
Vivimos en un tiempo donde abundan las preguntas. Vemos injusticias, violencia, desigualdad y situaciones que parecen no tener respuesta. Como el profeta Habacuc, muchas veces levantamos nuestra voz al cielo y preguntamos: ¿Hasta cuándo, Señor?
Habacuc observaba el sufrimiento de su pueblo y parecía que Dios guardaba silencio. Sin embargo, el silencio de Dios no era indiferente. Él estaba obrando conforme a sus tiempos y a sus propósitos eternos. Aunque el profeta no comprendía todo lo que sucedía, aprendió una lección profunda: Dios sigue sentado en su trono y nada escapa de su control.
Por eso, después de las preguntas, las quejas y las inquietudes, llega una invitación divina: «Calle delante de él toda la tierra.» No es un llamado a la resignación, sino a la confianza. Es el silencio reverente de quien reconoce que Dios ve lo que nosotros no vemos, entiende lo que nosotros no entendemos y actúa cuando llega el momento perfecto.
En ocasiones hablamos demasiado y escuchamos muy poco. Pero hay momentos en que el alma necesita callar para contemplar la grandeza de Dios, examinar su propio corazón y descansar en la certeza de que el Señor sigue gobernando.
El silencio delante de Dios no es vacío; es un espacio donde nace la fe. Allí aprendemos a esperar, a confiar y a descansar en Su voluntad. Allí comprendemos que, aunque no conozcamos todos sus caminos, sí conocemos su carácter: Dios es bueno, justo y fiel.
Que en medio de las preguntas que aún no tienen respuesta, podamos encontrar paz en Su presencia y decir con confianza: «Señor, no entiendo todo, pero confío en Ti.»
Porque cuando Dios parece guardar silencio, su soberanía sigue hablando.