
La santidad de Dios no es solo apartarse del mundo, ni simplemente adquirir conocimiento para evitar lo malo. La santidad es la manifestación de la naturaleza de Dios en una vida rendida.
Cuando Dios santifica a un hombre o a una mujer, no solo le enseña qué evitar… le transforma el corazón.
Porque hay quienes conocen mucho, pero no viven en santidad. Y hay quienes, sin mucho conocimiento, caminan en pureza porque han aprendido a depender del Espíritu Santo.
La verdadera santidad no es una lista de reglas,
es una vida guiada por la presencia de Dios.
Es el Espíritu Santo quien nos da discernimiento para entender:dónde no estar,qué no hablar,qué no aceptar,y aún, qué sí es permitido… pero no conviene.
La santidad afina el oído espiritual.
Nos hace sensibles a lo que agrada y a lo que entristece a Dios.
No se trata solo de “no meterse en el mundo”,
se trata de no permitir que el mundo se meta en nosotros.
Cuando vivimos en santidad:
ya no todo nos atrae,
ya no todo nos entretiene,
ya no todo nos parece correcto.
Porque hemos sido apartados…
pero no solo separados,
sino consagrados para Él.
Oración
Señor, santifícame en Tu verdad. Quita de mí todo lo que no te agrada y enséñame a vivir con un corazón sensible a Tu voz. Dame discernimiento para caminar en obediencia y no solo en conocimiento. Que mi vida refleje Tu pureza y Tu presencia cada día. Amén.