
Ser verdaderos hijos de Dios significa colocar a nuestro Señor Jesucristo y Su voluntad en el primer lugar de nuestras vidas. En medio de cada proceso, prueba y experiencia, Dios mismo nos va santificando con Su verdad, enseñándonos a través de las consecuencias de nuestros actos y formando en nosotros un corazón más sabio y sensible a Su presencia.
El Señor trabaja silenciosamente en nuestra vida, ordenando aquello que estaba fuera de lugar, trayendo dirección a nuestros pensamientos y manifestando Su misericordia aun en medio de nuestras debilidades. Él nos levanta cuando caemos, nos fortalece cuando el cansancio quiere vencer nuestra fe y nos sostiene cuando el dolor intenta hacernos renunciar al propósito divino.
Por eso no podemos juzgar a nadie. Muchas personas desconocen las luchas internas, las lágrimas silenciosas y las heridas ocultas que un corazón puede cargar. Hay dolores que solo Dios conoce: el frío de la indiferencia, la falta de amor, la escasez, el rechazo y las batallas emocionales que se viven en secreto.
Hemos sido llamados a mirar con misericordia, amor y compasión. Porque cada persona atraviesa procesos distintos, y todos necesitamos de la gracia de Dios para continuar caminando.
Ser mujer cristiana y madre a la vez es muchas veces caminar por sendas de sacrificio y entrega. Una madre lleva en su corazón el sufrimiento de sus hijos; llora sus dolores, siente sus heridas y muchas veces preferiría sufrir ella antes que verlos padecer.
Hay madres que han atravesado desiertos emocionales, espirituales y económicos; madres que han tenido que luchar en silencio por sus hijos, sosteniéndose únicamente por la fe y la esperanza en Dios. Mujeres que aun heridas continúan orando, creyendo y permaneciendo firmes.
Pero así como después del dolor del alumbramiento llega el gozo de la vida nueva, también Dios trae consuelo al corazón de toda madre que persevera en medio de sus pruebas.
El mayor regalo que una madre puede recibir no son bienes materiales, sino el respeto, el amor, la honra y el reconocimiento sincero de sus hijos. Esos son los tesoros que fortalecen su alma y le dan paz al corazón, porque representan el fruto de una vida entregada con sacrificio y amor.
Honrar a una madre es reconocer sus lágrimas silenciosas, sus oraciones constantes y cada batalla librada en secreto por amor a su familia.
Que el Señor nos enseñe a caminar en misericordia, a valorar el corazón de las madres y a amar con la compasión de Cristo. Gracia y Paz.