
Hay verdades que no podemos seguir callando. Hay advertencias que no podemos esconder y llamados espirituales que no debemos silenciar por temor a perder la aceptación de los demás.
¡Cuidado con el pecado!
El pecado destruye, avergüenza, hiere la conciencia, deteriora la integridad moral y puede conducir a consecuencias devastadoras en la vida de una persona, de una familia y de una comunidad. Roba la paz, alimenta el vacío espiritual y levanta barreras en nuestra comunión con Dios.
Sin embargo, en estos tiempos debemos preguntarnos: ¿por qué cuesta tanto hablar del pecado? ¿Por qué algunas veces parece más importante conservar la aceptación de las personas que recordarles la necesidad de vivir conforme a la Palabra de Dios?
¿Acaso el temor a perder miembros debe convertirse en una razón para guardar silencio ante aquello que la Escritura nos llama a abandonar?
La Iglesia de Jesucristo no está llamada únicamente a pronunciar palabras agradables. También tiene la responsabilidad de anunciar la verdad, exhortar con sabiduría, llamar al arrepentimiento y recordar que la gracia de Dios no es una autorización para continuar practicando aquello que nos aparta de Su voluntad.
La verdadera gracia no nos invita a acomodarnos al pecado; nos conduce a reconocer nuestra condición y a buscar una vida transformada por Jesucristo.
No podemos pedir la paz de Dios mientras nos empeñamos en caminar deliberadamente en dirección contraria a Su Palabra. Tampoco podemos confundir el amor con la permisividad, ni la misericordia con el silencio frente a lo que necesita ser corregido.
Hablar del pecado no significa condenar a las personas, humillarlas ni proclamarnos superiores a ellas. Significa reconocer que todos necesitamos la misericordia del Señor y que nadie debe considerar insignificante aquello por lo que Cristo nos llama al arrepentimiento.
La advertencia comienza también en nuestro propio corazón. Antes de señalar a los demás, debemos examinarnos delante de Dios, porque Su Palabra nos confronta a todos, sin privilegios ni excepciones.
Y cuando alguien ha caído, la respuesta de la Iglesia no debe ser abandonarlo a su suerte, sino llamarlo a la restauración, acompañarlo con verdad y amor, y recordarle que hay perdón para quien se arrepiente sinceramente.
Pero tampoco debemos llamar bien a lo que Dios nos manda abandonar, solamente para evitar incomodidades, críticas o pérdidas humanas.
¡La santidad no puede quedar relegada por el temor a perder la popularidad!
El Señor nos llama a vivir en obediencia, a cuidar nuestro testimonio y a permanecer firmes en Su verdad. Esta responsabilidad alcanza a los ministros, a las congregaciones, a las familias y a cada creyente. Nadie está exento de examinar su vida delante del Altísimo.
La pregunta no es solamente cuántas personas permanecen dentro de una congregación, sino también si estamos enseñando fielmente la Palabra y ayudando a las personas a crecer en una relación sincera con Jesucristo.
Desde Tabernáculo Prensa de Dios levantamos este llamado a la reflexión: volvamos a la Palabra, recuperemos la reverencia por las cosas santas y no tengamos miedo de hablar con responsabilidad sobre aquello que afecta nuestra relación con Dios.
Que nuestras palabras no sean instrumentos de destrucción, sino llamados a despertar; que nuestras advertencias no nazcan del orgullo, sino del amor a la verdad; y que nuestra firmeza esté acompañada de misericordia.
Porque el propósito no es alejar al pecador de Dios, sino llamarlo a regresar a Él.
¡Cuidado con el pecado! No juguemos con aquello que puede endurecer el corazón y apartarnos del camino del Señor. Busquemos el arrepentimiento, la santidad y la restauración mientras tenemos oportunidad.
«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad».1 Juan 1:9.
La verdad debe anunciarse con firmeza, la corrección debe hacerse con amor y el llamado a la santidad no debe silenciarse por temor.
