien que conoce en línea y tú no sabes bien si preguntar o callar. Que hay conversaciones que no sabes cómo empezar porque no estás segura de entender el mundo desde donde tu hijo las va a escuchar.
Y lo más difícil no es no entender la tecnología.
Es la sensación de que mientras más crece, más se ensancha una distancia que nadie planeó. Que están en la misma casa, en la misma mesa, y sin embargo hay partes de su mundo donde tú simplemente no entras. Que lo conoces pero a veces sientes que no lo conoces del todo. Y que cuando intentas preguntar, las respuestas son cortas, y cuando intentas entender, llegas un poco tarde.
Eso no te hace mala madre. Te hace humana.
Pero sí hay algo que Dios le dice a cada madre que siente esa distancia. Proverbios 4:23 dice: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida.» Y si de ese corazón mana la vida, la batalla más importante no es entender cada aplicación que usa tu hijo. Es conocer su corazón. Lo que le duele. Lo que le da miedo. Lo que carga en silencio detrás de todas esas pantallas.
Yo estuve ahí.
Recuerdo mirar a mis hijos y sentir que los conocía de memoria, sus gustos, sus miedos, sus costumbres, y al mismo tiempo darme cuenta de que había partes de su mundo a las que yo llegaba tarde o no llegaba. Y lo más doloroso no era no entender la tecnología. Era preguntarme si detrás de todo ese mundo que yo no habitaba, su corazón estaba bien. Si sabían que podían venir a mí con lo que no se dice en voz alta. Si el puente entre los dos seguía en pie aunque a veces no lo viera.
Esa pregunta no tiene respuesta en ninguna pantalla.
Pero sí tiene respuesta en las rodillas.
Padre, hoy vengo por la madre que siente que su hijo vive en un mundo que ella no termina de entender. Que lo ama profundamente pero a veces no sabe cómo cruzar esa distancia. Tú conoces ese corazón mejor que nadie. Mejor que ella, mejor que él mismo. Dale hoy la sabiduría que no está en ningún manual. La valentía de sentarse, preguntar y escuchar sin apresurarse a corregir. Y donde haya distancia, construye tú el puente. Porque el camino hacia tu corazón, Señor, es el camino hacia el corazón de sus hijos. En el nombre de Jesús, amén.
Escribí Una Madre de Rodillas para la madre que ya agotó las estrategias y necesita algo más profundo que consejos. El tercer capítulo se llama Una mirada al corazón de tus hijos. Porque hay una diferencia entre conocer la vida de tu hijo y conocer su corazón. Y esa diferencia lo cambia todo.
unamadrederodillas.com
con amor y oraciones,



