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CUANDO EL MENSAJERO OLVIDA EL PROPÓSITO DEL MENSAJE

Volvamos a la esencia del Evangelio: Cristo debe ser el centro.

«Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe».  Juan 3-30

Hay una pregunta que todo aquel que anuncia, enseña o comunica la Palabra de Dios debería hacerse delante del Señor: ¿estamos procurando que Cristo sea conocido o que nuestro propio nombre alcance reconocimiento?

No es una pregunta para señalar a otros, sino para examinar nuestro corazón.

En tiempos en los que la exposición pública puede confundirse con autoridad espiritual, conviene recordar que el Evangelio no fue entregado para alimentar el orgullo humano, sino para anunciar a Jesucristo, proclamar la verdad y llamar al ser humano a una vida de fe, obediencia y comunión con Dios.

El púlpito no es un escenario para competir por aplausos. El ministerio no es una plataforma para engrandecer nombres. Y el conocimiento de las Escrituras no debe convertirse en motivo de superioridad, porque todos necesitamos permanecer bajo la autoridad de la Palabra que anunciamos.

La fidelidad está por encima del reconocimiento

El apóstol Pablo escribió:

«Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel». (1 Corintios 4:2).

La fidelidad constituye una responsabilidad que no puede medirse únicamente por la popularidad, la cantidad de seguidores o la admiración pública. También se manifiesta en la integridad, la humildad, el amor por las almas y la disposición de comunicar la verdad sin buscar beneficios personales.

Quien enseña la Palabra tiene la responsabilidad de prepararse, estudiarla con seriedad y procurar que su mensaje sea comprendido. La sencillez no resta profundidad a la verdad, ni la elocuencia garantiza la madurez espiritual.

Lo fundamental es que el mensaje sea fiel a las Escrituras y que su propósito sea honrar a Dios.

La verdad necesita firmeza, pero también un corazón limpio

Defender el Evangelio no significa actuar con arrogancia. Corregir no significa humillar, y exhortar no significa herir deliberadamente.

La Iglesia necesita voces dispuestas a proclamar la verdad con valentía, pero esa valentía debe caminar junto al amor, la prudencia y el temor de Dios.

No podemos hablar de paz mientras alimentamos enemistades, ni enseñar el perdón si nos negamos a reconocer nuestra propia necesidad de perdonar.

La firmeza cristiana no consiste en levantar la voz por encima de los demás, sino en permanecer fieles a las convicciones bíblicas aun cuando hacerlo no produzca reconocimiento.

La verdad no necesita del orgullo humano para conservar su autoridad. Necesita ser anunciada con fidelidad, responsabilidad y reverencia delante de Dios.

Volver a Cristo es volver al fundamento

En su artículo «Octubre de Reforma: Un llamado a volver a la esencia del Evangelio», el pastor José «Pepe» Mendoza reflexiona sobre las enseñanzas de Martín Lutero acerca de la predicación y la responsabilidad de quienes sirven mediante la Palabra.

Entre los asuntos que aborda se encuentran la sencillez al enseñar, la preparación bíblica, el amor por las personas y el peligro de la ambición en el ministerio.

Estas consideraciones nos invitan a una reflexión necesaria: el servicio cristiano pierde su verdadero sentido cuando el reconocimiento personal ocupa el lugar que corresponde a Cristo.

No se trata de juzgar las intenciones de nadie, porque Dios conoce los corazones. Se trata de recordar que todo ministerio necesita examinar sus motivaciones y preguntarse a quién está procurando glorificar.

El Evangelio no nos llama a competir por posiciones, sino a servir. No nos llama a cultivar la vanidad, sino a crecer en humildad. No nos llama a levantar divisiones innecesarias, sino a actuar con verdad, discernimiento y amor.

Una exhortación para estos tiempos

Desde Tabernáculo Prensa de Dios hacemos un llamado a volver a lo esencial: que la Palabra de Dios sea anunciada con responsabilidad; que quienes enseñan procuren vivir aquello que predican; que la corrección esté acompañada de prudencia y que el servicio cristiano no pierda de vista a las personas que necesitan ser edificadas espiritualmente.

No necesitamos engrandecer al mensajero para honrar el mensaje. Tampoco necesitamos humillar a nadie para defender nuestras convicciones.

Necesitamos corazones dispuestos a aprender, manos preparadas para servir y voces que no se avergüencen de proclamar la verdad con amor.

Que cada uno examine su camino delante del Señor. Que nuestras palabras no contradigan nuestras acciones y que el deseo de reconocimiento jamás sea mayor que nuestro compromiso con Jesucristo.

Cuando Cristo ocupa el centro, el mensajero comprende que su responsabilidad no es sustituir al Señor, sino servir con fidelidad al propósito del Evangelio.

Que la Iglesia vuelva siempre a las Escrituras, que el servicio sea ejercido con humildad y que la paz de Cristo guarde nuestros corazones sin apartarnos de la verdad.

Porque el Evangelio que anunciamos no nos pertenece para utilizarlo en beneficio propio: es el mensaje de salvación que estamos llamados a comunicar con fidelidad.

LA VOZ DEL TABERNÁCULO
Tabernáculo Prensa de Dios (TPD)
Defensora del Evangelio de la Paz de Cristo, el soberano de nuestra Paz

Margarita García

Margarita García

Directora del Tabernáculo Prensa de Dios

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