
En un mundo donde millones de personas enfrentan necesidades básicas cada día, una realidad incómoda emerge: el hambre sigue creciendo mientras la indiferencia también avanza.
Diversos escenarios alrededor del mundo muestran el dolor humano en su forma más cruda: niños desnutridos, familias enteras luchando por sobrevivir y comunidades olvidadas. Pero la pregunta no es solo global… también es personal:
¿Qué está pasando en nuestras ciudades, en nuestros barrios, en nuestras propias comunidades?
La reflexión confronta directamente a la Iglesia de Cristo:
¿Hemos perdido la sensibilidad ante el dolor de nuestro prójimo?
En medio de una sociedad donde prevalece el éxito personal y la autosuficiencia, el llamado del Evangelio sigue siendo el mismo: mirar con compasión y actuar con amor.
La Palabra de Dios nos recuerda en 2 Samuel 9:1 cuando David preguntó:
“¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia?”
Y esa pregunta no quedó en palabras.
David buscó a Mefi-boset, un hombre olvidado, viviendo en Lodebar —un lugar de escasez—, y lo restauró, devolviéndole dignidad y sentándolo a su mesa.
Porque esa es la esencia del corazón de Dios:
alcanzar al olvidado, levantar al caído y restaurar al quebrantado.
Hoy, ese mismo llamado sigue vigente.
No se trata de cuánto tenemos, sino de cuánto estamos dispuestos a dar.
Porque mientras algunos viven en abundancia, otros no tienen nada.
Y en medio de esa realidad, el cielo sigue preguntando:
¿A quién mostrarás misericordia hoy?
Jesús lo afirmó claramente:
“Tuve hambre, y me diste de comer…”
No es una sugerencia… es una manifestación del Reino.
Basado en una reflexión del Alberto Vega



