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Hoy levantamos la Bandera de la Paz, declarando que el Reino de Dios avanza

Al levantar la Bandera de la Paz, proclamamos que Jesucristo reina sobre nuestras vidas, nuestras familias, la Iglesia y las naciones. No levantamos una bandera de derrota, sino de victoria, porque la paz que proviene de Dios tiene el poder de calmar la tormenta, sanar el corazón herido, restaurar lo quebrantado y traer esperanza donde parecía no haber salida.

Hoy más que nunca, el mundo necesita esa paz que no depende de las circunstancias, sino de la presencia viva del Señor. Donde Cristo gobierna, el temor huye, la confusión se disipa y el Espíritu Santo establece su orden, su amor y su consuelo.

Levantemos, pues, la Bandera de la Paz con fe y valentía. Que este mensaje se extienda por nuestras casas, nuestras ciudades y hasta los confines de la tierra, para que toda nación conozca que Jesucristo es el Príncipe de Paz y que sólo en Él hay descanso, reconciliación y vida eterna.

¡Que la paz de Cristo reine en el ambiente, transforme los corazones y alcance a todas las naciones para la gloria de Dios! Amén.

«Que el amor vence al odio, que la luz disipa las tinieblas y que la gloria del Señor cubrirá la tierra como las aguas cubren el mar. ¡Cristo reina, y su paz permanecerá para siempre!»

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