
Hebreos 11:1 “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.”
Hay encuentros que parecen casuales, pero con el tiempo comprendemos que Dios ya estaba escribiendo una historia.
Hace aproximadamente dos meses, al salir de un culto, conocí a una joven colombiana. Todos se habían retirado y ella permanecía allí, cargando dos mochilas y con un semblante que revelaba profunda turbación. Me acerqué con mucha delicadeza y le dije: “Déjame darte un abrazo, porque percibo que estás muy turbada.”
Ella me miró y comenzó a llorar.
Le ofrecí llevarla a mi casa y aceptó. Mientras conversábamos y compartimos una comida, comenzó a abrirme su corazón. Me contó que era bióloga marina y que había viajado a República Dominicana. Pero detrás de aquel viaje había una situación que llevaba en secreto y que estaba cambiando completamente su vida.
Aquella noche hablamos durante horas. Le hablé de Cristo, de Su misericordia, de Su poder para transformar una vida y de que ninguna circunstancia está fuera del alcance de Dios.
Ella me dijo algo que nunca olvidaré:
“Eso fue un ángel que Dios me mandó.”
Yo solamente pude responderle que eso era el Evangelio: amar, abrazar, acompañar y no abandonar a quien Dios pone delante de nosotros.
Con el paso de los días seguimos hablando. Ella comenzó a acercarse al Señor y a creer que Dios podía hacer algo nuevo en su historia.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Vino el terremoto y perdimos la comunicación durante varios días.
Yo no sabía qué estaba pasando con ella ni con su familia, pero sí sabía qué podía hacer: orar.
Desde República Dominicana levanté oración por aquella joven colombiana y por toda su familia. La distancia podía impedirnos comunicarnos, pero no podía impedir que nuestras oraciones llegaran delante de Dios.
Tiempo después volvimos a tener comunicación.
Y yo le había dicho desde el principio que creía que Dios haría algo sobrenatural en su vida. Le hablé de la visita apostólica que se acercaba y le dije que creyera, porque Dios podía tocar no solamente su corazón, sino también transformar completamente las circunstancias que la habían llevado hasta nuestro país.
Ella comenzó a creer.
Y anoche, en la primera noche de Milagros y Avivamientos en Colombia, mientras nos conectábamos a la transmisión, ocurrió algo que solamente puedo atribuir a Dios.
Ella, su esposo y yo estábamos conectados cuando fue dada una palabra que tocó directamente la situación que ella había vivido y que había guardado en secreto.
En ese momento comprendí nuevamente que Dios no conoce fronteras.
La palabra llegó desde una nación, fue recibida en otra y alcanzó el corazón de una joven cuya historia comenzó aquella tarde, en la puerta de una iglesia.
Dos naciones. Una fe. Un Dios. Un propósito.
Colombia y República Dominicana quedaron unidas por una historia que solamente Dios podía escribir.
Lo que comenzó con un abrazo terminó convirtiéndose en una historia de fe, oración, esperanza y propósito.
Y hoy puedo decir con profunda gratitud:
¡Dios sigue siendo real!
¡Dios sigue escuchando la oración!
¡Dios sigue obrando milagros!
¡Y cuando Él determina preservar un propósito, ninguna distancia, ninguna circunstancia y ninguna frontera pueden detener Su voluntad!
Toda la gloria, toda la honra y todo el reconocimiento pertenecen a nuestro Señor Jesucristo.



