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La Humildad. Una Bendición que Nos Devuelve al Diseño de Dios

Es común escuchar sobre familias que se pelearon por la distribución de los bienes de un difunto padre. Los hermanos se transforman en enemigos: no se hablan y, en algunas ocasiones, hasta se odian abiertamente. Esto se debe al amor que los seres humanos tienen por lo material, el cual despierta deseos capaces de destruir relaciones. Por eso, para muchas familias, hablar de herencia es algo delicado y hasta peligroso.

A diferencia de las disputas humanas, la Biblia nos habla de otra clase de herencia. Una que no se puede ganar con peleas o avaricia, ni se obtiene en los juzgados o con abogados astutos. Solo se recibe de Dios por gracia.

La herencia que Dios da a sus hijos se trata de nada más y nada menos que la obtención de toda la tierra. ¿Estás listo para profundizar en esta verdad?

¡Bendecidos otra vez!

Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra (Mt 5:5).

El ofrecimiento de una vida bienaventurada no es algo que se le ocurrió a Jesús durante el Sermón del monte. Es algo que se revelaba desde Génesis.

Cuando hablamos de «bienaventuranza», hablamos de regresar a nuestro diseño original: «Dios creó al hombre a imagen Suya… varón y hembra los creó. Dios los bendijo…» (Gn 1:27-28, énfasis añadido). Y cuando Dios terminó la creación, «vio que todo era bueno en gran manera» (v. 31).

En el momento de la creación, el humano era un ser bienaventurado. Es decir, tanto el hombre como la mujer eran doblemente felices. ¡Lo tenían todo! Paz, tranquilidad, prosperidad, comunión con Dios, inocencia. Sin embargo, lo perdieron todo porque quisieron seguir sus propios caminos y no los de Dios. Cuando comieron del fruto prohibido, la creación dejó de ser «buena en gran manera».

A partir de ese día vivimos con las realidades de la muerte, la enfermedad, la ansiedad y el pánico. Tenemos miedo de Dios (Gn 3:8-10). Tenemos miedo de no lograr ser felices, de no poder reparar nuestro matrimonio, de no ser buenos padres o de no encontrar a la pareja correcta. Tenemos miedo todo el tiempo y lo tapamos con actividades y distracciones, pero el miedo persiste en lo profundo del alma humana y provoca una incertidumbre que molesta.

¡Por eso es tan importante que Jesús nos vuelva a ofrecer la vida bienaventurada! Esto quiere decir que podemos ser felices como en el inicio, incluso más. Las bienaventuranzas del Sermón del monte gritan nueve veces que, en Cristo, todo volverá a ser «bueno en gran manera». No existe un gozo mayor.

¿Qué es la humildad?

Esta vida bienaventurada, de acuerdo con la tercera bienaventuranza, es para los humildes (Mt 5:5). Creo que todos tenemos alguna idea sobre lo que es la humildad, y por eso me parece interesante que comencemos por el contraste.

¿Cómo es una persona no humilde? Es arrogante y soberbia. Es alguien reconocido por juzgar y hablar mal de otros. No acepta la crítica constructiva. Justifica todas sus acciones y está convencido de que todos están mal, excepto él. Se piensa más sabio que los demás y arremete sin piedad contra los que se le oponen o fallan.

La palabra «humildad» habla de sumisión, gentileza, suavidad, calma y renuncia a sí mismo. Entonces, ¿cómo luce la vida de alguien que sí es humilde? Es apacible, no busca imponer su voluntad sobre la de otros. Es alguien afable y tranquilo. Pero no te confundas: la humildad no es ser «dejado» o de carácter débil; no es ser la piñata de la familia para que todos le peguen. La humildad es «poder bajo control». Es capacidad para expresar los puntos de vista con mesura y ecuanimidad. Es dominio propio aún ante los insultos, agravios y difamaciones, sabiendo que Dios defiende a los Suyos.

A la luz de estas descripciones, es claro que la humildad no se fabrica por fuerzas humanas. Solo la cultivan aquellos que han entrado ahora, por medio de la fe, al reino de los cielos. Esa es la progresión que nos muestran las bienaventuranzas.

La salvación se obtiene a través de reconocer tu pobreza y bancarrota espiritual, y clamar por misericordia (Mt 5:3). Ahí empieza todo. Esa pobreza provoca lamento, porque te das cuenta de tu condición y clamas a Dios para que convierta tus lágrimas en gozo por Su perdón y consuelo (Mt 5:4). La pobreza espiritual y el llanto por el pecado cultivan la humildad (Mt 5:5). Es imposible ser humilde si no eres pobre en espíritu. Es imposible ser humilde si no lloras por tu pecado.

Nuestro ejemplo de humildad

Podríamos escribir mucho de la humildad como un valor cristiano, pero quiero enfatizar que es más que una virtud o cualidad cívica. La humildad nos apunta a Cristo.

Recuerda que la humildad es una característica con la que Dios nos creó, pero la hemos perdido por nuestra caída en el pecado (Gn 3). Desde entonces, el corazón humano quedó dominado por el orgullo.

Cuando Jesús, en el Sermón del monte, dice que los ciudadanos del reino de Dios se caracterizan por la humildad, está llevándonos de regreso al diseño original. Y Él, como un nuevo y mejor Adán, nos muestra cómo luce un verdadero ser humano.

Nuestro Rey ejemplifica la humildad, demuestra la mansedumbre, la paciencia, el poder bajo control. Él mismo dice: «Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas» (Mt 11:29). ¡Esa es la identidad de los ciudadanos del reino de Dios! Son humildes como Cristo.

En Jesús aprendemos lo que es la humildad. Y Su humildad lo llevó a la cruz en obediencia, para dar descanso a nuestras almas. Quiero dejar esto bien claro: no entramos al reino de los cielos por ser humildes, sino porque Cristo fue humilde hasta la muerte. Su ejemplo y Su obra redentora nos transforman para ser como Él.

¿Quieres saber si eres hijo de Dios? ¿Si eres ciudadano del reino de los cielos? Entonces mira tu vida: ¿Está caracterizada por la humildad? Claro, no siempre lo hacemos de manera perfecta, pero debe haber un patrón de cambio en nuestras vidas, una progresión: si entendemos que somos pobres de espíritu, si lloramos por nuestros pecados, entonces andaremos por el camino de la humildad.

La herencia del Rey

El rey Jesús promete que hará una transformación en sus ciudadanos: los corazones duros se volverán corazones humildes. Y afirma que ellos, los humildes, heredarán la tierra.

Esta promesa me encanta. El Rey del mundo, quién creó y gobierna la tierra, el mar, las galaxias y todo el universo, está prometiendo algo que solo Él puede prometer. Cuando todo sea recreado y el pecado quitado para siempre del mundo, nosotros seremos coherederos con el Rey de los cielos y la tierra nueva. Estaremos allí para disfrutarla, para florecer y sojuzgar la nueva creación. ¡Tal y cómo estaba diseñado desde el principio!

Jesús está retomando una promesa que atraviesa la historia de la Biblia y asegura que Él vino a hacerla realidad. ¿Dónde está esa tierra? ¿Qué significa que somos Sus herederos? Permíteme mostrarte de manera breve algunos aspectos fascinantes de esto.

En primer lugar, cuando hablamos de la «tierra», debemos pensar en el jardín del Edén. Dios les ordenó a Adán y Eva que ejercieran dominio sobre toda la tierra y la llenaran (Gn 1:26-30). Sin embargo, por causa del pecado, no pudieron fructificar allí y fueron expulsados.

Más adelante, Dios le prometió al pueblo de Israel una nueva heredad, la tierra prometida, que recordaba a la abundancia del Edén (Éx 33:1-3). Los israelitas entraron a la tierra e instalaron el reino de Dios, pero leemos en la historia del Antiguo Testamento que ellos también fallaron debido a su pecado. Como consecuencia, la tierra prometida fue destruida y conquistada por imperios extranjeros.

Cuando Jesús aparece en escena, nos asegura que la promesa de la tierra no se ha perdido. Él promete que los ciudadanos del reino de los cielos recibirán la tierra por heredad, tal y como había sido planeado desde la eternidad pasada.

Al final de la Biblia, leemos la visión del apóstol Juan: «Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios» (Ap 21:1-2). Esa es la tierra a la que Jesús se refiere cuando promete que los hijos de Dios la heredarán (Mt 5:5).

En segundo lugar, pensemos en los herederos. ¿Quienes son los que reciben una herencia? Los hijos. Adán fue el primer «hijo de Dios» (Lc 1:38), por eso Dios había entregado la tierra bajo su dominio. Sin embargo, como vimos, se rebeló y no pudo ejercer la autoridad del Padre.

¿Quién fue el segundo «hijo de Dios» en la historia de la Biblia? «Así dice el SEÑOR: “Israel es Mi hijo, Mi primogénito”» (Éx 4:22). Por eso Dios le prometió una heredad, la tierra donde fluye leche y miel. Pero ellos también fallaron por su rebelión y no pudieron actuar como representantes del Padre para todas las naciones.

Entonces, al tiempo señalado, Dios Hijo, la segunda persona de la Trinidad, descendió de los cielos para cumplir lo que Adán e Israel no pudieron. Él es el verdadero y definitivo Hijo de Dios. Por eso se escuchó en Su bautismo en el río Jordán «una voz de los cielos que decía: “Este es Mi Hijo amado en quien me he complacido”» (Mt 3:17). Él fue un fiel representante de Dios y ejerció el dominio de acuerdo al diseño de Dios.

Por lo tanto, Él es el verdadero heredero (Sal 2:7-8). Pero por amor, nos hizo coherederos con Él como hijos adoptados por Dios (Ro 8:17). Es por eso que Jesús asegura que obtendremos esa herencia de una nueva tierra.

¡Gracias a Dios por su herencia! Seamos humildes en nuestro andar, imitando a Cristo en cada paso que damos. Nunca te canses de admirar la inmensa bendición que Dios da a Sus hijos: «Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre: que seamos llamados hijos de Dios» (1 Jn 3:1).

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