
La Iglesia de Cristo está llamada a permanecer firme en la fe, arraigada en el amor, la esperanza y la comunión con el Espíritu Santo.
Sin embargo, existe un peligro cuando las inseguridades humanas comienzan a desplazar la confianza en Dios; cuando la búsqueda de reconocimiento sustituye la humildad, cuando el amor al dinero ocupa el lugar de la generosidad y cuando la prosperidad material se presenta como la principal evidencia de las bendiciones del Reino.
La alabanza no puede convertirse en espectáculo, ni el altar en escenario de ambiciones personales. Los talentos, la música, la danza y cada expresión de adoración deben conservar su propósito: exaltar a Dios en espíritu y en verdad.
Tampoco podemos olvidar que la Iglesia está llamada a ser un espacio de sensibilidad, respeto, servicio y consideración por las necesidades de las personas. La autoridad espiritual debe ejercerse con responsabilidad, humildad y temor de Dios.
La verdadera seguridad de la Iglesia no está en las riquezas, las posiciones, las personalidades ni las apariencias. Está en Cristo, en la fidelidad a Su Palabra y en la comunión con Su Espíritu.
Una Iglesia que conserva su fe no queda desamparada; una Iglesia que permanece en Cristo no pierde su fundamento.
Que ninguna ambición humana nos haga perder la esencia espiritual del Evangelio. La Iglesia pertenece a Cristo y su seguridad está en Él.
La Voz del Tabernáculo
Defensora del Evangelio de la Paz de Cristo.
