
Mis amados amigos, ¿cuál es la raíz misma y la fuente de toda fe verdadera, de toda obediencia perdurable? ¿No es acaso, les pregunto, la bendita postura de la escucha receptiva? Desde los profetas antiguos hasta los labios mismos de nuestro Redentor, la gran y antigua verdad resuena: el pueblo del pacto de Dios es aquel con un «oído abierto» —un don divino que nos capacita para escuchar su voz y obedecerla sin rebeldía. Este, queridos santos, es el hilo de oro que se teje a través de toda la Escritura, una verdad atemporal para cada alma que anhela seguir al Señor.
¡Miren, les ruego, al Siervo Sufriente de la profecía —nada menos que nuestro glorioso Señor Jesús mismo! Su oído era abierto diariamente por el Señor Soberano, no a un susurro casual, sino a una profunda impartición de percepción espiritual y disposición moral. Él aprendió a escuchar con la disciplina de un estudiante devoto, poniendo su rostro como pedernal hacia la voluntad de Dios, incluso hasta la cruz. A diferencia de un pueblo rebelde cuyos oídos estaban cerrados, Su oído divino permitió una obediencia inquebrantable y no rebelde, incluso en medio del más profundo sufrimiento y humillación. ¡Oh, qué fuente de firmeza fue esta receptividad!
Siglos más tarde, contemplamos a María de Betania, un reflejo luminoso de este mismo patrón. Ella escogió la bendita posición a los pies de Jesús, bebiendo continuamente de Su Palabra. Esto no fue una mera cortesía, sino un acto solemne de aprendizaje formal, una declaración radical de disciplinado en humilde sumisión a su Instructor con autoridad. Mientras Marta se afanaba con buenas intenciones, su servicio, desvinculado de esa comunión vital, se convirtió en una madeja enredada de ansiedad. María entendió la «única cosa necesaria»: que nuestro hacer para Dios debe fluir siempre de nuestro oír a Dios. Nuestro servicio activo, por virtuoso que sea, se secará rápidamente, mis amigos, si no se repone diariamente en la fuente de la Palabra viva del Maestro.
Así pues, amados, reflejamos la propia docilidad perfecta de nuestro Salvador al Padre, ahora dirigida hacia Jesús, la Palabra Encarnada. La gracia espiritual de un oído abierto, antes el sello distintivo del Siervo, encuentra su expresión viva en nosotros mientras nos sentamos humildemente, absorbiendo continuamente la voz de nuestro Maestro. Esto no se trata del esfuerzo humano, ni de un ritual gravoso, sino de una entrega gozosa a la gracia generosa de Dios. Esta escucha continua y humilde nos equipa para navegar los mares tormentosos de la vida, para soportar el sufrimiento sin rebeldía y para servir a otros con un amor y una fuerza que no son nuestros. Al recibir la voz del Maestro, recibimos una porción eterna que nunca podrá sernos arrebatada, por la gracia de Dios. ¡Oh, cultivemos este oído abierto, porque allí encontramos el verdadero ancla de nuestra alma!
(Fuente: Una reflexión moderna adaptada del estilo de Charles Spurgeon



