
Biblia nos deja una expresión profunda del alma:
«Aumenta tú mi grandeza, y vuelve a consolarme…»
Cuánto necesita hoy la iglesia para volver al consuelo verdadero de Dios.
No al ruido.
No a la apariencia.
No a las emociones pasajeras.
Sino al abrazo silencioso del Padre que restaura el corazón cansado.
Vivimos tiempos donde muchos sonríen por fuera, pero por dentro están librando batallas que nadie conoce. Ministros agotados. Familias heridas. Corazones atribulados. Y en medio de todo, el Espíritu Santo sigue extendiendo su voz suave diciendo:
No estás solo… Yo sigo siendo tu Consolador
El mundo ofrece distracción, pero Cristo ofrece paz.
La gente puede fallar, pero Dios permanece fiel.
Y aunque a veces el alma pase por valles de tristeza, el Señor vuelve a levantar, vuelve a fortalecer y vuelve a consolar.
Por eso el salmista también declara que alabará con salterio y arpa al Santo de Israel. Porque quien ha sido consolado por Dios, aprende a adorar aun después del dolor.
La iglesia necesita regresar a la presencia.
Necesita menos competencia y más compasión.
Menos dureza y más misericordia.
Menos orgullo y más Espíritu Santo.
Porque donde está el Consolador, vuelve la esperanza.
Vuelve la paz.
Vuelve la fuerza para continuar.
Que el consuelo y la Paz de Dios sean con todos nosotros.
Y que el Espíritu Santo abrace hoy a cada corazón necesitado.
En el nombre de Jesús. Amén.